ASTROLOGIÆ  GALLICÆ (II)

LIBRO XVII

PARTE I

SOBRE LAS FORTALEZAS Y DEBILIDADES DE LOS PLANETAS

JEAN‐BAPTISTE MORIN DE VILLEFRANCHE

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Tradução em espanhol por Pepita Sanchís Llacer

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Este libro trata acerca de las fortalezas y debilidades de los planetas, tema de gran relevancia e importancia para la astrología, pero se verá por lo que sigue cuan mal, de forma confusa e imperfecta ha sido tratado por los antiguos astrólogos y que en estas cuestiones, puesto que había que desarrollarlas por igual, hemos prestado más atención y seguido preferentemente a la naturaleza que a los textos, no sólo en éste, sino también en todos los demás libros.

CAPÍTULO XI

De la fortaleza extrínseca de los planetas por su condición diurna o nocturna.

Como los planetas son de doble naturaleza, masculinos y femeninos (evidentemente, formalmente o intrínsecamente por un lado, y accidentalmente o extrínsecamente por otro), también son por su doble naturaleza diurnos y nocturnos, es decir, intrínsecamente y extrínsecamente. Pero aquí es cuestión sobre todo de la naturaleza extrínseca o accidental del planeta por su posición sobre o debajo del horizonte, de día y de noche. De en qué y cómo se fortalece el planeta por ello, se trató com detalle en el libro 13, al cual, por consiguiente, hemos de remitir al lector.

CAPÍTULO XII

De la fortaleza extrínseca de los planetas por sus aspectos mutuos.

En los capítulos anteriores se ha expuesto cómo y cuánto se refuerzan los planetas extrínsecamente por su estado celeste, ya que los consideramos como si estuvieran ferales y solitarios, es decir, sin conexión entre ellos por conjunción o aspecto alguno. Pero, puesto que es muy frecuente la conexión entre éstos, de allí se origina una grandísima variación de su forma de actuar, pues dijimos en el capítulo 10 del libro 16 que los aspectos son benéficos los unos y maléficos los otros, por lo que el influjo propio de los planetas relacionados por aspecto se refuerza o debilita, se afortuna o infortuna. Por eso ya sólo nos queda por decir cómo y cuánta fortaleza o debilidad adquieren extrínsecamente dichos planetas por sus aspectos mutuos entre ellos, para que se sepa por fin la fuerza de su estado celeste completo en lo que puede captar el intelecto humano, que no puede definir cada cosa con total exactitud y piensa que mucho ha sobresalido en tan sublime ciencia si habla conforme a las experiencias y la razón. Pero esta fortaleza por los aspectos, hasta ahora era conocida por todos los astrólogos de forma confusa, pero con claridad, por ninguno, según consta por las vulgares tablas de fortalezas de los autores: Orígano, por ejemplo, en la tercera parte de la Introducción, p. 140, cuando da 5 grados de infortunio a la conjunción partil de Saturno y Marte; 4 a su oposición partil y 3 a su cuadratura partil. Pero da 5 grados de fortuna a la conjunción partil de Júpiter y Venus; 4 al trígono partil con Júpiter o Venus y 3 al sextil partil.  Y esto indiscriminadamente, sea cual sea y cuanto sea el estado benéfico o maléfico de dichos planetas y sin aducir ninguna razón de esa distribución. Por lo cual estas cosas, de suma importancia en astrología, las hemos de explicar de manera más específica y las debemos apoyar en razones físicas, como sigue:

Así pues, primero, antes de emitir un juicio sobre cualquier aspecto partil o plático  ‐si fortalece o debilita extrínsecamente y cuánto‐ hay que mirar, según el capítulo 14 del libro 16, si el planeta está realmente conjunto a otro partil o pláticamente, o sin aspecto alguno. Obviamente, para no fortalecer o debilitar falsamente a un planeta o hacerlo de más.

Segundo, adviértase en general que la conjunción es indiferente por sí misma. Evidentemente, la de un planeta benéfico es benéfica per se, y la de un maléfico, maléfica. En cambio, el trígono, el sextil y el semisextil son benéficos por sí mismos; pero la oposición, cuadratura y quincuncio, maléficos.  Mas la oposición y cuadratura de un planeta benéfico por sí mismo no perjudican, a no ser tan sólo por accidente, (evidentemente, si el propio benéfico está infortunado extrínsecamente).  Y, del mismo modo, un trígono, sextil y semisextil de un maléfico no ayudan por sí mismos, sino tan sólo por accidente (obviamente, si dicho maléfico está afortunado extrínsecamente). Así pues, los buenos aspectos nada malo dan per se; y los malos nada bueno por sí mismos. Y si sucede al contrario, esto será o por la naturaleza del planeta, o por su estado, o por ambas cosas.

Tercero, en cualquier aspecto, aparte de su naturaleza, hay que valorar atentamente las 6 condiciones siguientes:

1‐La naturaleza del planeta que aspecta, pues un trígono de un planeta benéfico por naturaleza es más afortunado que el trígono de un maléfico. Y una cuadratura de un maléfico, es peor que la de un benéfico.

2‐  El signo en el cual se halla dicho planeta, pues los aspectos benéficos de un planeta que recorre su propio Domicilio o exaltación son más afortunados, y los malos aspectos de un planeta en su exilio o caída, son más infortunados.

3‐La Casa de la figura que ocupa aquél, pues un aspecto desde un ángulo es más poderoso para bien o para mal, según la naturaleza del aspecto. Y desde una Casa mala, como la duodécima o la octava, es peor, sobre todo procedente de un maléfico per se.

4‐El signo en el cual cae el aspecto, pues una cuadratura de Saturno cayendo en Leo, exilio de Saturno, es peor que cayendo en Tauro; y un trígono de Júpiter cayendo en Cáncer, más feliz que un trígono cayendo en Escorpio.

5‐Si dicho planeta está conjunto a otro, pues conjunto a un benéfico, influirá de modo más feliz con sus buenos aspectos; y conjunto a un maléfico, influirá de manera más infeliz por sus malos aspectos. Pues así es ayudado en su buena o mala influencia, lo cual cabe entender también de la conjunción con las estrellas fijas.

6‐La regencia en la figura del planeta aspectante, pues el regente del Ascendente, conjunto, cuadrado u opuesto a un planeta maléfico por naturaleza o por su estado celeste o terrestre, anuncia un daño para la vida; el regente del Mediocielo combusto por un Sol exiliado o en caída infortuna las acciones y honores.  Y así para los demás.

Por fin, adviértase que, siendo un planeta cualquiera benéfico y maléfico a la vez, o afortunado a la par que infortunado ‐evidentemente, por su naturaleza y estado‐, su trígono proporcionará el bien tanto menos, con más impureza y dificultad en la misma medida en que dicho planeta esté más infortunado. Pues cuadrado, tanto menos mal da, cuanto más benéfico es el planeta. Y por eso a menudo sucede que los aspectos de trígono de los maléficos por naturaleza, por su estado celeste y determinación, como Saturno en Leo y en la octava, causarían la mayor parte de las veces grandes males. Pero las cuadraturas de los benéficos darían incluso bienes notables sin mal alguno. Evidentemente, si el benéfico no sufre ningún infortunio, no perjudicará con ninguno con sus aspectos, sino que beneficiará con todos. Pero si un maléfico está infortunado de todas maneras, no beneficiará con ninguno de sus aspectos, sino que perjudicará con todos, por la ley de los contrarios. Pero estas y semejantes circunstancias, hay que advertirlas enseguida, para conjeturar al menos confusamente en una primera instancia cuánta será la fortaleza, tanto la bondad como la maldad, de dicho aspecto.

Por lo tanto, una vez expuesto lo anterior, la fortaleza o debilidad intrínseca y extrínseca de cualquier planeta se coligen según los capítulos anteriores, sin tener en cuenta ningún aspecto. Y, por ejemplo, la fortaleza o bondad total de Júpiter sería de 12 grados, pero su debilidad o maldad extrínseca (pues no es intrínsecamente malo), de 8 grados y cabe suponer para ello que estuviera en Capricornio, conjunto a Marte (cuya maldad total es de 10 grados, pero su bondad o fortaleza extrínseca de 7 grados).

