Astrologia Antiga

Sexo y Género en los Textos Astrológicos de la Antigüedad Grecolatina

Juan Francisco Martos Montiel

Universidad de Málaga
Europa Renascens. La cultura clásica en Andalucía y su proyección europea / Cristóbal Macías Villalobos, José María Maestre Maestre, Juan Francisco Martos Montiel (eds.). Federación Andaluza de Estudios Clásicos, Instituto de Estudios Humanísticos, Libros Pórtico, Zaragoza, 2015.

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Resumo

We study the Greek and Roman astrological texts in order to collect and analize some of the many references to eroticism and sexuality that appear in them, which often include very precise indications on astral conjunctions and alignments that favor, according to its authors, attitudes and sexual behaviors of all kinds, both “normal” and “anomalous”.

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Tras elaborar el horóscopo de un niño enfermo, un astrólogo asegura a su madre que vivirá muchos años, pero, cuando le pide sus honorarios y ésta le dice que vuelva a cobrar al día siguiente, exclama: “¿Y qué pasa si el niño muere esta noche y me quedo sin mi paga?”. Este chiste, transmitido en la colección de historias jocosas conocida como Philogelos1, cuya redacción suele situarse en torno al siglo IV d. C., nos alerta sobre el escepticismo popular hacia las prácticas adivinatorias de los astrólogos, pero también puede revelarnos el grado de difusión que alcanzó esa antigua creencia y ponernos en la pista de su importancia para un conocimiento profundo de la sociedad y la cultura de la Antigüedad grecolatina.

1 Atribuido a un Hierocles (o a Hierocles y Filagrio, según algunos manuscritos) del que poco sabemos con seguridad: González Suarez. El chiste citado lleva el número 187 en la edición canónica de Thierfelder (1968) y presenta dos variantes con leves diferencias, entre ellas, por cierto, el nombre de la profesión en cuestión: ἀστρολόγος / ἀστρονόµος.

En efecto, entre las artes adivinatorias de la Antigüedad, la astrología fue sin duda la más perfeccionada y probablemente una de las más popu lares y extendidas, sobre todo en época romana e imperial, y su amplia divulgación, tanto entre la élite como entre las capas populares de la sociedad antigua, la convierte en una valiosa herramienta para determinar valores culturales generalmente aceptados desde fi nales de época helenística y durante el período romano.

Originaria de Babilonia2, la astrología ganó un nuevo atractivo en el Egipto tolemaico, cuando la lógica y el método científico griegos contribuyeron a su desarrollo, y se convirtió en el centro de un amplio debate entre la gente culta. En efecto, el determinismo astrológico —esto es, la idea de que la confi guración de estrellas y planetas determinan nuestro destino— planteaba profundas cuestiones sobre el hado y la libertad humana que contribuyeron largamente a las discusiones filosóficas y teológicas sobre estas materias e influyeron tanto en el pensamiento religioso como en las propias prácticas religiosas. Por otra parte, también entonces, como ocurre ahora, se discutía la validez de la astrología, cuyos detractores comenzaron a surgir desde el mismo momento en que los griegos tuvieron conocimiento de tales prácticas entre los caldeos, pero lo cierto es que muy pronto, y especialmente durante el período romano, prominentes científicos la aceptaron como una disciplina seria4. En esa época, además, la astrología dejó de ser dominio exclusivo de la élite culta e hizo sentir su influencia no sólo en la religión, sino también en medicina, filosofía y otros campos científicos, así como en muchos aspectos de la vida cotidiana5. La astrología, en fin, atrajo a tanta gente en el mundo griego y romano que incluso siglos más tarde el cristianismo, que sostuvo una larga polémica anti-astrológica, no pudo erradicarla por completo6.

2 Sobre los orígenes orientales de la astrología greco-romana, remitimos a la extensa bibliografía citada y comentada en Pérez Jiménez; vid. también más recientemente Oll.
4 Por ejemplo, Claudio Tolomeo, quien al comienzo de su Tetrabiblos la defi ende de sus críticos. Para los argumentos antiguos a favor y en contra de la astrología.
5 Junto al clásico estudio de Cumont, por ejemplo la citada monografía de Barton (1995) y el extenso artículo de M. Lawrence, “Hellenistic Astrology”, que estudia bien la relación de la astrología con las distintas escuelas filosóficas helenísticas.
6 En general, sobre la actitud del cristianismo temprano frente a la astrología pagana resultan fundamentales las monografías de Riedinger (1956) y de Hegedus (2007); en concreto, para la polémica anti-astrológica sostenida por los primeros cristianos es recomendable el artículo de Denzey (2003).

