Astrologia na Medicina e Psicologia

El año climatérico

Fortuna de una Idea en las Letras Españolas del Renacimiento al Siglo XVIII

Pablo Sol Mora

Harvard University, Cambridge

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Entre las curiosidades que depara al lector el Reportorio de los tiempos y historia natural desta Nueva España (1606) de Heinrich Martin (Hamburgo, c. 1557-Ciudad de México, 1632), mejor conocido como Henrico Martínez, se encuentra el tratado cuarto, “en que se enseñan algunas cosas de astrología pertenecientes al conocimiento de la calidad de una enfermedad y de los términos de ella”. En él aparecen temas comunes a esta materia como el de los días decretorios o judicatorios, esto es, aquellos en que se puede saber cómo evolucionará la enfermedad; las reglas astrológicas para saber si es peligrosa o no; las razones por las cuales hay días favorables para hacer purgas y sangrías; la influencia de la luna sobre los enfermos, etc. El autor, apenas hace falta decirlo, no pretende innovar al respecto; más bien se atiene a sus autoridades (Aristóteles, Hipócrates, Plinio, Ptolomeo, Galeno, etc.), aprovecha para desplegar su erudición y de vez en cuando ejemplifica con algún caso tomado de su realidad inmediata, como el de aquella “cierta persona” que enfermó en la Ciudad de México el 14 de enero de 1603 y con el que pretende demostrar cómo la astrología puede ser de gran ayuda en el tratamiento de una enfermedad. Martínez, como todos los interesados en estos asuntos, debía andarse con cuidado, pues la Inquisición estaba atenta a cualquier exceso o desviación en materia de astrología, cuya rama judiciaria había sido prohibida por el papa Sixto V en 1586 y cuyas fronteras con las prácticas permitidas no eran siempre muy claras.

El tratado cuarto del Reportorio es una excelente muestra de las ideas y los lugares comunes sobre la relación entre astrología y medicina a principios del siglo *XVII, no sólo en los dominios españoles en América o en la propia España, sino en Europa en general. El objetivo de este trabajo es examinar una de estas ideas, cuya curiosa historia se extiende desde la antigua Grecia hasta cuando menos el siglo XVIII: la idea del año climatérico, a la que Henrico Martínez* dedicó un capítulo aparte. Antes, sin embargo, de comenzar a rastrearla, conviene detenerse un poco en el vínculo astrología-medicina que se encuentra en sus orígenes. Jim Tester, en su Historia de la Astrología Occidental, escribe a propósito de la fusión de los pensamientos babilónico y egipcio en materia de astrología:

Se dice que Beroso (astrólogo caldeo) se estableció en la isla de Cos, cuna de la medicina hipocrática, y que la astrología no tardó en infiltrarse en la colección hipocrática de escritos médicos. En Egipto, la medicina estaba bajo los auspicios de Tot, lo mismo que la astronomía; cuando, bajo el aspecto de Hermes Trismegisto abarcó también la astrología, reunió de manera natural bajo su égida a la medicina astrológica, o iatromathematica, dándole a ésta su antiguo nombre griego. (Tester)

Historia de la Astrología Occidental

Y, más adelante, agrega: “La luna, las estrellas, la magia y la medicina han estado unidas a lo largo de la historia: todavía hay mucho de mago en el médico moderno y hay gente que sigue creyendo que las fases de la luna afectan su salud” (Tester).

* Hemos señalado ya el peligroso territorio que pisaba al defender el uso de la astrología. Plenamente conciente de ello, recurrió en su apología a la máxima autoridad posible, intentando refutar de antemano cualquier objeción: “Demás de esto, para que se entienda que no sólo no es supersticioso aprovecharse de la astrología en la medicina, sino también útil y necesario, se comprueba por la constitución de Sixto V […] por la cual prohíbe y veda todas las sectas judiciarias, excepto la astrología que trata acerca de la agricultura, navegación y cosas de medicina. De donde consta que, pues su santidad dejó el uso de la astrología en cuanto fuese necesaria a la medicina, debió de estar informado tener la medicina necesidad de ella […]” (Martínez).

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Uno de los componentes fundamentales de la relación astrología-medicina era, desde luego, la doctrina de los humores, originada quizá en las enseñanzas de Empédocles, que sostenía que todas las cosas se formaban a partir de los cuatro elementos. Estos se combinarían y separarían por la acción de dos fuerzas opuestas, el amor y el odio. Hay en el corpus hippocraticum un tratado titulado Humores, pero éste, paradójicamente, dice poco al respecto. Es en La naturaleza del hombre, probablemente escrito por Pólibo, en donde al parecer se afirma por primera vez que los humores son cuatro, a saber: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra.