Pues es necesario saber que Júpiter fortalece a Marte extrínsecamente (Nota: está hablando de esa supuesta conjunción de Marte y Júpiter en Capricornio), no con toda su fortaleza o bondad, sino tan sólo con la intrínseca, que, según el capítulo 2, es de 8 grados. Pero la razón de ello es porque, cualquiera que sea la condición extrínseca de Júpiter (el signo, la posición respecto al Sol etc.), estas cosas son teóricamente las mismas para Marte que es afectado por idénticas condiciones, por lo cual no se deben duplicar para Marte, sobre todo porque el infortunio de Júpiter por Capricornio es la fortuna de Marte, el cual no puede sufrir por ello ningún detrimento a causa de Júpiter, de lo contrario sería a la par afortunado e infortunado por la misma circunstancia, lo cual no puede suceder. Y por idéntica razón, el infortunio de Júpiter por su conjunción con Marte no le es transmitido a éste por Júpiter, sino que, al contrario, Marte se vuelve más afortunado por su conjunción con Júpiter. Pero, en cambio, Marte infortunará a Júpiter tan sólo con su virtud intrínseca maléfica, que, por lo dicho en el capítulo 2, se sitúa en 6 grados 30. Y así la fortaleza total o bondad de Júpiter será de 12 grados, y su maldad total extrínseca, con una conjunción con Marte, resultará de 14.30. Pero la fortaleza total de Marte será de 19 grados y su maldad de 10.

Pero estas cosas hay que entenderlas de la conjunción partil.  Y una vez supuesta ésta, su lugar en el primer movible será afectado, no formalmente ‐evidentemente-, sino tan sólo determinativamente, por la fortaleza y debilidad total de uno y otro planeta, o su bondad o maldad, como es afectada la naturaleza de uno y otro planeta, según se expondrá con más detalle en su lugar. Pero si Júpiter y Marte tan sólo están en conjunción plática, Marte participará de aquellos 12 grados de fortaleza intrínseca de Júpiter únicamente de forma proporcional a su distancia de Júpiter, según el semidiámetro del orbe del próprio Júpiter, que es de 8 grados, por lo que vimos en el capítulo 13 del libro 16. Por lo cual, si Marte distara 5 grados de Júpiter, se diría, siguiendo la regla áurea, que si 8 grados de semidiámetro corresponden a 12 grados, ¿cuántos equivalen a 5 grados de dicho semidiámetro?  Serán 7.30 de fuerza extrínseca por el mismo Marte, siempre y cuando se suponga que la fuerza de Júpiter decrece proporcionalmente desde su centro a la periferia de su orbe. Y así de los demás (Nota: Ha hecho una regla de 3, es decir, 8 dividido por 12 y multiplicado por 5. Aplicará varias veces en los capítulos siguientes la “regla áurea” o regla de 3).

Pero en cuanto a los restantes aspectos propiamente dichos considerados por sí mismos, hay que saber también que un planeta cualquiera, por naturaleza y condición extrínseca benéfico y maléfico a la vez (como Júpiter en Géminis con el Ojo de Tauro y Marte en la octava Casa, o Saturno con Mercurio en Acuario y en la Primera), con cualquier aspecto benéfico suyo transmite toda su bondad interna y externa, incluso la recibida por la conjunción con otro planeta, según la proporción de dicho aspecto  ‐o arco del círculo que le corresponde‐  con la conjunción  ‐o semicírculo que es atribuido a la propia conjunción según el capítulo 4 del libro 16-. Pues ciertamente todos tienen claro que la conjunción, a causa de la presencia del planeta, es más fuerte que el trígono. Así pues, como se encontró anteriormente que la fortaleza total de Marte en su conjunción con Júpiter era de 19 grados y a la conjunción le corresponde el semicírculo, o 6 signos; al trígono, 4; al sextil, 2 y al semisextil 1, si se hace el cálculo partiendo de la conjunción, se diría, por la regla áurea, que si a 6 signos les corresponden 19 grados, ¿cuántos les corresponden a 4 signos por el trígono, a 2 por el sextil y a 1 por el semisextil?  Serán 12 grados 40 por el trígono, 5.20 por el sextil y 3.10 por el semisextil. Pero la razón por la cual el planeta transmite con su aspecto benéfico su bondad interna y externa es la siguiente: porque, evidentemente, el trígono de un planeta benéfico es benéfico por sí mismo, por la proporción del trígono respecto a la conjunción, aunque el planeta no esté afortunado extrínsecamente. Así pues, será mucho más benéfico, si el planeta está afortunado extrínsecamente, puesto que por esa misma razón el trígono de un planeta maléfico por accidente se vuelve benéfico, como se ha hecho notar más arriba. Evidentemente, cualquier planeta tanto por su conjunción como por sus aspectos actúa en función de su propia naturaleza, estado y rayos o cualidad del aspecto. En consecuencia, un aspecto benéfico otorgará ambos tipos de bondad (Nota: intrínseca y extrínseca) de su planeta. Y esto, de los aspectos benéficos, se sigue de los malos por lo cuales el planeta dará también toda su maldad intrínseca y extrínseca, es decir, la propia y la sobrevenida por el signo, posición respecto al Sol, conjunción con otro planeta maléfico, Casa etc.

Así pues, el más fuerte de los aspectos maléficos es la oposición a la cual Cardano (en su Comentario, en el texto 45 del libro 3 de las Cuadruplicidades) considera incluso más poderosa para matar que la conjunción, y luego (Nota: después de la oposición) la conjunción y la cuadratura ‐entiéndase de los maléficos y anaretas‐. Y no pensó esto sin razón alguna, ya que la conjunción y la oposición están en la misma línea diametral que per se hace igual la fuerza de una y otra para perjudicar. Pero la conjunción da lo bueno que tiene junto con lo malo, y la oposición, el mal puro y simple, de lo que se sigue correctamente que la oposición es peor que la conjunción.  Y por eso, como mínimo, no da menos cantidad de influjo maléfico que la propia conjunción. En consecuencia, puesto que Júpiter conjunto a Marte anteriormente resultó infausto en una medida de 14 grados 30, su oposición tendrá otros tantos grados de maldad. Y puesto que, tanto a la conjunción como a la oposición se les atribuye el semicírculo, o 6 signos; a la cuadratura, 3 y al quincuncio, 1, si se hace el cálculo partiendo de la oposición, por la regla áurea se encontrarán, como antes, 7 grados 15 de maldad por la cuadratura y 2.25 por el quincuncio. Y así de los demás. Pero esto también cabe entenderlo de los aspectos partiles, pues en los pláticos hay que hacer lo mismo que enseñamos antes para la conjunción si un astrólogo quisiera por lo menos ser exacto en éstos, cosa que, sin embargo, no me parece necesaria.

Por fin, queda por advertir aquí que en las conjunciones y aspectos de los planetas las aplicaciones son más fuertes que las separaciones.  Y los aspectos siniestros valen más que los diestros, al menos entre planetas, pues los siniestros están en la secuencia de los signos, según el propio movimiento de los planetas, pero los diestros les preceden, según el primer movimiento externo del planeta, a no ser tal vez por accidente en los retrógrados. Pero, de los aspectos a las cúspides de las Casas, hacia los cuales los planetas son llevados por su movimiento primario hay que decir lo contrario.  Además, hay que tener en cuenta lo explicado en los capítulos 2 y 3, sección 2 del libro 16, para que, basándose en ello, se aumente o mengüe judiciosamente la fuerza de los aspectos que hemos encontrado por lo dicho anteriormente. Mas todo eso, lo dicho anteriormente, es muy necesario para medir y determinar la fuerza de los aspectos, pero, sin embargo, parece que cabe añadir aún lo siguiente:

Primero: que los planetas benéficos con sus aspectos dan cosas buenas; con los buenos (aspectos), evidentemente, fácil y ampliamente si el planeta estuviera bien dispuesto y en uma Casa buena de la figura; con los malos (aspectos), con dificultad. Es más, incluso, con un mal aspecto, dañará cuando tenga una mala disposición celeste o esté en una Casa mala de la figura.  Pues entonces el planeta benéfico por naturaleza es superado por la malignidad del aspecto y su mal estado, ya sea celeste, ya sea terrestre, pero más por uno y otro.  De los planetas maléficos hay que hacer el juicio contrario. Evidentemente, un planeta completamente benéfico por naturaleza, estado celeste y Casa de la figura, promete bienes insignes, por conjunción y por todos sus aspectos, sobre todo los buenos; el infortunado completamente por naturaleza, estado celeste y Casa de la figura, males notables, por conjunción y por sus aspectos, sobre todo malos.  Pero cuando un planeta está a la vez afortunado e infortunado, da bienes y males, o dificultades y mescolanzas de la suerte, a tenor de los aspectos, en razón de su fortuna o infortunio.  Pero la razón por la cual el aspecto de un planeta completamente afortunado  ‐por ejemplo, la oposición‐  causa el bien es ésta: supóngase una dirección del Mediocielo a la oposición de Júpiter completamente afortunado, ésta no será sin efecto a causa de la fuerza del promisor y del significador. Pero dicho efecto no será malo tanto por la naturaleza de Júpiter como porque está muy afortunado. Por lo tanto, será bueno, pero no sin alguna dificultad por la maldad del aspecto. Pero hay que pensar lo contrario de una dirección del Mediocielo al trígono de Marte muy infortunado.

