Astrologia Medieval

Magia, Astrología y Astronomía

Magia, Astrología y Astronomía en la Obra Científica de Alfonso X el Sabio

Actas del XIII Congreso Internacional Asociación Hispánica de Literatura Medieval
Publicado por el Ayuntamento de Valladolid y la Universidad de Valladolid

Mª del Rosario Delgado Suárez

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Para aproximarnos al estudio de la obra científica alfonsí tomando como ejes temáticos, la magia, la astrología y la astronomía, debemos deshacernos en primer lugar, del pensamiento vigente, que desestima la interacción entre dichas materias, considerándolas incluso contradictorias y ajenas entre ellas. Durante la Edad Media, el concepto de ciencia no estaba tan definido ni delimitado como en la actualidad, y es que al principio, se la identificó con las denominadas artes liberales o “trívium (gramática, retórica y dialéctica), hasta que posteriormente se incluyeran las artes técnicas o “quadrivium” (aritmética, geometría, música y astronomía). En este sentido, se entendía la ciencia como un arte, como una disciplina con una técnica propia, y también, como el procedimiento necesario para llegar al a adquirir un conocimiento superior. Cercana a la ciencia, estaba la magia, considerada como la investigación de las ciencias ocultas de la naturaleza, y realizada a través de dos vías: primero, a través del estudio, la reflexión y aprovechando las fuerzas de la madre Naturaleza, lo que denominaríamos “magia natural” y en segundo lugar, aquella que mediante la intervención, el pacto con el Demonio, consigue controlar la Naturaleza, y actuar sobre ella para alcanzar sus objetivos, o lo que es lo mismo, la “Nigromancia”.

Por otro lado, tampoco se identificaba la astrología con la magia, ya que el estudio de los astros y de las estrellas, como referí anteriormente, es un tipo de arte, mientras que la magia, era el estudio de los mismos astros y estrellas, pero con el fin de dominarlos, evitar su determinismo astrológico, y guiar los efluvios hacia  la dirección deseada, es lo que llamaríamos magia astral.

Otro pilar fundamental que invade e influye en todas estas disciplinas, sería la Teología. Ernesto García Fernández afirma que el hombre en su afán de acceder a los “propios conocimientos de su época”, va más allá de lo estrictamente permitido, hacia unos “conocimientos ocultos” ajenos al resto de la sociedad, y condenados por la Iglesia. En efecto, la Teología supeditaba cualquier campo del conocimiento, de hecho ésta regía a todas las demás ciencias, por lo que suponía la sujeción de todas las disciplinas a unos principios cristianos. Sin embargo, aparecen teólogos interesados en estas “ciencias ocultas”, de hecho, desean diferenciar la magia natural de la nigromántica, por lo que se advierte, que se creía en el poder de estas fuerzas de la naturaleza  sin que por ello fuera necesaria la intervención diabólica.

Referente a la actitud de Rey Alfonso X al respecto, cabe decir que el Rey Sabio, ofreció proteccionismo a estas obras de carácter científico-mágicas, creando incluso leyes para salvaguardar por ejemplo el devenir de la adivinanza, incluida en el arte de la astronomía, como se afirma en la Partida VII:

Adevinança tanto quiere decir como querer tomar el poder de Dios para saber las cosas que están por venir. La primera es la que se faze por arte de astronomía, que es una de las siete artes liberales; ésta segund el fuero de las leyes non es defendida de usar alos que son maestros e la entienden verdaderamente, porque los juicios, e los asmaminetos que se dan por esta arte son catados por el curso natural de las planetas e de las otras estrellas.

(XXIII.i, 73vb)

Ghāyat al-Ḥakīm

Prueba de esta convivencia, serían las numerosísimas obras cultas que trataban estos temas, y que poblaban las bibliotecas medievales, así destacarían dentro de este inmenso corpus el Introductorium de Albunmasar, el Almagesto de Ptolomeo, el Corpus Hermeticum, el Picatrix, la traducción castellana realizada por Alfonso X, siendo la obra más importante en tema mágico de toda la Edad Media etc. En este sentido, el corpus científico del Rey Sabio, es heredero de una ancestral tradición, que en algunos casos trata por separado o fusiona estas disciplinas, en títulos como Libros del Saber de Astronomía, Libro de las Cruzes, Lapidario, Setenario, Picatrix, El Libro de las Formas y de las Imágenes, el Libro de Raziel… A continuación, intentaremos ofrecer una aproximación al concepto mágico y astrológico que subyace en algunos de estos tratados.