Volvamos a Henrico Martínez, que explica la teoría tan bien como cualquiera:

La composición del cuerpo humano consta de cuatro calidades correspondientes a los cuatro elementos, y estas calidades se llaman humores, de los cuales los dos son de todo punto contrarios, conviene a saber el humor colérico, que es comparado al elemento fuego, es contrario al humor flemático, que tiene semejanza con el agua, porque la naturaleza de éste es húmeda y fría, y la de aquél cálida y seca; y la misma contrariedad hay entre el humor melancólico y sanguíneo. (Martínez)

La salud, naturalmente, dependía de la armonía de los cuatro humores. Dos, continúa el autor, son las causas principales de su alteración: la primera, los excesos humanos, y, la segunda, “la influencia celeste, que a veces fortalece a un humor y debilita a otro”. Que lo que influía en los elementos que integraban el mundo influyera también en el cuerpo humano era apenas lógico, pues el hombre, como bien sabemos, no era sino un mundo en pequeño o, en sus propias palabras, “un mundo abreviado que participa de todo”.

En resumen, para Henrico Martínez, como para tantos otros hombres de su tiempo, la estrecha vinculación entre astrología y medicina no dejaba lugar a dudas. No era una simple creencia: era un hecho observable para cualquiera que estuviera dispuesto a examinarlo, aunque hubiera quienes lo tacharan de “superstición diabólica”.

El último capítulo del cuarto tratado del Reportorio comienza con la siguiente reflexión: “Habiéndose tratado de los días decretorios y del conocimiento de las enfermedades, parece que no viene fuera de propósito decir algo de los años que llaman climatéricos, por ser muy nombrados de la gente”.

Pero, ¿qué es, a fin de cuentas, un año climatérico? A principios del siglo XVIII, el Diccionario de autoridades daba la siguiente definición del adjetivo:

Vale lo mismo que gradual o compuesto de escalones, grados o pasos, como una escalera por la cual se sube hasta cierto número. Es tomado del griego climactericos, que el latino dice scalaris. Esta voz solamente tiene uso en nuestra lengua para denotar los días y los años que el vulgo reputa por fatales y con especialidad se suele apropriar este epíteto a los años en que concurren o el número 7 con el 9, que es el de 63, o de dos veces nueve, que es el de 81.

En el siglo ilustrado, la idea del año climatérico estaba ya bastante desacreditada (como puede deducirse de los términos despectivos de la definición), pero esto sólo ocurría después de haber gozado una larga fortuna.

En el siglo I, Plinio explica que, según la escuela de Esculapio, la duración de la vida humana depende de los astros y que las vidas prolongadas son raras porque muchas personas nacen en las horas críticas de los días lunares (por ejemplo, la séptima) y éstas mueren en los años escalonados conocidos como climatéricos6; normalmente, agrega, estos individuos no rebasan los 54 años7. Plinio privilegia aquí, entonces, los múltiplos de 9 en vez de los de 7, que se volverán los más comunes en la tradición climatérica.

6 La palabra griega χλιµαξ (‘clímax’), de la que se deriva χλιµαχτηριχοζ (‘climactéricos’), significa ‘escala, escalera’ (Corominas, Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, Gredos, Madrid, 1976, s. v., Clímax).
7 “Aesculapi rursus secta, quae stata uitae spatia a stellis accipi dicit, quantum plurimum tribuat, incertum est. Rara autem esse dicunt longiora tempora, quandoquidem momentis horarum insignibus lunae dierum, ut VII atque XV, quae nocte ac die obseruantur, ingens turba nascatur scansili annorum lege occidua, quam climacteras apellant, non fera ita genitis LIIII annum excedentibus” (49, Histoire naturelle. Livre VII, texte établi, traduit et commenté par Robert Schilling, Les Belles Lettres, Paris, 2003).

El otro Plinio, el Joven, refiere en una de sus cartas la historia de un sinvergüenza llamado Régulo que, estando enferma la esposa de uno de sus peores enemigos, va a visitarla y, tras fingir que la examina, le asegura: “Te encuentras en tu año climatérico; pero sanarás”; la mujer, agradecida, manda modificar su testamento en beneficio suyo, pero al poco tiempo se agrava y muere maldiciendo a Régulo.