Segundo: Un planeta o un aspecto benéfico sucediendo a un benéfico lo hará más afortunado si, sobre todo, el aspecto cae en un lugar adecuado de la figura, procedente de un planeta en un lugar igualmente adecuado.  Pero un planeta o um aspecto maléfico sucediendo a un maléfico lo hará peor, especialmente si el aspecto cae en un lugar del mismo calibre de la figura procedente de un planeta en una posición igualmente infortunada.

Tercero: En los aspectos mutuos de los planetas hay que observar sobre todo su determinación, pues el regente del Ascendente situado en trígono  al regente de la décima se refuerza mucho por ello, sobre todo si éste fuera benéfico y fuerte. Pero puesto en la cuadratura del regente de la duodécima o de la octava, maléfico por naturaleza y mal dispuesto, quedará muy infortunado.

Cuarto: un planeta conectado por conjunción o por el mismo aspecto a otros dos planetas, influye más sobre el más cercano, a no ser que le haga un aspecto separativo; pero, a igual distancia de uno y otro, influye más sobre aquel a quien aplica.   Y si ambos estuvieran unidos partilmente, hay que ver cuál de ellos predominaría sobre el lugar del aspectante o es más acorde a su significado, pues éste vencerá.

Quinto: en la medida en que un planeta estuviera más fuerte para hacer el bien o el mal, tanto más fuertes serán también sus aspectos.

Sexto: los aspectos concurren con los antiscios cuando los planetas están al principio, mitad o final de los signos y por ello son más fuertes, como una cuadratura y un antiscio desde la mitad de Leo a la mitad de Tauro.

Séptimo: en la esfera oblicua, la misma Casa de la figura celeste puede recibir dos aspectos del mismo planeta. En ese caso, mira tanto el más cercano a la cúspide y el más fuerte por sí mismo (igual que la cuadratura es más fuerte que el sextil), como el más congruente con los significados de la propia Casa y juzga a tenor de ello.

Octavo: No sólo son eficaces las conjunciones de los planetas con las estrellas fijas de primera importancia, sino también los aspectos de los mismos, al menos los importantes y partiles, pues las estrellas fijas se mueven por su próprio movimiento por los signos del zodiaco como los planetas. No sólo los aspectos con las estrellas fijas que hay cerca de la eclíptica, sino también con las alejadas. Pues si, según Ptolomeo, se dice que el Sol está conjunto a una estrella fija si está com ella en el mismo grado de longitud o en el mismo círculo de latitud, aunque disten 60 grados, por lo tanto, a esa distancia, se dirá que también están en aspecto de sextil, y así la conjunción y el sextil se darán a la vez.

Noveno: Según el Comentario de Cardano (en el capítulo 4, libro 4, p. 306), los planetas, si se aspectan desde sus respectivos Domicilios o exaltaciones, significan un efecto insigne, bueno  ‐ obviamente‐  por un aspecto bueno, y malo por uno malo. Pero si sólo uno estuviera en su Domicilio o exaltación, éste prevalecerá sobre el otro.  En cambio, si ambos estuvieran en sus respectivos exilios o caídas, serán muy fuertes para un efecto pernicioso, sobre todo por mal aspecto, incapacitados para el bien, incluso por buen aspecto. Pero si solo uno estuviera en su exilio o caída, éste impedirá el efecto del otro. Ambos recibidos en sus respectivas dignidades presagian fuertemente un efecto insigne, bueno o malo, según la recepción fuera buena o mala y fausto o infausto el aspecto de dichos planetas.  Pero si sólo uno está recibido por el otro, éste obedecerá al influjo del que recibe, evidentemente, el que manda y prevalece sobre él. Estando ambos recibidos en sus respectivas debilidades, a duras penas producirán algún efecto  ‐por lo menos, feliz y completo‐, del mismo modo que se alejan de sus respectivas dignidades y se vuelven contrarios y reacios a hacer algo. Pero si sólo uno está recibido en la debilidad del otro, aquél es obstaculizado por éste. Los planetas aspectándose desde su propia triplicidad significan consenso y acuerdo. En triplicidades diferentes, desacuerdo y contrariedades por ello. Pero estando sólo uno en su triplicidad, cerrará el asunto significado. Si, por fin, ambos estuvieran peregrinos, significa por eso la debilidad de la actuación y la penuria de medios para el fin.  Por otra parte, todo planeta que afortuna o infortuna por conjunción y aspectos lo hace por medio de las cosas y personas que representa por su propia naturaleza (según nuestra tabla del gobierno de los planetas) y por su determinación en la figura celeste.  Y en ello reside gran parte de la ciencia de los juicios.

Además, la fortaleza celeste de cualquier planeta consiste en lo dicho antes y por ello es universal y común a todo el mundo sublunar.  Y cuanto más fuerte sea así un planeta, tanto más eficazmente actuará sobre las cosas sublunares de modo general y particular, en la medida en que esté determinado por su posición o regencia sobre las Casas de la figura. Y hay que advertir que, puesto que la virtud unida es más fuerte que la dispersa, por lo tanto, para las dignidades del nativo, por ejemplo, es mejor un Sol en Aries y en el Mediocielo, y en trígono a Júpiter desde el Ascendente, que el Mediocielo y su regente afortunados separadamente.  Pero el planeta puramente feliz por naturaleza, estado celeste y terrestre, confiere tan sólo cosas buenas, grandes y fácilmente.  Pero el puramente infeliz, lo contrario.

CAPÍTULO XIII

De la fortaleza extrínseca de los planetas por su posición en los mismos círculos importantes que otro planeta o un estrella fija ilustre.

Los círculos importantes que aquí entendemos son el de la latitud, declinación, posición y paralelo. Cuando dos planetas o un planeta y una estrella fija ilustre se encuentran en uno de éstos, se dice que de allí adquieren una fuerza extrínseca, pero sobre todo lo hacen en el mismo paralelo o en el círculo de posición.

La razón de cada una de estas cosas es: puesto que dos planetas en el mismo círculo de latitud tienen el mismo grado de longitud en la eclíptica, cualquiera que sea su latitud septentrional o austral, por ello el Sol y los demás planetas, al cruzar el zodiaco por su propio movimiento, cuando pasen por aquel grado de su longitud, estarán conjuntos al menos por longitud con las posiciones de los citados planetas, que se verán estimulados por ello para sus propios efectos.

Los planetas que se encuentran en el mismo círculo de declinación septentrional o austral, tienen la misma ascensión recta: por eso el Mediocielo se dirige al mismo tiempo a uno y otro. Y en esa dirección un planeta refuerza el efecto del otro si son mutuamente compatibles, como Júpiter y Venus, o Spica y Virgo por lo que atañe a la felicidad de las acciones y dignidades; Marte en Tauro con Caput Algol, por lo peligroso y la acción letal. Pero si fueran contrarios por su significado, se obstaculiza, degrada o destruye lo significado.

Los planetas en el mismo círculo de posición, tienen la misma ascensión oblicua en él: por eso se dirigen al mismo tiempo a cualquier otro significador. Hay que opinar sobre ellos como se ha hecho más arriba por lo que se refiere al consenso o divergencia.