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Libro de Astromagia

El Libro de astromagia junto con el Libro del saber de astrología, y el Libro de las formas et de las imágenes, constituyen los textos de “magia astral harraniana”, una vertiente de la ciencia mágica según San Alberto, distinguía entre “magia astral harraniana” y “magia salomónica”. Este tipo de magia, se crea en torno a los espíritus “sabeos” de Harran (siglos IX -X), que llega a Occidente gracias a las traducciones del árabe pero que tiene sus orígenes profundos en un crisol en el que se vertían fuentes, helenísticas, indias, persas, etc., pero que fueron catalizadas en Harran. La “magia harraniana” es la más genuina de la denominada “ciencia de las imágenes”, una ciencia que incluye una vertiente filosófica que intenta explicar la relación del macrocosmo celeste con el microcosmo terrestre, es decir, el vínculo de los astros en la vida cotidiana de los hombres, y el denominado principio estoico, de la “simpatía” que se da en cada una de las partes del Universo y en su conjunto, y en la irradiación de los influjos de un fragmento del mundo con otros. Se justifica así, la “scientia astrorum” como la más transcendental de todas las Ciencias Naturales, puesto que, esta ciencia de los astros, se ocupa de descifrar los poderes y fuerzas ocultas de la Naturaleza y sus elementos, mediante el efecto que sobre ellos profesan los cuerpos celestes.

El concepto central en el que gira la obra, se basa en una imagen, de un contexto muy distinto, en un manuscrito del siglo XI De universo, de Rábano Mauro, en donde aparece una miniatura en la que surgen unos rayos que bajan del cielo atraídos por una piedra poderosa que aguanta un personaje en su mano, así que la función del mago según la tradición astral, es realizar receptáculos apropiados, en los que se grabarían ciertas imágenes, en un momento astrológico determinado, consumando rituales e invocaciones, para poder captar la máxima fuerza del astro.

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Liber Razielis

Sefer ha-Razim

Es el ejemplo más significativo de “magia salomónica”. Encontramos la explicación del título en el ángel epónimo Raziel, aquel que según la historia hebrea, le concedió a Adán, el Libro de los Secretos de Dios, inscrito en un zafiro. La obra llegaría al propio rey Salomón, de ahí la designación de “magia salomónica”, quién dividió el libro en siete tratados. Posteriormente, el Rey sabio se haría con la obra, traduciendo primero del caldeo al hebreo después ordenó la compilación de todas aquellas reflexiones sobre los aspectos de esta oscura obra y todos aquellos escritos que guardaran algún vínculo con la obra, así que fueron añadidos diferentes textos al corpus principal. El Liber Razielis es fiel un  testimonio de lo que sería la “Cábala práctica” de la tradición judía, que alude a los elementos esotéricos de la Cábala, y aspectos sobre la magia, la cosmología y la angelología, que después se separaría de su vertiente filosófica para constituir toda una teología mística hebrea, conocida como “Cábala especulativa”. La sexta parte, se relaciona con un original hebreo Sefer ha-Razim o el Libro de los Misterios, recuperado por Mordecai Margalioth, que recopila papiros mágicos griegos, amuletos, documentos mágicos, y estuches provistos de inscripciones mágicas, provenientes de las comunidades judías de la época bizantina.