Tolomeo, en el Tetrabiblos (III, 10), tratando acerca de la duración de la vida, habla de tres tipos de periodos: los destructivos, los transitivos y los climatéricos, esto es, los que implican una crisis. Aulo Gelio, por su parte, en la vasta miscelánea de las Noches Áticas, no pasa por alto el asunto y, en un capítulo dedicado a la importancia del siete, asegura que de todas las épocas peligrosas para los hombres, que los caldeos llamaban “climacteras”, las peores son cada septenario (3, 10, 9), y en otro lugar (15, 7), a propósito del aniversario 63, cita una carta de Augusto a su nieto en la que se congratula de haber cumplido 64 y haber librado así el peligroso climatérico.

Llegamos así a Censorino que, en Sobre el día natal, se ocupó ampliamente de nuestro tema. En su opinión, entre todas las divisiones de la vida del hombre, la más acertada es la de los periodos de siete años, pues cada siete ocurre una crisis o cambio importante (en el primer septenio se le caen los dientes, en el segundo le crece el vello, en el tercero sale la barba, en el cuarto se desarrollan las fuerzas, etc.). Así como en las enfermedades el dia séptimo es considerado especialmente peligroso, en la vida cada septenio es crítico y llamado climatérico. Sin embargo, ciertos climatéricos son más peligrosos que otros. Para algunos astrólogos, por ejemplo, el peor es el de 49, es decir, el séptimo septenio; otros, siguiendo a Platón, sostienen que la edad más peligrosa de todas son los 81, o sea, el cuadrado de 9. La cosa se complica cuando Censorino recuerda que algunos han dicho que el cuadrado de 7 se aplica al cuerpo y el de 9, al alma, y por ello el peor climatérico vendría a ser el de 63, que combina ambos números, y por lo tanto afecta tanto al cuerpo como al alma, aunque él no comparte esa idea. Quien si parece convencido de ella es Fírmico Materno, una de las mayores autoridades en la materia, que en su monumental tratado astronómico del siglo IV, Mathesis, recuerda que el año 63 ha sido llamado con razón androclas, pues debilita o aniquila al hombre. En efecto, si los periodos de siete y nueve años son peligrosos, qué se puede esperar de la edad que contiene ambos11.

11 “Si enim septeni et noueni anni, qui ebdomadici a Graecis et enneadici appelantur, grauia pericula hominibus semper indicunt, quid faciet LXIII. Annus, qui utriusque numeri multiplicatam et inuicem sibi obligatam perficit summam? Hac ex causa ab Aegyptiis androclas dictus est, quod omnem uiri substantiam frangat ac debilitet” (IV, XX, III, Mathesis. Livres III-V, texte établi et traduit par P. Monat, Les Belles Lettres, Paris, 1994).

El número siete, entonces, se encuentra en los orígenes de la idea del año climatérico. Las raíces de la importancia atribuida a esta cifra se hunden en el pensamiento pitagórico, que hizo de la teoría de los números uno de sus elementos fundamentales. Dada la influencia de esta doctrina en el corpus hippocraticum (y en la astronomía, por supuesto), dicha importancia se reflejó de manera natural en la medicina. De las propiedades del siete en general, trató largamente Filón de Alejandría en Sobre la creación del mundo (XXX-XLIII). Theon de Esmirna, a principios del siglo II, hizo un buen resumen en su obra Sobre los conocimientos matemáticos útiles para la lectura de Platón (II, XLVI): el siete es el único número de la decena que no engendra ningún otro número y que no es engendrado por ninguno, razón por la cual los pitagóricos lo llamaron Minerva, que ni engendró ni fue engendrada: el feto se perfecciona al cabo de siete semanas y cada septenio en la vida del hombre, como hemos visto, ocurre un cambio importante; hacen falta siete días para diagnosticar una enfermedad; los planetas son siete; la cabeza tiene siete aberturas; el cuerpo tiene siete vísceras, etc12.

12 Estos y otros datos serán recogidos también dos siglos más tarde por el autor de la Theologoumena arithmeticae (véase The theology of arithmetic. On the mystical, mathematical and cosmological symbolism of the first ten numbers, translated from the Greek by Robin Waterfield, Phanes Press, Grand Rapids, 1988, pp. 87-100). Sobre el siete en la Antigüedad, específicamente en el contexto del comentario de Favonio Eulogio al Somnium Scipionis, véase Grilli 1992: 237-253.