Por fin, los planetas en el mismo paralelo, están en sus antiscios respectivos, y por ello el otro planeta que se dirige a uno de ellos, se dirige simultáneamente al antiscio del otro. Y así se fortalecen mutuamente los propios planetas, o el planeta y la estrella fija ilustre a la cual no le compete menos tener un antiscio que a un planeta, por lo menos si su paralelo sigue la eclíptica.

Pero ya es suficiente lo dicho hasta ahora de la fortaleza extrínseca de los planetas por su estado celeste, vamos a tratar ahora de su fuerza sobrevenida por su estado terrestre, o posición en las Casas de la figura.

CAPÍTULO XIV

De la propia fuerza y de la cualidad de las Casas de la figura celeste.  También de la fortaleza sobrevenida de los planetas tomada de ellas.

En este capítulo nos toca inquirir la fortaleza propria de cada casa de la figura celeste (tema acerca del cual los antiguos astrólogos han legado muchas, pero confusas y contradictorias informaciones), ciertamente, para que luego conste cuánta es la fuerza de los planetas en razón de las mismas Casas, pues un planeta cualquiera se dirá fortalecido extrínsecamente por una Casa cualquiera en la medida en que sea la fuerza de dicha Casa. Y se consideran más fuertes que las otras las Casas en las que los planetas actúan más poderosa y notablemente.

Pero ya Ptolomeo (en el último capítulo del libro 1 de las Cuadruplicidades), al hablar de forma general de dichas Casas o espacios, dijo que los planetas en el Mediocielo o su Casa sucedente  ‐evidentemente, la undécima‐ son los más eficaces; luego, en el horizonte y sus Casas sucedentes  ‐la segunda y octava‐, pero sobre todo en el horizonte oriental (Nota: el Ascendente) y su sucedente, la segunda Casa; pero mucho menos en el Fondo del Cielo y su sucedente, la quinta Casa. Pero que, fuera de esos lugares, los planetas están completamente débiles y sin fuerzas. De modo que, según Ptolomeo, los planetas tienen más fuerza en los ángulos de la figura, menos en las Casas sucedentes, pero en las cadentes están totalmente agotados, lo cual es, sin embargo, contrario a la experiencia, porque los planetas en la novena, duodécima e incluso en la sexta producen efectos insignes, según la naturaleza de la Casa, como se prueba en la práctica cotidiana; pero eso se opone incluso a la razón, pues Saturno mal dispuesto en la duodécima debe significar con mucha eficacia, según los elementos, enfermedades, enemigos ocultos y cárceles.

Pero Cardano, en su Comentario, engañado por esa falsa opinión que hemos rechazado en otro lugar ‐el que los planetas no actúan sobre este mundo inferior con otra cualidad que la luz‐, pervierte esta doctrina de Ptolomeo y antepone la Casa undécima como de primera fuerza y pospone la novena a la octava, es más, la cuarta a su cadente, la sexta.  Y su principal razón es que en la undécima, nona y sexta, el Sol ilumina y calienta más eficazmente.

Y al final del Comentario (capítulo 12, libro 1) opina de otra forma, de tan poca coherencia que tiene consigo mismo, pues, suponiendo también que los astros actúan por su luz, dispone las Casas en razón de su fuerza en el siguiente orden: 10, 1, 7, 11, 9 etc. y dice que no hay duda de ello, aunque luego, o contradiciéndose a sí mismo y, al menos, arrojando un lazo de confusión, dejada ya de lado esa argumentación de la luz, antepone la primera a la décima, por lo que se refiere a la vida, ánimo y al cuerpo, porque  ‐dice‐  aquélla es más apropiada. Pero a continuación, pone la duodécima, que antepone a la octava, porque asciende; deja a la segunda por debajo de la octava, porque ésa está en el crepúsculo matutino, y a ésta la sexta, porque está respectivamente en el crepúsculo. Deja de lado las Casas 3, 4 y 5, como desprovistas de luz, claro; por lo cual, la cuarta, aunque cardinal, sería la más baja de todas tanto en posición como en fuerza.   Y eso, el próprio Cardano lo afirma al final del libro 1, cuando dice que la cuarta no significa nada por sí misma, es decir, no confiere nada de fuerza, sino que únicamente el planeta, cuando está allí, adquiere grandes fuerzas. En eso se vuelve a contradecir, pues, si la cuarta es mucho menos fuerte que las demás y no supone ninguna fuerza per se, en consecuencia, ¿de dónde adquiere el planeta en la cuarta aquellas grandes fuerzas?    ¿Y porqué no las recibe igual, e incluso mayores, en la quinta Casa, que, considerada en su totalidad no participa menos del crepúsculo vespertino que la segunda del matutino, pero además está en trígono a la primera? Pero los otros astrólogos filosofaron de otro modo acerca de ese tema, pero también de forma confusa, sin ningún fundamento coherente, como se puede ver en Julio Fírmico Materno, capítulo 19 y 20, libro 2, Orígano, parte 3, p. 433, cuando atribuye a la Casa octava 4 grados de fuerza; a la segunda, tan sólo 3, a la que equipara incluso la quinta; pero a la novena la otorga 2, y a la sexta en cambio, 4. Todo lo cual es completamente ajeno a la razón. Y he querido exponer brevemente estas cosas para que sepan los que vengan después cuan incompleta era también la astrología en ese tema.

Así pues, respecto a la fuerza propia de las Casas a nosotros nos parece que han de mantenerse los siguientes puntos:

Primero: las cuatro Casas angulares (1, 10, 7 y 4) son más fuertes por sí mismas que las otras, según consta incluso por la experiencia de Juan Franco Ofusio  ‐una persona que odiaba la astrología, citado por nosotros tanto en el capítulo 2 del libro 16, como en la sección segunda, capítulo 1 del libro 17‐, y no sin razón, puesto que la división del espacio mundano en las Casas de la figura celeste se hace primero partiendo del horizonte y del meridiano, que cortan la eclíptica o el ecuador en 4 cuadrantes; en segundo lugar, por los círculos de posición trazados por las respectivas secciones del horizonte y del meridiano, dividiendo también la eclíptica o ecuador. Y por eso los puntos de las secciones del horizonte y del meridiano son de primera y principal importancia, igual que por naturaleza lo son.  Vulgarmente se llaman “cardinales”, pero yo las llamo “primeras de su triplicidad”, según el capítulo 5, sección 1 del libro 17.   Pero las restantes Casas, igual que por naturaleza, son tan sólo de fuerza secundaria y menos importantes. Y, por tanto, para cualquier planeta hay que considerar en qué triplicidad de la figura celeste está, es decir, la de la vida, acciones, unión y pasión, pues si estuviera en una Casa cardinal de alguna triplicidad, será también mucho más fuerte en dicha triplicidad por la Casa.

Segundo: si se comparan los ángulos de la figura celeste en cuanto a fuerza, es absolutamente seguro que el ángulo o punto cardinal de oriente (Nota: el Ascendente) es el más fuerte de todos. Y la razón poderosísima de ello es porque desde allí es más activo el efecto del cielo, evidentemente, la producción de una cosa o persona, o las salidas sobre el horizonte de este mundo, según el capítulo 2, sección 1 del libro 17. Añade a ello que su fuerza nunca se ve frustrada en su efecto, que el grado ascendente siempre excluye _____ (¿lo nocivo? palabra ilegible) y nunca desfallece a no ser con la muerte o la destrucción de la cosa. En cambio, la fuerza de los otros ángulos (como el Mediocielo para las acciones, honores o maestría; el deoccidente para el matrimonio etc.) en mucha gente nunca aparece, en la medida en que permanecen durante todo el transcurso de su vida en el ocio, inactivos, sin destacar, y célibes, o, al menos, se manifiesta sólo durante algún periodo de tiempo y no dura toda la vida del nativo. Pero al Ascendente le sigue el ángulo del Mediocielo, luego el de occidente y por fin el Fondo del cielo.