Lapidario

El Lapidario es un tratado de astrología que recoge las virtudes y propiedades de las piedras, atendiendo a las influencias de los signos, conjunciones y planetas, pero en el que aparecen reflejadas otros aspectos provenientes de la medicina, la alquimia, la mineralogía. Está formado por dos conjuntos, el primero contiene cuatro tratados, de los cuales, sólo se conserva el índice, que señala la existencia del segundo, éste  albergaba once tratados. En definitiva, la obra conservada, contiene cuatro lapidarios, que coinciden en materia astrológica. Se tiene conocimiento de la existencia de tres manuscritos: El Códice escurialense h-I-15, el Códice escurialense el h-I-16, y el Manuscrito 1197 (anteriormente denominado L-3). Las descripciones de las piedras se realizan con un riguroso orden, que se mantiene en toda la obra: se alude al grado al que pertenece la piedra, se explica el significado de su nombre, y el que se le atribuye en varios idiomas, después se cometa la naturaleza de la piedra  y sus cualidades físicas, a continuación, se señalan las propiedades, beneficiosas o perjudiciales, y al final, se nombran las estrellas que actúan sobre las gemas disminuyendo o aumentando su poder, así como se indica el momento de mayor energía. Sería conveniente también recordar un concepto vital que aparecerá a lo largo de la obra, se trata de la melotesia*. La melotesia estribaba en la idea de la simpatía universal, basada en la combinación de los cuatro elementos, fuego, aire, tierra y agua, y su intervención cósmica en el hombre, por lo que estaríamos ante la creencia del ser humano como microcosmos, cuyo cuerpo estaría a merced de fases lunares, de las posiciones de los planetas, en definitiva, de los designios astrales. La mayor parte de los escritos antiguos contienen los mismos vínculos que relacionan a un signo zodiacal o un planeta, con un miembro del cuerpo, por lo que observaremos dos esquemas al respecto, el primero referente a la “melotesia zodiacal” y el segundo a la “melotesia  planetaria”1º. “Melotesia zodiacal”: Aries, la cabeza, Tauro, el cuello, Géminis, los hombros, Cáncer, el pecho, Leo, el corazón, Virgo, el vientre, Libra, las caderas, Escorpio, el sexo, Sagitario, los muslos, Capricornio, las rodillas, Acuario, las piernas, Piscis, los pies. 2º. “Melotesia planetaria”: Saturno, el oído derecho, las mucosidades, el bazo, la vejiga, y los huesos; Júpiter- el pulmón, el tacto, y el esperma; Marte, el oído izquierdo, las venas, los riñones y los testículos; el Sol, el cerebro, la vista, el corazón, el costado derecho y los tendones; Venus, el olfato, el hígado y la carne; Mercurio, la bilis, las posaderas y la lengua; la Luna, el gusto, la parte izquierda del cuerpo, el vientre y la matriz.

* Sobre la “melotesia” hemos consultado: J. MARTÍNEZ GÁZQUEZ, Astronomía y Astrología, de los orígenes al Renacimiento, Ediciones Clásicas, Madrid, 1ªed. 1994, en el capítulo “astronomía y astrología en Roma”.

De esta manera, los lapidarios medievales, herederos de una tradición ancestral, recogen esta particular simbiosis entre medicina, astrología y magia. En este sentido recurramos a varios textos del Lapidario alfonsí, donde se intuye la idea de melotesia, la fuerza de la astrología o la nigromancia a favor de aplicaciones curativas.

23. De la piedra que tiene nombre belyniz, (tercera variedad del jaspe: Color del aire).

De los XXIII grados del signo de Aries es la piedra a que llaman belyniz. Esta es la otra manera del jaspe que dijimos que tiene color de aire claro y limpio, en cuanto a luz, pues es muy luciente como el aire, de modo que es totalmente transparente, pero color propio no tiene, así como el aire que no lo tiene de sí mismo mas recibe de otro color a que se allega. De la misma manera hace esta piedra: que cuando el aire es claro, es ella clara, y cuando turbio, turbia. Se halla en la ribera de aquel río donde los jaspes de que hemos dicho se hallan.

 Tiene tal virtud que quita el dolor que se hace en la media cabeza, a que llaman en arábigo jaqueca y en latín migraña; esto hace colgándola en aquella sobre aquella parte donde está el dolor. Si la cuelgan sobre los mozos cuando los crían por ello mejor y más sanos, y además háceles que no sean lloradores.

La estrella mediana de las tres que están en el cuerpo de Caytoz tiene poder sobre esta piedra, que de ella recibe la fuerza y la virtud; y cuando ella estuviere en medio del cielo, será la obra de esta piedra más fuerte y de mayor virtud.

En este caso, se le otorga a esta piedra propiedades terapéuticas para mitigar el dolor, a su vez, se puede advertir que unido a esta línea medicinal, aparece la tradición en las creencias tradicionales y los remedios naturales, restando quizás el valor estrictamente científico a favor de un tono más popular. Juega un papel final la astrología, que menciona el momento más indicado en el que la piedra recibe la influencia zodiacal y planetaria, por lo que estaríamos ante un caso de “melotesia”, lo que contribuye al carácter multidisciplinar del texto.