Esta antigua mezcla de astrología, medicina y filosofía (particularmente pitagórica y platónica) halló un gran eco en el Renacimiento y en especial en la obra de uno de los pensadores más influyentes de la época, el responsable del regreso de Platón. Me refiero, naturalmente, a Marsilio Ficino. Hijo de médico, traductor del Corpus hermeticum y Platón, filósofo fascinado por la magia, Ficino parecía casi destinado a llevar a cabo una gran síntesis de las tres materias. Su actitud hacia la astrologia, sin embargo, estaba llena de sombras y ambigüedades, como observó en su momento Paul Oskar Kristeller. Tras criticarla varias veces en su obra, la usó ampliamente en el De vita, después condenó su uso en la Disputatio contra iudicium astrologorum y al final intentó, no con mucho éxito, conciliar todas sus opiniones. A nosotros nos interesa particularmente el De vita, famoso tratado sobre la salud de quienes se dedican a las letras, y en especial el último capítulo (XX) del libro II, “De vita longa”, que lleva por título: “Sobre cómo evitar los peligros que acaecen en la vida cada siete años”. Allí explica que al primer año de la vida del hombre lo gobierna la luna; al segundo, Mercurio; al tercero, Venus; al cuarto, el sol; al quinto, Marte; al sexto, Júpiter, y, al séptimo, el temido Saturno. Por ello es que cada siete años, que los astrónomos griegos llamaban climatéricos, tiene lugar un cambio drástico y que el autor recomienda, al acercarse el septenario, acudir sin demora al astrólogo para conjurar el peligro15. Ficino, a partir de este momento, se convertiría en una de las máximas autoridades sobre el año climatérico.

15 “[…] primo ipsius anno ducat Luna, secundo, si vis, Mercurius, tertio Venus, quarto Sol, quinto Mars, sexto Iuppiter, septimo vero Saturnus, atque deinceps ordo per vitam similis repetatur. Itaque in septimo quolibet vitae anno fit in corpore mutatio maxima, ideoque periculosissima […] Hos annos astronomi Graeci climatericos nominant, nos scalares, vel gradarios, vel decretorios appellamus […] Tu igitur si vitam producere cupis ad senectutem, nullis eiusmodi gradibus interruptam, quotiens septimo cuilibet propinques anno, consule diligenter astrologum” (A cura di Albano Biondi e Giuliano Pisani, Edizioni Biblioteca dell’Immagine, Padova, 1991, p. 186)

No todos, sin embargo, compartían sus creencias. En el alba del Renacimiento, la idea del climaterismo se había topado ya con un adversario formidable, ni más ni menos que Petrarca, que dedicó un par de las Seniles (VIII, 1 y 8) al asunto: “Hay una opinión muy antigua –escribe– sorprendente por la cosa en sí, pero más sorprendente por la razón que se aduce para justificarla. Se dice, supuestamente con base en una larga observación, que el año 63 de la vida es muy peligroso para el género humano, sea por una calamidad, o por muerte, o por una enfermedad del cuerpo o del alma”. Cita, entonces, a algunos de los autores que hemos repasado: Aulo Gelio, Censorino y Fírmico Materno. Lo interesante es la razón por la cual rechaza la idea: “Por mi parte, yo no tengo miedo, confiando en Aquel que me ha traído a esta vida sin saberlo, me ha amado desde el vientre materno y me ha abrazado con su misericordia, y quien al final, siempre acompañado de su misericordia, me hará salir en el momento adecuado”. De este modo, Petrarca rechaza la noción del año climatérico en nombre de la fe. En rigor, en el mundo de un buen cristiano no podía haber lugar para esta clase de supersticiones paganas18.

18 Este breve repaso de la idea del año climatérico no podría estar completo sin mencionar siquiera la puntillosa obra de Claude Saumaise, De annis climactericis, Officina Elzeviriorum, Lvgd. Batavor, 1648 (Houghton Library, FC6 Sa865 648d). El curioso lector puede echarle un vistazo, pero conviene tomar en cuenta la advertencia de Bouché-Leclercq: “Quand on a lu l’ouvrage de Saumaise sur la question, on est excusable de ne plus savoir au juste ce que c’est qu’un climatère. A force de récuser toutes les définitions et de retoucher les siennes, de coudre les unes aux autres les digressions et les citations et d’attirer ainsi dans son sujet l’astrologie tout entière à l’état chaotique, l’estimable érudit fait crouler sur la tête du lecteur l’édifice qu’il avait promis de construire” (Saumaise 1648:  526).