Tercero: cualquier Casa es la más fuerte de todas en los asuntos que representa esencialmente. Del mismo modo, puesto que las acciones y dignidades son lo significado esencialmente por la décima Casa, ésta será la más fuerte de todas por lo que a dignidades y acciones se refiere. Idénticamente, ya que las enfermedades, cárceles y enemigos son el significado esencial de la duodécima, ésa será la más poderosa de todas en las enfermedades, cárceles y enemigos. Y lo mismo cabe pensar de las demás: evidentemente, la primera Casa o Ascendente en cuestiones como la vida, costumbres, carácter; la segunda, para las riquezas, etc. La razón es porque cualquier significado para el hombre se reporta primero y per se a algún único espacio del cual depende para realizarse, bien por el signo o planeta que ocupa tal espacio o Casa, bien por el planeta que rige dicha Casa, bien por los planetas conectados a su regente o aspectando a dicha Casa, en cada uno de los cuales siempre nos sale una referencia primaria a dicha Casa. Pero la propia Casa está configurada de esa manera por aquellas cosas que representa esencialmente, por lo tanto, en ellas será la más poderosa de todas. Y no importa que en la figura haya 4 triplicidades de Casas de la misma naturaleza, como las Casas 1, 9 y 5 por la triplicidad de la vida (Nota: más que como Casas, hay que entenderlo como Casas naturales, es decir: Aries, Leo y Sagitario), pues, aunque las Casas 1, 9 y 5 son de la misma naturaleza genérica, difieren sin embargo por su naturaleza específica y propia. Obviamente, la primera Casa es la de la vida del nativo por sí mismo; la novena, la del nativo en Dios y la quinta, la del nativo en sus hijos. Y cualquiera de éstas en lo que a su significado esencial se refiere, sobresale como más poderosa que las otras. Y lo mismo cabe decir de las demás.

Cuarto: para los restantes espacios, hay que prestar atención a la división del círculo en dos mitades, una ascendente, que abarca los espacios o Casas 3, 2, 1, 12, 11, 10; y otra descendente que es las demás (9, 8, 7, 6, 5, 4). Y hay que tener en cuenta que, tanto de las Casas sucedentes como de las cadentes, si las comparamos entre ellas, la que está sobre la tierra sobrepasa en fuerza a la que está debajo en la misma mitad. Y así de las sucedentes, la undécima está por delante de la segunda; la octava, de la quinta; de las cadentes, la duodécima es más fuerte que la tercera; la novena, que la sexta. Y no hay aquí lugar para dudar de esto, porque, por común acuerdo de los astrólogos y por la verdad del hecho, las Casas subterráneas son más débiles que sus correspondientes otras Casas subterráneas (Nota: errata probablemente debe de querer decir que son más débiles que sus correspondientes sobre la tierra). Y no puede aquí suscitar la duda la primera Casa, en cuya cúspide el Sol amanece y asciende.

Pero, en las mitades diferentes, respecto a las sucedentes y cadentes de sobre la tierra, se prefiere la que tiene una cúspide más elevada a la más baja. Y lo mismo hay que pensar de las subterráneas. Y así, de las sucedentes, la Casa undécima es superior a la octava, la segunda a la quinta, porque la cúspide de la undécima es más alta que la de la octava, y la cúspide de la segunda que la de la quinta. Por la misma razón, de las cadentes, la novena sobresale sobre la duodécima y la sexta sobre la tercera. Y así se confirma perfectamente la anterior opinión de Ptolomeo, la de que los ángulos deben ser preferidos a las Casas sucedentes, y éstas a las cadentes. Y eso demuestra definitivamente la verdad de esa doctrina coherente en todo.

Con esas premisas, puesto que hemos dicho que el ángulo de oriente era el más poderoso, luego el Mediocielo, el ocaso y el Fondo del Cielo y hemos distinguido las 12 Casas, diferentes por su género, por la triplicidad de la misma naturaleza genérica, por lo tanto: a la primera Casa se le dan 6 grados de fortaleza; a la segunda, 3; a la tercera, 0.30; a la cuarta, 4.30; a la quinta, 2.30; a la sexta, 1; a la séptima, 5; a la octava, 3.30; a la novena, 2; a la décima, 5.30; a la undécima, 4; a la duodécima, 1.30, como se ve en la figura que hay al lado.Y la distribución de la fuerza será conforme a lo dicho antes. Y la triplicidad de la vida, base de las demás, es un grado más fuerte que cada una de las restantes.  No obstante,‐‐‐‐‐  (palabra ilegible), en el aforismo 47, dice lo mismo que nosotros de los ángulos, pero, respecto a las demás, antepone la undécima a la segunda, ésta a la quinta, ésta a la novena, ésta a la tercera, ésta a la octava, pero dice que la sexta y la duodécima son las peores. Yerra sin embargo en el orden, como queda claro por lo dicho arriba.

Además, esos grados de fortaleza se entiende que son para hacer el bien o el mal, según la naturaleza específica de la Casa, pues hay dos Casas maléficas por sí mismas o esencialmente: evidentemente, la duodécima, que es la de las enfermedades, cárceles, enemigos etc., y la octava, que es la de la muerte. Pero las restantes son benéficas, es decir, significadoras de bienes y cosas deseables, aunque por accidente, la sexta, la de los siervos, y la segunda, la de las riquezas, sean muchas veces maléficas, en razón de su oposición a la duodécima y la octava, claro. Y no es ilógico, puesto que raro es el siervo que no es un enemigo oculto y las riquezas a menudo son causa de muerte. Pero entonces tiene que haber en la sexta y la segunda planetas maléficos o que los regentes de éstas estén con un mal aspecto al Ascendente o a su regente.

Y no hay que opinar siguiendo a los astrólogos vulgares que cualquier planeta se afortuna en cualquiera de las Casas benéficas, según el número de fuerzas de dicha casa. Ciertamente, tal creencia es falsa, pues Saturno, infausto por su estado celeste, en la primera o en la décima, sería por ello mucho más nocivo para los significados esenciales de dichas Casas. Así pues, cuando Ptolomeo dijo que los planetas en los ángulos se refuerzan mucho, eso hay que entenderlo como que es para beneficiar o perjudicar, de lo contrario, erraría, porque un planeta al ocupar una Casa cualquiera se fortalece allí según los grados de dicha Casas, pero para beneficiar o al contrario, según la naturaleza del espacio, en la medida en que el planeta fuera benéfico o maléfico, per se o por su estado celeste. Pues por planeta benéfico no has de entender solamente a Júpiter y Venus, sino cualquier planeta bien dispuesto por su estado celeste: Marte y Saturno en tal estado adquieren el poder de beneficiar, y ese poder para beneficiar, puesto que no pueden llevarlo a efecto más que en las Casas benéficas, cuando se encuentran allí se dice que están afortunados por ellas.

Por lo demás, objetará alguno: es contrario a la razón y a la experiencia que las Casas cadentes sean tan débiles. A la razón, ciertamente, porque la casa novena y la quinta están en la misma mitad del cielo, pero la novena está sobre la tierra, tan elevada como la décima, y la quinta en cambio está bajo tierra, junto a la cuarta.  Y por eso la novena será más fuerte que la quinta. A la experiencia, porque de los planetas en la duodécima y en la sexta muchas veces surgen mayores y más notables efectos que de los mismos en la quinta o incluso la undécima.

Respondo:

Primero: Esto mismo habría que objetarlo mucho más a Ptolomeo, Cardano y los otros antiguos que apenas daban alguna fuerza a las Casas cadentes. Además, la Casa quinta es sucedente, pero la novena es cadente y no debe considerarse más fuerte cualquier Casa sobre la tierra que una Casa bajo la tierra, de lo contrario la duodécima sería más fuerte que la cuarta, cardinal de su misma triplicidad, lo cual es absurdo. Por fin, los planetas que producen efectos más notables en la duodécima o en la sexta, suelen ser maléficos, bien por su naturaleza, bien por su estado celeste, bien por ambas cosas. Pero, según la conformidad del espacio o Casa con la naturaleza o cualidad del planeta ubicado en dicha casa surgirá un efecto mucho mayor que debe atribuirse más bien a dicha conformidad que a la Casa. Y así, Saturno en la duodécima y mal dispuesto por estado celeste, amenaza con grandes calamidades de enfermedades, cárceles etc. Y Júpiter en la duodécima bien dispuesto, presagia grandes riquezas. El Sol exaltado en la décima, grandes honores etc. Y así de los demás.

CAPÍTULO XV

Cuál es el punto más fuerte de cualquier Casa y cuáles son los propios límites influenciales de las Casas: dificultad de gran importancia en astrología.

