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La tercera estatua era la dedicada a la diosa Venus, con una flecha en sus manos y un Cupido a sus pies, bajo el mote: Farma nocet. Pues, efectivamente, Luis I brillaba por la compostura y belleza de su rostro, la cual era un eco del esplendor divino, de ahí que se le llamara Rey Angel. La hermosura de su complexión denotaba un temperamento delicado y exquisito, ya que el príncipe fue la flor cortada antes que marchita y seca.