La España de los Siglos de Oro heredaba, pues, una idea con una larga tradición y que encontramos aquí y allá en numerosos textos. A nadie sorprenderá su fortuna en la obra del obispo de Mondoñedo, Antonio de Guevara, que tan buena acogida solía dar a este tipo de cosas. En el Relox de príncipes escribe acerca de la muerte del emperador Marco Aurelio: “Murió de edad de sessenta y tres años, en el año climatérico, que es a los IX-VII, do la vida humana corre grave peligro, porque allí se cumplen nueves sietes o siete nueves”. Es, sin embargo, en las Epístolas familiares donde, a propósito de la muerte del condestable don Íñigo de Velasco, se extiende un poco más al respecto. Guevara habría pronosticado el fallecimiento y da entonces la explicación:

Viniendo, pues, al caso, decís, señor, que os escribió el conde de Miranda que once días antes que el buen Condestable don Íñigo de Velasco muriese, me oyó decir y certificar que se había de morir, y que dado caso, que entonces dixe lo que sucedería, no quise declararle cómo lo sabía. Escrebísme, señor, que os escriba si lo dixe de veras o lo dixe burlando, o si vi en el enfermo algún prenóstico, o si yo sé en este caso algún gran secreto; el cual yo le quiero descubrir, si me promete de guardar en secreto, y que no me será dél ingrato. La verdad es que lo dixe yo al conde de Miranda, y aun al doctor Cartagena, y no lo supe por revelación como propheta, ni lo alcancé en cerco, como nigromántico, ni lo hallé en Tholomeo, como astrólogo, ni lo conoscí en el pulso, como médico, sino que lo supe como philósopho, porque el buen Condestable andaba en el año climatérico. A la hora que supe estar el Condestable enfermo, pregunté que qué años tenía, y como me dijesen que sesenta y tres, luego dixe que corría su vida muy gran peligro, porque estaba en el año para morir más peligroso.

Para entendimiento desto es de saber que toda la vida humana es semejante a una enfermedad larga y peligrosa, en la cual se mira mucho el día séptimo, y el día noveno, porque en aquellos días créticos mejoran o empeoran los enfermos. Lo que en el enfermo llama término el phísico, llama en el sano clima el philósopho; y de aquí es que de siete en siete años, y de nueve en nueve años mudan los hombres la complexión, y aun muchas veces la condición. Que esto sea verdad paresce claro en que el hombre que agora es flemático, le vemos tornar colérico, y al que es furioso, tornarse manso, y al que es próspero, tornarse desdichado, y aun al que es cuerdo, tornarse loco; lo cual todo proviene que después de los siete o nueve años mudaron, como diximos, las condiciones y aun las complexiones. Es también de saber que en todo el discurso de nuestra vida siempre vivimos debaxo de un solo clima, que es de siete o de nueve años, excepto en el año de sesenta y tres, en el cual se juntan dos términos o climas: es a saber, nueve sietes o siete nueves, porque nueve veces siete y siete veces nueve son sesenta y tres años, y por eso mueren allí muchos viejos. Los que llegan al año de sesenta y tres deben vivir muy regalados y aun andar muy recatados, porque es aquel año tan peligroso que ninguno le pasa sin padescer en él algún peligro. (De Cossío)

El 63 parece entonces consolidado como el año climatérico. Sin embargo, a principios del siglo XVII, Sebastián de Covarrubias, en el appendice del Tesoro, anota a propósito del cosmógrafo Erasóstenes Cirinaco: “Vivió ochenta y un años, el qual año octuagésimo primo es el climatérico máximo, y según opinión de los antiguos el más peligroso de la vida humana. Es el número quadrado porque consta de nueve veçes nueve. En este mesmo año murieron Platón, Diógenes Cynico y Xenócrates Platónico”. El 63, no obstante, será considerado en general como el año climatérico por excelencia.

 La idea del año fatídico dio pie también a un famoso soneto gongorino, sin duda la joya de la literatura climatérica de los Siglos de Oro. Corre el año de 1623 y Góngora, que al decir de su biógrafo Pellicer temía en verdad al año climatérico19, escribe al acercarse a la funesta edad:

En este occidental, en este, oh Licio,
climatérico lustro de tu vida,
todo mal afirmado pie es caída,
toda fácil caída es precipicio.