160. De la piedra a que tiene nombre militaz.

Del IX grado del signo de Libra es la piedra a que dicen militaz. Piedra es fuerte y dura, que otro cuerpo no prende en ella sino el diamante solo; ni el fuego la ataca. Es hallada en tierra de India, en minas que allí sobre la superficie de ella, que no en cuevas ni en otro lugar hondo. Piedra es de gran resplandor y semeja en color oro fino. De ellas hallan grandes y, de ellas, pequeñas; y de diversas formas. De naturaleza es caliente y húmeda.

Su virtud es tal que huyen ante ella las moscas y todos malos reptiles. Y aún dijeron más los sabios: que se asustan del que la trae consigo los diablos, y no le hace daño obra de nigromancia ni hechizo ninguno que le hagan.

La estrella que está al cabo de la mano de la bestia que llaman Cantoriz tiene poder en esta piedra, que de ella recibe la fuerza y la virtud; y cuando ella está en el ascendente, muestra esta piedra más manifiestamente sus obras.

Tenemos aquí un claro ejemplo de nigromancia, en el que no se menciona por casualidad el origen hindú de la piedra, ya que en el libro asocia cierta tradición nigromántica a la India. Como en todos los casos que aparecen en el Lapidario, el texto comienza con un apunte astrológico que no se retoma hasta el final cuando se indican las fuerzas astrales que otorga a la piedra un mayor poder dependiendo del ascendente.

Tradición y Fortuna de los Libros de Astromagia del Scriptorium Alfonsí

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Picatrix

Por último, vamos uno de los textos fundamentales del corpus científico mágico alfonsí. El Picatrix es la traducción al latín y al castellano (ésta última perdida) de la Ghāyat al-Ḥakīm, un tratado de “magia astral harrariana”, concebido como una manual de iniciación a la magia, pero de líneas profusamente crípticas. En el libro12, se hace referencia a distintos procedimientos mágicos, los cuales, podríamos clasificar en diversas disciplinas o usos.

1. Astrología:

1.1. Astrología judiciaria o regente.

1.2. Materialización de las fuerzas astrales en talismanes.

1.3. Captación directa de la espiritualidad planetaria por medio de la  invocación.

2. Filtros o fórmulas que provocan efectos físicos por ingestión, aspiración o contacto.

3. Prácticas de magia simbólica o dramatización mágica.

La obra en general, señala textos en los que basa sus enseñanzas: referencia a los hindúes, conocidos practicantes de nigromancia, nombra a diversos autores como Abubashar con sus Crónicas hindúes, cita a Hermes con  el Libro del Haditús, a Aristóteles con su Tratado de Metafísica y el libro al-Malatís, donde se narra el momento en que Alejandro le preguntó a Aristóteles, si el sabio hindú Kinás, hacedor de filtros, compuso algún libro sobre esta materia. La respuesta es afirmativa, el libro se llama Malatís, donde aparece detalladamente descrita, la confección de filtros mágicos. Kinás era un personaje conocido por ello, del cual se cree que vivió 540 años, y era llamado “el Espiritual”. Elaboró filtros que unían microcosmos y el macrocosmos usando fórmulas formadas de espiritualidades, hizo uso de las invocaciones y palabras de extraña naturaleza y pronunciación, creó talismanes…

Para acercarnos más a la visión mágica y astrológica14, tomemos el ejemplo del Talismán, palabra que proviene proviene del árabe de la fusión de “talis” y “telsam”, las cuales traduciríamos por “imagen mágica”. Su origen posiblemente esté en Egipto, lugar donde hay una cantidad innumerable de talismanes, los principales son los que están dirigidos al alma, y podemos mencionar algunos como: el del buitre, el de la barca, el del cayado, el del escarabajo, el del ojo de Horus etc. Decimos que cuando el talismán es confeccionado aprovechando la correspondencia entre los diversos planetas, las piedras, los colores, los metales y los animales, éstos se denominan talismanes planetarios, produciéndose ciertas resonancias o afinidad entre unos y otros, así por ejemplo, los planetas tendrán resonancias con los distintos planetas, así por ejemplo, Marte es con el hierro, Venus con el cobre, el Sol con el oro, la plata con la Luna. Para la realización del talismán, se debe tener en cuenta dos aspectos fundamentales: 1. Es necesario conocer la carta astral del individuo y 2. Sabiendo ya estos motivos desfavorables, habría que indagar, qué planetas son los causantes de producir esta desarmonía con el individuo, y encontrar el momento astral en el que se producirían una influencia planetaria favorable hacia la persona. Es en ese momento, en el que habría que llevar a cabo la unión de los metales, y que la energía vibratoria al calmarse, compensara la carencia de esa energía en el aura del individuo, y el talismán recogerá estructura atómica, por lo que será necesario portar el talismán siempre.