Los antiguos que definieron la fuerza de las casas con una medida x atribuyeron al planeta que recorría una Casa la fuerza de toda esa Casa, tanto si el planeta estaba al principio, al medio o al final de la Casa.  Por ejemplo: puesto que concedieron 5 grados de fortaleza a la primera Casa, dijeron que Saturno en la primera Casa se fortalecía 5 grados, tanto si estaba situado en la cúspide, al medio o al final de la misma. Lo cual, sin embargo, es contrario a la razón, como se demostrará más abajo.

Además, aunque cada casa está limitada por sus propios círculos de posición, distantes entre ellos 30 grados del ecuador, sin embargo quisieron que los cinco grados últimos de la Casa precedente por movimiento primario, pertenecieran a la siguiente. Por ejemplo: los 5 últimos grados de la novena Casa se dice que están en la décima, porque observarían, evidentemente, que un planeta en aquellos últimos grados influye en los significados de la Casa siguiente.

Por lo cual, Ptolomeo (en el capítulo 11, libro 3) al considerar las Casas aféticas (que, en su opinión son tan sólo la 1, 10, 9 y 11), toma la primera Casa a partir de los 5 últimos grados de la duodécima hasta el 25 de la propia primera Casa.  Ni Ptolomeo ni sus comentadores aportaron su propia explicación de ese hecho, y no despejaron las dificultades nacidas de ello. Por lo tanto, de ello hemos de tratar ahora:

Así pues, afirmo en primer lugar: la cúspide de cualquier Casa marcada por el círculo de posición es el punto más fuerte de dicha Casa. Y por eso un planeta ubicado en la cúspide de alguna Casa está en su máxima fuerza respecto a lo sometido a dicha Casa o sus significados esenciales, que son: la vida, costumbres e ingenio en la primera; las riquezas, en la segunda etc. Pero, cuanto más lejos esté de la cúspide en el mismo espacio, tanta menor fuerza tiene. Y eso, no sólo es admitido por todos los astrólogos aleccionados por la experiencia, sino que se demuestra sobre todo del hecho de que ningún punto de Casa alguna, ni uno precedente dentro de esos cinco grados, ni siguiente hasta los 25, es dirigido por lo que se refiere a los significados de dicho espacio, salvo únicamente el punto de la cúspide: porque consta que es el más eficaz, sobre todo en las direcciones del Ascendente para la vida, y del Mediocielo para las acciones, profesión y honores. Pues, igual que la propia cúspide es el final de la Casa precedente y el inicio de la siguiente, así en la misma cesa completamente la fuerza de la precedente y está en su punto más álgido la de la siguiente. Por lo tanto, mal hicieron los antiguos al conceder la fuerza de toda la Casa a un planeta que estuviera cerca del final de la misma.

En segundo lugar, afirmo que es contrario a la razón y la experiencia que los 5 grados de la Casa precedente pertenezcan a la siguiente, de tal modo que hubiera que decir que el planeta situado en ellos está en la siguiente y no actúa más sobre los significados esenciales de la precedente y que esto nunca ha sido dicho por Ptolomeo. Es, pues, un error de gran importancia en la astrología que ya hemos de explicar y erradicar.

Por lo tanto, primero, es cierto que los límites esenciales de las Casas son tan sólo aquellos dos círculos de posición entre los cuales está incluida cualquier Casa y en la cual está la virtud para determinar de los planetas y los signos respecto a los significados esenciales de la propia casa, como se expondrá con más detalle en su momento. Y no está dicha virtud, al menos per se, fuera de ese espacio o de la propia Casa.  Por lo cual, de un planeta ubicado en los 5 últimos  grados de la precedente no se dirá que está en la siguiente ni determinado, al menos por sí mismo, hacia esos significados esenciales.

No importa que Marte, por ejemplo, situado en los 5 últimos grados de la sexta Casa signifique lides y enemigos abiertos, que son los significados esenciales de la séptima Casa, pues eso no sucede porque Marte esté en la séptima Casa, y determinado por ello al significado de ésta, sino porque el grado de la eclíptica o del ecuador (que son las partes del primer cielo o primera causa física) que ocupa la cúspide  ‐y por ello es el más determinado para tales significados‐  está conjunto a Marte. Pues por aquella conjunción con Marte, bien es cierto que existe el significado de lides y enemigos abiertos, que también serían significados por un Marte distante 6 grados de la cúspide (porque, evidentemente, el diámetro de su orbe es de 6 grados 30, según lo expuesto anteriormente), de lo contrario sería nulo el efecto de la conjunción de Marte con aquella cúspide o partes del primer cielo que la ocupan, opinar lo cual sería completamente absurdo y contrario a los principios.  Pero no significarían eso Júpiter o Venus en el lugar de Marte, sino más bien la carencia de lides y enemigos.

Pero esto se demuestra de forma aún más evidente así: Supongamos a Marte (¿?Está borrado y bien podría ser el Sol) partilmente en la cúspide de la séptima y el Sol, por su parte, en esa Casa (Nota: ¿? Está completamente borroso. Cabría suponer la “sexta” Casa, pero el espacio borroso no es suficiente para incluir tantas letras), distante 12 grados de Marte: es cierto que Marte estaría conjunto al Sol o bajo su orbe de diámetro. Y puesto que Marte en la séptima significa para el nativo lides y enemigos abiertos, por la conjunción de Marte y el Sol se denotan lides insignes y enemigos encumbrados, quizá incluso reyes o príncipes, pues la propia conjunción no puede ser ineficaz, por lo que se sigue que el propio Sol, al menos por sí mismo, está determinado hacia lides insignes y magnates enemigos que va a tener el nativo, significado que no existiría si se sustituyera a Venus en lugar de Marte. Pero, puesto que Marte por su naturaleza y determinación en la Casa séptima significa formalmente tales cosas y le sucede que está conjunto al Sol, que siempre representa cosas grandes e ilustres, de ello resulta por accidente que Marte en razón de su conjunción con el Sol significará lides insignes y magnates enemigos abiertos. Por lo cual Marte por su posición está determinado formalmente a los significados de la séptima Casa, pero el Sol sólo lo está accidentalmente en razón de su conjunción con Marte o con la cúspide de la séptima. Así de los demás.

Pero de ello se siguen tres cosas muy dignas de ser tenidas en cuenta:

Primero: que el intervalo precedente a la séptima cúspide, dentro del cual un planeta (al menos por accidente, en razón de su conjunción o del aspecto del otro) adquiere significados respecto a la séptima, es diferente para cada planeta, porque diverso es el semidiámetro del orbe de cada planeta. Y no sin razón pensaron los antiguos egipcios y Proclo que la fuerza de cualquier cúspide se extendía hasta el grado decimoquinto antes de dicha cúspide. Evidentemente, no pensaron eso respecto a todos los planetas, sino tan sólo el Sol cuyo semidiámetro de orbe fijaron los antiguos en 15 grados y lo mismo opinaron de los otros planetas junto al Sol y la Luna.

Segundo: un planeta cerca del final de cualquier Casa está determinado respecto a los significados de ambas Casas. Obviamente, formalmente respecto a los significados de la casa que ocupa físicamente, accidentalmente respecto a los significados de la siguiente, a la que está unido de forma tan sólo plática. Y puesto que está tanto más eficazmente determinado accidentalmente cuanto más partil sea la conjunción y está tanto menos determinado formalmente cuanto más cerca se halle del final de la Casa, por eso, a menudo se da que la determinación accidental prevalece sobre la formal. Quizá esto fuera la causa de que los antiguos pensaron que los 5 últimos grados de una Casa pertenecían al espacio siguiente. Sin embargo, no se suprime ni cesa completamente la determinación formal respecto al anterior espacio o Casa.

Tercero: un planeta en la séptima de igual modo está accidentalmente determinado hacia los significados de la sexta por la conjunción con un planeta en dicha sexta, como, por ejemplo, si estuviera el Sol en la cúspide de la séptima conjunto a un planeta, en la sexta, distante de él unos 12 grados. De lo contrario, los límites de las Casas eliminarían la fuerza de las conjunciones y otros aspectos, opinar lo cual sería absurdo y contrario a la experiencia.

Objetará alguno que un planeta en la séptima cúspide está en una posición central y en igualdad de condiciones respecto a las Casas 7 y 6, puesto que ocupa dichas Casas con el semidiámetro de su orbe. Y por eso, al menos, es ajeno a la razón, que se diga que está más en la séptima, determinado a sus significados, que en la sexta.