¿Caduca el paso? Ilústrese el jüicio.
Desatándose va la tierra unida;
¿qué prudencia, del polvo prevenida,
la ruina aguardó del edificio?

La piel no sólo sierpe venenosa,
mas con la piel los años se desnuda,
y el hombre no. ¡Ciego discurso humano!

¡Oh aquel dichoso que, la ponderosa
porción depuesta en una piedra muda,
la leve da al zafiro soberano!

(Carreira 1986)
19 “Quiso desuiarse de los tumultos y estoruos cortesanos casi adiuinando morir como hauía temido en el año climatérico se trasladó a Córdoua, para que le diesse piadoso monumento el pueblo mismo que le siruió de cuna” (Pellicer).

La reflexión del soneto ilustra bien algunos de los aspectos que hemos comentado. El poeta (Góngora-Licio) habla consigo mismo y se exhorta a meditar: está entrando en la última etapa de su vida, en la que los peligros se redoblan y cualquier cosa, por mínima que sea, puede perderlo; nada puede hacer para evitar el paso del tiempo y sus consecuencias, pero puede, en cambio, extremar la cautela (cuando alguien ve que un edificio empieza a desmoronarse, no espera a que se acabe de caer)20. Los tercetos rematan la advertencia y agregan un final piadoso: el hombre no es como la serpiente, que rejuvenece cuando muda de piel; es feliz aquel que, una vez que su cuerpo yace en la tumba, entrega el alma al cielo.

20 Un consejo parecido da Henrico Martínez en el Reportorio: “[…] así puede el hombre disminuir la fuerza de las enfermedades previniendo con tiempo el daño venidero y aumentar la virtud vital por medio de la prudencia y buen gobierno” (Martínez).

En la esfera de la política, Saavedra Fajardo rechaza la idea del año climatérico aplicada a las repúblicas por ser una creencia impía. Al tratar de las causas de sus ascensos y caídas, afirma: “El que las atribuye al caso, o al movimiento y fuerza de los astros, o a los números de Platón y años climatéricos, niega el cuidado de las cosas inferiores a la Providencia divina. No desprecia el gobierno destos orbes quien no despreció su fábrica”. Como en el caso de Petrarca, en una cosmovisión cristiana más o menos estricta no hay lugar para el año climatérico.

En el Oráculo manual (CCLXXVI), Gracián retoma la noción del año climatérico, pero, en un gesto típicamente suyo, le da la vuelta e invierte su significado. El temido septenario representa una oportunidad de cambiar para mejor: “Saber renovar el genio con la naturaleza y con el arte. De siete en siete años dicen que se muda la condición: sea para mejorar y realzar el gusto”.

En el siglo XVIII, como hemos observado, la idea del año climatérico entra en franca decadencia. Una noción semejante, aun en la España de la época, se llevaba mal con los ideales ilustrados. Si hubiera que elegirle una fecha de defunción simbólica, ésa podría ser la de 1726, año en el que Feijóo publica el primer tomo de su Teatro crítico universal, en el que dedica todo un discurso a combatir a los “climateristas”. Allí comienza culpando a Pitágoras por haber atribuido una importancia desmedida al número y afirma:

En esta supersticiosa física, que al número atribuye la potestad que no tiene, se funda el común error de constituir por fatales todos los años septenarios, a quienes se da el nombre de climatéricos, y vale o significa lo mismo que escaleras o gradarios… Todas estas observaciones fantásticas de los números, sobre vanas, son perniciosas, pues de aquí se dedujeron tantas supersticiones prácticas en que varios usos, especialmente en la medicina, se atribuye especial virtud, ya al número ternario, ya al septenario […]

Más adelante critica a la que había sido la máxima autoridad renacentista en la materia, Marsilio Ficino, y acaba en términos retadores:

Tan firme estoy en la persuasión de que es vanísima y carece de todo fundamento la observación de los años climatéricos que habiendo, cuando escribo esto, entrado en uno de los más rigurosos climatéricos, según la opinión vulgar, que es el de sesenta y tres, por resultar de la multiplicación de nueve por siete, estoy serenísimo y sin el menor susto por lo que mira al climaterismo […]

Fray Benito, en efecto, podía estar tranquilo, pues viviría otros veinticinco años y moriría a la anticlimatérica edad de ochenta y ocho, último argumento contra una superstición que tanto había combatido.

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Bibliografía
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