14 Sobre astrología y magia: A., GARCÍA AVILÉS, “Alfonso X y la Tradición de la Magía Astral”, en El Scriptorium Alfonsí: de los Libros de Astrología a las Cantigas de Santa María, Madrid, Editorial Complutense, 1999, págs. 83-103.

Refieriéndonos al texto, el autor se refiere como talismán a una especie de ente, espíritu que hay en una materia, entendiendo que alude a las gemas o metales que llevan “selladas” imágenes simbólicas de animales, letras, figuras… siendo cargadas las gemas, en un momento astrológico preciso y contenedoras por lo tanto, de la fuerza cósmica. La creencia en el talismán se basa en la dinámica de la fuerza y de un sistema de interdependencia cósmica que se daría entre los animales, las plantas, el hombre, es decir, en el microcosmos, y el macrocosmos, el universo.

Concluyo este pequeño estudio con el noveno aforismo del Karpós, el Centiloquium ptolemaico, que da inicio al libro segundo del Picatrix: “omnia hius mundi, caelestibus obaediunt formis” (todas las cosas de este mundo obedecen a las fuerzas celestes).

© Asociación Hispánica de Literatura Medieval, 2010 © Los autores, 2010

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La Cátedra de Astrología y Matemáticas y sus Fundamentos Ideológicos

Javier Dávila

Universidad Nacional Autónoma de México

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En nuestros días, la idea de una cátedra de astrología y matemáticas resuena con tonos extraños. Y sin embargo, en el contexto de los saberes del antiguo régimen revela una seriedad y una firmeza de miras admirables.

El estudio universitario del cielo tenía aplicaciones terrenales de crucial importancia. Por un lado, era una herramienta básica de la navegación. También, en virtud de los ciclos anuales, era imprescindible para la agricultura. Por último, poseía igualmente un lugar en la medicina, como veremos adelante. El estudio de la astrología mostraba, además, un cariz adivinatorio, no siempre popular, pues tenemos amplias noticias del género de los almanaques, lunarios o pronósticos de temporarles, en los que no nos detendremos por esta ocasión.

España había promovido los estudios astronómicos con fines náuticos, geográficos, para la exploración y aprovechamiento del Nuevo Mundo. La Casa de Contratación de Sevilla debía servir para satisfacer las necesidades científicas impuestas por las exploraciones geográficas.

En el Colegio Real (Imperial) de Madrid se estudiaba “De matemática, donde un maestro por la mañana leerá la esfera, astrología, astronomía, astrolabio, perspectiva y pronósticos”1. Y en la Academia de Matemáticas, se estudiaban tres años que coincidían con los tres años de astrología de Salamanca. El cosmógrafo de Indias, Andrés García de Céspedes, ocupó desde 1607 esa cátedra.

1 Lansa, citado en Ávalos, As above, so below: Astrology and the Inquisition in Seventeenth century New Spain.

En las universidades españolas se enseñaba astronomía como parte de la facultad de artes. En la Universidad de Salamanca se cultivaba la astronomía. A mediados del siglo XVI, Copérnico era parte del currrículo.

La enseñanza de la astronomía hasta el siglo XVII comprendía el estudio de La esfera, Theoretica planetarum, las tablas alfonsinas y de Ptolomeo, Quadripartitum y el apócrifo Centiloquium.

La Esfera comprende la teoría aristotélica de los elementos y las dos regiones, celeste y terrestre, los movimientos de las esferas, la forma de la tierra y la teoría de las zonas y climas. La esfera más usual era la versión comentada por Sacrobosco.

El texto de Peurbach se usaba para enseñar theoretica planetarium, los modelos ptolemaicos para los movimientos básicos de los cuerpos celestes. Las tablas alfonsinas daban parámetros.