Pero respondo: esa deducción es falsa, pues, aunque el planeta ocupa partes iguales de aquellas Casas, no está sin embargo determinado de modo igual por ellas. Pues en las últimas partes de las Casas, languidece la fuerza determinativa de esos planetas y cesa completamente en la cúspide de la que hablamos (Nota: debe de tratarse de una errata, pues “loquente” sería la cúspide “que habla”. O bien el autor le ha dado un valor pasivo, o há puesto loquente por sequente, siguiente). En cambio, en los primeros grados de las Casas, aquella fuerza está en su punto álgido, pero, donde más, en la cúspide. Por lo tanto, es acorde a la razón que se diga que un planeta en la séptima cúspide está en la séptima Casa, determinado a sus significados, más que en la sexta respecto a cuyos significados, dicho planeta, al menos en caso de encontrarse solitario, no parece influir más. Y lo mismo cabe decir de un planeta ubicado igualmente entre dos signos, porque, ciertamente, pertenece al siguiente y subordina a su regencia ese punto si dicho planeta está directo.

Pero, de nuevo se me objetará: en aquellas cosas que, en la naturaleza, van o vuelven, no se da el paso de lo máximo a lo mínimo, o incluso nulo; o del mínimo, e incluso nulo, al máximo, a no ser por algún medio, así pues, la fuerza determinativa que compete a una casa o espacio, que está en su punto máximo en su cúspide, no empezará de ella sin haber estado ninguna parte de ella en la Casa anterior, sino que empezará al menos 5 grados antes de la cúspide, según la opinión de los antiguos astrólogos.

Pero respondo: el axioma anterior es cierto tan sólo dentro de una misma clase y por eso, desde la máxima fuerza en la séptima cúspide hacia la mínima o incluso ninguna al final de la Casa 7 hay el tránsito por todo el espacio intermedio, a lo largo del cual dicha fuerza decrece sensiblemente.  Pero las fuerzas de la sexta y séptima Casa difieren por su género, y ni muerte y vida, siervos e hijos, enemigos y amigos, parientes y cónyuge etc. son de la misma naturaleza accidental, por lo tanto, no es nada asombroso que de la mínima virtud de una clase se pase inmediatamente a la máxima de la otra. Y lo mismo se observa en los signos del zodiaco, porque sus fuerzas o naturalezas propias, difieren específicamente también entre ellas, por lo cual, aunque la naturaleza jupiteriana languidezca al final de Piscis y la material (Nota: debe de tratarse de otra errata: materialis por martialis, de Marte) está mucho más fuerte al principio de Aries, sin embargo, un planeta en el grado 28 de Piscis nunca se dirá que está en Aries o bajo el dominio de Marte. Suelen hacer el mismo razonamiento los geómetras acerca del paso del ángulo menor al mayor, que no hacen del mismo modo, a causa por los diversos tipos de espacio abarcado por los ángulos semicirculares y rectilíneo.

Pero incluso se puede probar con innumerables prácticas de natividades que aquella antigua opinión es contraria a la experiencia. Por ejemplo: en mi carta natal Marte (cuyo semidiámetro de orbe es de 6 gr. 30), regente del Ascendente, dista en arco perpendicular tan sólo 4 gr. 57 del meridiano de bajo tierra (Nota: Fondo del cielo, Casa IV).  Y por eso, según la opinión tradicional estaría en la Casa 4 y por ello no hay que juzgar por los significados de la tercera, aunque esté en ella. Pero la experiencia por lo que a mí y mis hermanos se refiere demuestra lo contrario. Así pues, puesto que en mi ascendente está el signo imperante, principal domicilio de Marte y exaltación del Sol, y Marte está formalmente, según nuestra teoría, en la tercera, por ello no sólo fui propenso a amar a mis hermanos y liberal con ellos, sin que me lo impidiera mi pobreza, sino que además, por derecho celestial, fui el primero entre ellos y les fui superior incluso en la adolescencia, aunque uno de los dos varones fuera mayor que yo. Y ellos, no sólo me veneraron y siguieron mis consejos en materia de costumbres y religión, sino que incluso temían desagradarme poco menos que a nuestro padre. Por fin, de las tres hermanas y tres hermanos, sólo les sobrevivo yo, pues han fallecido. Nadie que estuviera imbuido de los principios de la astrología diría que todas esas circunstancias proceden de outra cosa que de Marte regente de mi Ascendente en la tercera. Pero, puesto que el mismo Marte está conjunto a la cúspide de la cuarta por el semidiámetro de su orbe y por ello está accidentalmente determinado a los significados de la cuarta, por esa razón, también colmé a mis padres de amor y beneficios, pero gasté la herencia materna en los estudios de medicina y el doctorado; y la paterna, en cambio, la regalé a mi hermano mayor, porque, según mi orden, había cuidado filialmente a nuestro padre ya anciano y, sobre todo, enfermo de la dolencia de la que murió, mientras yo viajaba. Pero ambas herencias fueron de buenos terrenos o fincas, lo cual, ciertamente, fue causado también por la conjunción de Marte con la cúspide de la cuarta y así cobra vida completa y egregiamente la doctrina anterior.

De modo similar, en la carta natal de Gustavo Adolfo, rey de Suecia, Saturno está formalmente en la octava Casa y accidentalmente en la novena, exiliado en Leo, signo de Fuego, herido por una cuadratura casi partil por Marte en la duodécima y opuesto al regente del Ascendente, de forma casi partil también. Por lo tanto, en la medida en que afectaba a la novena, significó infelices y letales viajes largos fuera de su patria; y en la medida en que atañía a la octava, dañado por la cuadratura de Marte, una muerte violenta por un plomo encendido, porque Saturno significa, de entre los metales, el plomo, y Leo, de entre los elementos, el fuego; y también con hierro, a causa de la cuadratura de Marte.  Por lo cual, después de dos heridas infligidas por balas encendidas, fue acribillado de golpes y estoques de espada y incluso recibió un indigno trato verbal; es más, parcialmente desnudo y sucio de sangre y polvo, a duras penas pudo ser encontrado al día siguiente entre los montones de cadáveres y, una vez localizado, difícilmente se le pudo reconocer, un final vergonzoso que presagiaba Saturno muy mal dispuesto en la octava, como se confirma por la carta y la muerte del duque de Montmorancy. Así pues, Saturno tenía significados de la octava y la novena.

Siguiendo con la misma carta del rey de Suecia, el Sol, regente de la octava y de la novena está formalmente en la primera Casa y accidentalmente en la segunda. En la medida en que está en la primera, representa a un hombre ilustre y famoso en todo el orbe de la tierra; en la medida en que es regente de la octava en la primera, una muerte célebre y pública por su propia culpa, porque no quiso ponerse las armas para el combate, a pesar de que se lo rogaron con muchas preces sus amigos, pues no hubiese sido muerto si hubiese ido armado; en la medida en que es el regente de la novena en la primera, y en trígono a la novena, hizo viajes lejanos y gloriosos; pero en la medida en que está en la segunda, habla de riquezas espléndidas adquiridas en regiones extranjeras por el propio Marte y por el esfuerzo, por el mismo Sol regente de la novena en trígono a dicha novena. Por lo tanto, también el Sol tenía significados tanto de la primera como de la segunda. Y de otras cartas se desprende que lo mismo es cierto, como siempre he observado.

Por fin, Ptolomeo no dice que los cinco grados antes del Ascendente no pertenezcan al dominio de la duodécima, sino que ésos tan sólo hay que considerarlos para la elección del afeta, si el Sol o la Luna se hallaran en ellos, porque, evidentemente, el Sol o la Luna encontrados allí, al menos por accidente, es más, eficazmente, están determinados para los significados esenciales del Ascendente, al cual están conjuntos de forma muy próxima y por ello merecen el poder afético.

Cómo hay que medir aquellos 5 grados del final, anteriores a la cúspide, o, el semidiámetro de orbe de influencia de los planetas según digo yo.  Y que Cardano debe de ser censurado en ese apartado.