Para el uso del astrolabio, se recurría al manual de Messahala, Tratado del astrolabio.

Así, se enseñaba, según los estatutos de la cátedra de astrología:

1. Primer año: la Esfera y teoría de los planetas. Algo de tablas y el astrolabio. La Esfera comprende la teoría aristotélica de los elementos y las dos regiones, celeste y terrestre, los movimientos de las esferas, la forma de la tierra y la teoría de las zonas y climas. La esfera más usual era la versión comentada por Sacrobosco.

2. Segundo año: seis libros de Euclides y aritmética hasta las raíces cuadrada y cúbica. El Almagesto de Ptolomeo o su Epítome escrito por Regiomontano, o bien Gerber o Copérnico. Como sustituto, la Esfera.

3. Tercer año: cosmografía o geografía; introducción a la astrología judiciaria y perspectiva o un instrumento.

Así, en el núcleo, la enseñanza de la astronomía hasta el siglo XVII comprendía el estudio de La esfera, Theoretica planetarum, las tablas alfonsinas y de Ptolomeo, Quadripartitum y el apócrifo Centiloquium.

Quadripartitum – Claudius Prolomeu

Como es bien sabido, la Real y Pontificia Universidad de México siguió el modelo de la de Salamanca, de modo que la astrología era parte del programa. La cátedra se abrió en 1637 y su primer ocupante fue el mercedario Diego Rodríguez. Lo sucedió Ignacio Muñoz, que volvió pronto a España, al parecer sin renunciar oficialmente a la cátedra. Lo siguió Becerra y Tanco, en 1672, pero murió antes de tres meses. A continuación, ganó en concurso la plaza vaca Carlos de Sigüenza y Góngora, que detentó la cátedra hasta 1693. Lo siguió el doctor Luis Gómez Solano hasta 1696. En el siglo XVIII ocuparon la cátedra, de nuevo Gómez Solano (1700), Br. Francisco de Alcivia (1704), Dr. José Juan de Escobar y Morales (1711), Dr. Pedro Alarcón (1737), Dr. Antonio Gamboa y Riaño (1752), Dr. Juan Gregorio Campos (1759), Lic. Joaquín Velázquez de León (1765), Dr. José Ambrosio Giral Maienzo (1773), Dr. Vicente Ignacio de la Peña Brizuela (1788), José Francisco Rada (1785) y Pedro Narciso Gómez Cortina (1795). El número de suplentes es mucho mayor, pues, al parecer, la conocida costumbre de Sigüenza de dejar el puesto era compartida por muchos de sus colegas.

En la Universidad de México, el bachiller estudiaba latín y retórica, dialéctica, lógica, ontología, física (aristotélica), matemáticas, organografía, teodicea y ética.

En lo que concierne a la medicina, el principio de la iatromatemática era que la influencia de los astros llegaba incluso a los animales, plantas y piedras.

La astrología médica se fundaba en la teoría hipocrática de los humores y en la correspondencia del micro y macrocosmos. El hombre reflejaba al universo y sus partes físicas se correlacionaban con el cosmos. Por ejemplo:

corazón: sol
cabeza (sede del alma y el razonamiento): cielo empíreo
abdomen inferior (ano y genitales): tierra (lugar de la corrupción)

Cada planeta ejercía una influencia sobre una parte del cuerpo y las partes del cuerpo y las enfermedades se extendían por las casas celestes.

Pero la medicina no sólo consideraba estas influencias en el hombre, sino también en animales, plantas y minerales que usaba como medicinas.

En cuanto a la teoría de los humores, eran cuatro (bilis amarilla, bilis negra, sangre y flema), con temperamentos frío y caliente, húmedo y seco. Estaban gobernados por diferentes planetas. Las enfermedades se trataban por sus opuestos; por ejemplo, una enfermedad saturnina (con frío y agarrotamiento) se trataba con su contrario, el sol (cálido y relajante)4.

4 Patrick Curry, Prophesy and power.

Júpiter: como la atmósfera caliente, húmeda y brumosa de antes de una tormenta; regía sobre el humor sanguíneo caliente y húmedo. Un paciente con fiebre y sudores era sangrado.

Para un diagnóstico correcto, se empezaba por determinar el inicio de la enfermedad. Luego, se seleccionaba no sólo la medicina, sino el momento apropiado de tomarla (o de operar o sangrar).

Las enfermedades agudas se juzgaban según la Luna; las crónicas, por el Sol. Los días críticos dependían del paso de la luna por las casas.

Este esquema se repetía en escalas sucesivas: a las regiones, los reinos y aun el planeta entero. Tal es el fundamento de las correspondencias mundiales, a saber, que lo de arriba es como lo de abajo, y lo de abajo como lo de arriba, según la célebre consigna que se atribuye a Hermes Trismegisto. Hay una unidad fundamental en el cosmos, sustentada por Dios y accesible por la vía de la razón.

La solidez del XVII es producto del imperativo de sostener la exigencia de unidad, que sus pensadores extienden a todos los campos del espíritu. Conocer la multiplicidad es poner sus elementos en una relación fija siguiendo una regla universal y constante. Esto explica el aspecto “reductivo” de este discurso. La descripción del universo incluía la consideración de su relación con Dios. La parte más importante en la oposición a los sistemas modernos era de carácter religioso.

Ahora bien, un cambio importante con el pensamiento de épocas pasadas es que el nuevo pensador no busca a Dios en su palabra, sino en su obra. La Iglesia aceptó con muchos problemas y después de mucho tiempo este cambio de enfoque que es uno de los sustentos, aunque laico, de nuestro pensamiento científico moderno.

En el siglo XVII, la actividad filosófica era la formación de grandes sistemas basados en el método de demostración y consecuencia. Ningún elemento se explica por sí mismo, sino en el contexto del sistema en el que ocupa un lugar. Así, camino del conocimiento de la naturaleza, con ser inabarcable, de todos modos es concebible, porque no parte ni termina en la naturaleza de los objetos concretos, sino por las modalidades de la razón, que imponen una forma clara de ver el mundo, como la determinación de fuerzas legales y analizables (separables) que obran en los cuerpos. La propia idea de razón cambia, de ser el ámbito de las verdades trascendentes, a ser una forma de adquirir el conocimiento.

El estudio de la naturaleza en sí desemboca, como es natural, en el mundo fenoménico. No es tan obvio que este mundo es, por consiguiente, el espacio en el que se constituye el nuevo conocimiento. Así, aunque aquellos primeros pensadores modernos se sentían pasmados ante la inmensidad de la naturaleza que se extendía ante ellos, lo que realmente cambia es la constatación de que la razón puede presentarse ante el mundo y conferirle una unidad, aun si es infinito. La razón se percata de la legalidad del mundo en el acto de abrazarlo.

Como se sabe, la legalidad del mundo no es un postulado moderno, sino medieval. La vieja polémica sobre si en la Creación primaba la razón o la voluntad de Dios se había decantado por la razón. Todavía Duns Scoto dio un nuevo aire a la postura volitiva, pero la fuerza de santo Tomás de Aquino y, enseguida, de los protocientíficos del siglo XIV bastó para imponer esa idea en la concepción ideológica occidental del mundo.

La idea de la legalidad del mundo es tal, que aun nos convence y la ciencia moderna se funda en ella. En efecto, postulamos todavía un cosmos regido universalmente por leyes inquebrantables. Las modernas teorías probabilísticas tardarán un tiempo más en cambiar nuestros paradigmas y nuestra mentalidad.

Otra herencia del mundo medieval que se hace patente en el estudio de la astrología, la medicina y las matemáticas de las universidades hispanas es la máquina del mundo. El mundo natural es una “obra”, el resultado de una hechura por un ser supremamente racional. El ejemplo novohispano más conspicuo es el del Sueño de sor Juana. En efecto, el mundo es una “espantosa máquina inmensa”, y también el organismo vivo, microcosmos que refleja al macrocosmos, es maquinal. En la parte siguiente del sueño fisiológico, donde se encuentra la descripción que se hace del organismo humano y que muchos llaman “médica” sin prestar gran atención, remite en realidad a la fisiología contemporánea en su aspecto mecanicista, tal como la entendían Descartes y, sobre todo, el paradigmático Lamettrie. Como bien observa Gaos, “todas las imágenes con que se figuran los órganos corporales y su funcionamiento [son] imágenes tomadas de las artes y los artefactos mecánicos o físicos”5:

5 Gaos, “El sueño del sueño”.

el corazón es el volente de un reloj,
el pulmón es un fuelle, que es a su vez imán del viento,
la tráquea es un arcaduz,
el estómago es una oficina de calor que utiliza un cuadrante, es la fragua de Vulcano…

 Puesto todo así, es fácil entender la convicción que tenían nuestros antepasados sobre la posibilidad de conocer el futuro. De la mentalidad y la postura ideológica de la época que consideramos se desprende una idea de futuro que se hace patente lo mismo en los pronósticos astrológicos que en los lunarios y, desde luego, en las formas más populares y peligrosas de escudriñar el mundo.