Acerca de los 5 grados de los antiguos precedentes a la cúspide o, según yo, el semidiámetro del orbe de influencia de un planeta cualquiera, puede preguntarse con derecho por qué razón se mide la distancia a partir de la cúspide. Schonero, aficionado por igual a la división de las Casas por la eclíptica, pensó que aquellos debían ser contados en la eclíptica siguiendo el parecer de Ptolomeo, pero Cardano, en su Comentario al capítulo 11, libro 3, dice que Ptolomeo pensaba que los 5 grados antes de la cúspide y los 25 de después se medían por los grados ecuatoriales. Y por eso el principio de la undécima Casa distaría 25 (¿15? ilegible) grados ecuatoriales del Mediocielo. De todas formas propone por ejemplo su carta natal, veamos: supongamos que la ascensión recta del Mediocielo sea de 289 gr. 47, por lo tanto, la ascensión oblicua de aquel principio será de 314 gr. 47. Una vez situado éste, busca el grado de la eclíptica adecuado a aquel principio y encuentra de modo erróneo 7 grados de Acuario y se ve claramente cuan falso es esto por el hecho de que la cúspide de la undécima estaría según él en el octavo grado de Acuario. Pero el séptimo y el octavo grados de Acuario en la eclíptica no distan entre ellos 5 grados ecuatoriales, tanto por ascensiones rectas, como por oblicuas, se toma la distancia del séptimo grado de Acuario del Mediocielo y se encuentra que dista 25 grados ecuatoriales, pero por ascensiones rectas distará 19.38, por oblicuas, casi 29 grados, porque, evidentemente, el polo del Mundo está elevado sobre el círculo de posición del séptimo grado de Acuario casi 25 grados, y por eso la ascensión oblicua del séptimo grado de Acuario sería de 318 gr. 25, lo cual no advirtió Cardano.

Pero aquel grado debía de encontrarse así: puesto que la ascensión oblicua del principio citado más arriba era de 314.47, por lo tanto,  siendo la distancia de ese punto del ecuador al Mediocielo 25 grados con declinación nula, se ha de encontrar el círculo de posición y la altura el polo sobre el mismo, en la latitud del lugar de la natividad que es de ‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐‐. 30 (ilegible) y se hallarán 22 grados para esa misma altura. Por fin, en la tabla de las ascensiones oblicuas para una latitud de 22 grados, se busca sobre qué punto la ascensión oblicua es 314.47.  Y se encontrará casi 4.17 de Acuario por aquel principio.

Pero, puesto que aquellos límites de 5 grados para todos los planetas han sido rechazados por mí, y se ha introducido en lugar de aquéllos el semidiámetro del orbe de influencia de cualquier planeta, porque, obviamente, aquellos límites tan sólo habían sido fijados por los antiguos a causa de los planetas de los que se había observado que influían sobre los significados esenciales de la Casa cuando estaban un poco antes de la cúspide; pero influyen por conjunción con la cúspide, como hemos dicho antes, conjunción que se ha de medir según el semidiámetro del orbe del planeta conjunto, por todo ello, una vez sentada la cantidad de ese semidiámetro según el capítulo 1, habrá que encontrar la distancia del planeta de dicha cúspide. Pero puede tomarse de dos maneras: o dirigiendo el planeta a la cúspide y tomando el arco de la dirección por la distancia buscada; o restado el arco perpendicular del planeta al círculo de posición de dicha cúspide, y tomado esse arco por aquella distancia. Y, ciertamente, el segundo modo es más certero y más cuidadoso, porque, evidentemente, ese arco es parte de aquel semidiámetro (totalmente ilegible) o éste de aquél o ambos son iguales.  En el libro 17, sección 3, capítulo 6, se demuestra cómo hay que encontrar dicho arco.

Así pues, tan sólo nos queda censurar de nuevo a Cardano al final de aquel capítulo 11 (ilegible), libro 3, sobre los límites citados antes.  Pues allí, al hablar de las Casas aféticas, que, según Ptolomeo son las Casas 1, 10, 7, 9, 11, 7, dice: “Porque cuando una Casa idónea sigue a una Casa idónea, aquellos 5 últimos grados no deben ser descartados, porque, aunque no sirvan por la Casa de la que forman parte, sí sirven sin embargo por la siguiente.  Ejemplo: los 5 últimos grados de la novena, aunque no son buenos por la novena, son sin embargo buenos, porque son parte de la décima, la Casa siguiente; y los 5 últimos grados de la décima, aunque no son buenos por la décima, son buenos por ser de la Casa undécima, que le sigue. Y así podemos considerar la novena y la décima sin restarles esos 5 grados. Por lo tanto, tan sólo habrá que restarlos a la primera, séptima y undécima, porque las Casas que las siguen, ‐la 2, 8 y 12‐ no son aféticas”.

Estas palabras significan 2 cosas:

Primero: que aquellos 5 grados tan sólo han de entenderse de las Casas aféticas citadas anteriormente, pero no de las demás. Lo cual sin embargo va en contra de lo expresado por Ptolomeo, que en aquel capítulo 11 resta los 5 últimos grados de la duodécima en favor de la primera, uniéndolos a los siguientes 25 grados de dicha primera, cuyos restantes 5 grados, por consecuencia, habrán de ser a su vez unidos a los siguientes 25 grados de la segunda y así seguido, puesto que cualquier Casa consta de 30 grados.

Segundo: el que cuando una Casa afética idónea sucede a una idónea no haya que restar esos 5 últimos grados de la precedente, “porque  ‐dice él‐  aunque no sirvan por la casa de la que forman parte, sí sirven sin embargo por la siguiente”; pero ‐digo yo‐  si son buenos por la siguiente, porque ésta es afética, ¿por qué no lo son por la precedente, que también es afética? Pero, lo que es más importante, demostraremos en su lugar que el afeta de Ptolomeo y la forma de elegirlo son ficciones. Y por eso hay que poner los límites accidentales de las casas, de los cuales se trata aquí, no solamente por algunos espacios, sino por todos.

Y así, un asunto de gran importancia para la astrología que nunca ha sido comprendido, ya parece resuelto por nosotros de tal modo que no sólo queda patente su verdad, sino que no se puede objetar contra la doctrina que hemos sentado ninguna dificultad que no se resuelva muy fácilmente.

CAPÍTULO XVII

Cómo hay que distribuir la fuerza propia de cada espacio  en sus partes o cómo hay que encontrar la fuerza por Casa de cualquier planeta.

Puesto que, según el Capítulo 15, cada Casa, o espacio, se diferencia de sus semejantes por sus características esenciales, pero toda la fuerza entera de cualquier Casa se debe otorgar a la cúspide, y disminuye sensiblemente según la mayor distancia de la cúspide, de tal modo que cesa al final del espacio, por lo tanto si se busca para un planeta ubicado en la undécima Casa cuánta fuerza le incumbe por Casa, se encontrará esto del siguiente modo:

Se toma, en el círculo vertical primario, la altura de ambos círculos de posición que limitan la undécima Casa, según la tabla de Campano, ideada por él para la división de las Casas. Pues la diferencia de altitud es la distancia de uno y otro círculo y, a la mayor altitud ‐es decir, a la cúspide de la undécima‐ le corresponden 4 grados de fuerza ‐lo cual, evidentemente, es la fuerza de la undécima Casa‐, y a la menor, nada. Por otra parte, se toma también la altura del círculo de posición del planeta que está dentro de la undécima Casa (pero constará también si sobresale, si el polo fuera más alto sobre ese círculo que sobre el círculo de la duodécima) y se anotan las dos diferencias de altura: la primera, la de los círculos 11 y 12, que sería de 28 grados en la tabla de Campani; la segunda, la de los círculos del planeta y de la duodécima, que sería de 6 grados. Y se dice: si a 28 grados de distancia, contados desde la altura del círculo de la duodécima hasta la altura del círculo de la undécima se deben 4 grados de fuerza, ¿cuántos hay que atribuir a 6 grados de distancia contados desde la altura del círculo de la duodécima hasta la altura del círculo del planeta?  Y se encontrará 0.51, lo cual será la fuerza del planeta por el espacio o Casa. Y así se obrará con los demás.

Pero, puesto que averiguar eso exactamente no parece tan necesario ni de tan gran importancia, sobre todo en uma cuestión como la fuerza de los planetas, supuesta sólo por conjeturas, bastará resolver el tema con una proporción igualmente hipotética y válida, y recordar que la fuerza de cualquier Casa crece desde la segunda cúspide hasta la precedente, y por eso establecí una proporción como la anterior, no al contrario.

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