Los términos “adivinación”, “pronóstico” y “predicción” están solapados y comparten un campo semántico. En cuanto a sus diferencias, saltan a la vista. La “adivinación” nos parece cosa de suertes de magia, superchería. Los pronósticos nos remontan a horóscopos y almanaques, es decir, su ámbito es el de los conocimientos prácticos (ya veremos a qué nos referimos). Por último, “predicción” es el término contemporáneo que usamos para referirnos a las anticipaciones que es posible hacer a partir de los postulados y los resultados de las modernas teorías científicas. Me interesa señalar estas diferencias más que nada para situar el campo semántico que comparten estas tres actividades (adivinar, pronosticar, predecir) y, en especial, su sustento ideológico. El objeto al que se dirigen las tres actividades citadas es, lisa y llanamente, el mundo futuro. “Mundo” y “futuro”.

Es relativamente fácil entender qué quiere decir “mundo” en la época que nos ocupa: es la creación, todo lo que es aparte de Dios. El mundo, pues, es obra de Dios y opera en virtud de la razón superior del Creador.

Más problemático es lo que significa “futuro”. No es éste el lugar para detenernos en el problema ontológico del futuro ni, en general, del tiempo. Valga recordar la famosa expresión de San Agustín, que sabía lo que era el tiempo mientras no se lo preguntaran, pero cuando se lo preguntaban, ya no lo sabía.

El futuro es lo que sucede inevitablemente después del presente. En mi opinión, no es lo opuesto del pasado, como suele postularse, salvo por la mera cuestión simétrica de que el pasado da a un lado del presente y el futuro, al otro. El futuro es algo diferente: lo intangible, lo inabarcable, lo inseguro.

Ahora bien, un dato empírico de la confluencia entre “mundo” y “futuro” es la presencia de ciclos en la naturaleza, cuya certeza es tan antigua como las primeras civilizaciones agrícolas. La regularidad del mundo abre una ventana al futuro y es ahí donde comienza el deseo de anticipar lo que ocurrirá.

La anticipación del porvenir parte, así, de la premisa de que el futuro existe, aunque no lo conozcamos. En el caso de los almanaques, por ejemplo, el criterio de validación de un pronóstico es el grado de acierto de sus postulados; es decir, su validez presente queda sancionada en el futuro, cuando el futuro es pasado y pierde su carácter inabarcable.

Como se sabe, el estudio legítimo de la astrología comprendía tres materias: medicina, navegación y agricultura. “Averiguar” el futuro de una persona, es decir, emitir un juicio sobre su porvenir, hacer “astrología judiciaria” estaba prohibido por la Iglesia. El argumento era que tal intento no concernía a la mecánica del mundo, sino al libre albedrío. Ahora bien, esto no quiere decir que el futuro individual no existiera. No sólo existía, sino que Dios, por lo menos, lo conocía. La diferencia estriba en que la adivinación del futuro personal estorba al ejercicio libre del albedrío.

Un hecho palmario que se aparece al estudiar las ideas y las polémicas de los eruditos de aquella época es su absoluta convicción en la posibilidad de deducir el futuro. Debe ser evidente que no me refiero a la omnisapiencia divina, sino al convencimiento de que del punto presente de la máquina del mundo era posible conocer su situación en un momento posterior.

La astrología ha caído en total descrédito. Hemos abandonado la noción de las influencias astrales en el ámbito de lo terrestre. También somos una sociedad laica. Sin embargo, vivimos aún dentro de la máquina del mundo, seguimos pensando que el mundo es legal y estamos convencidos de que por medio de la ciencia, podemos predecir su estado futuro. Hacernos agudamente conscientes de esto nos acerca espiritualmente a aquellos antepasados nuestros; ellos, no tan antiguos, y nosotros, no tan modernos.

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