Estas consideraciones alumbran probablemente la razón por la que los textos astrológicos se nos han conservado en número relativamente amplio, mucho mayor que otros tratados de tipo “científico”, como manuales de onirocrítica y fisiognómica, y sólo comparable con los abundantes escritos sobre medicina de esa misma época. Sin embargo, estos textos son aún poco conocidos, por lo general, y escasamente manejados por la mayoría de los estudiosos de la Antigüedad; de hecho, a pesar de que desde finales del siglo XIX y sobre todo en la primera mitad del XX vieron la luz, tanto en primeras ediciones como en nuevas ediciones críticas, un número considerable de textos de autores y obras astrológicas, sólo en las últimas décadas se ha desarrollado en torno a ellos una literatura de análisis, crítica y comentario lo suficientemente amplia como para que estos textos comiencen a ser estudiados de manera más extendida entre los investigadores y tenidos en cuenta con mayor frecuencia en los estudios generales sobre historia, literatura y sociedad de época helenística y romana7. Y con razón, porque, al igual que aquellos otros escritos “científicos” a los que nos acabamos de referir, los astrológicos presentan una innegable importancia no sólo desde el punto de vista lingüístico y literario, sino también como documentos históricos y sociológicos, ya que dedican buena parte de su contenido a distinguir tipos de personas y comportamientos y a clasificarlos pormenorizadamente, aplicándoles una determinada axiología moral en la que juegan un papel importantísimo los sentimientos amorosos y las pulsiones sexuales8.

7 Pérez Jiménez, y más recientemente el artículo de Ch. Brennan, “The Rediscovery of Hellenistic Astrology”, consultable online en The Hellenistic Astrology Website, En las pestañas “Texts” y “Astrologers” de este sitio web encontramos también información muy útil y actualizada sobre los textos astrológicos, tanto ediciones (entre las que destacan sin duda los veinte volúmenes del Catalogus Codicum Astrologorum Graecorum, publicado entre 1898 y 1953 por el editor bruselense Lamertin y en el que colaboraron los más prestigiosos especialistas de la época) como traducciones y comentarios.
8 Los manuales de onirocrítica y fisiognómica a los que nos hemos referido más arriba utilizan también en muchos casos distinciones y clasificaciones similares a las de los textos astrológicos y constituyen por tanto una utilísima fuente de información complementaria acerca de los estereotipos de sexo/género en la Antigüedad: Barton y Gleason.

En efecto, la astrología proporcionó diversas explicaciones “científicas” a las costumbres sexuales de la Antigüedad basándose en la influecia de ciertos astros que, junto con el carácter, determinarían también la actitud o gustos sexuales de las personas9. Así, por ejemplo, Tolomeo explica que, en una determinada conjunción del Sol y la Luna con Marte y Venus, si las luminarias están en signos “masculinos” (luego hablaremos de esto), incrementan en general “el carácter viril y activo del alma” (τὸ ἔπανδρον τῆς ψυχῆς καὶ δραστικώτερον); pero si los planetas están también en signos masculinos, entonces los hombres propenden con más fuerza a las “relaciones naturales” de su sexo (συνουσίας κατὰ φύσιν) y se convierten en adúlteros, insaciables y dispuestos en cualquier momento a “placeres sexuales sucios e ilícitos” (τὰ αἰσχρὰ καὶ παράνοµα τῶν ἀφροδισίων), mientras que las mujeres son “lascivas en las relaciones antinaturales” (πρὸς τὰς παρὰ φύσιν ὁµιλίας λάγνοι) y se comportan como apasionadas tríbadas, “pues tienen trato con hembras y realizan actos de hombres” (διατιθέασι γὰρ θηλείας ἀνδρῶν ἔργα ἐπιτελούσα)10. También Fírmico Materno, por poner otro caso, afirma que quienes tengan en su horóscopo a Venus en Capricornio con Saturno en oposición “serán detestables en la coyunda y despreciables siempre por sus deseos sexuales” (erunt etiam hi ipsi execrati coitu et ex venereis libidinibus semper infames); y más adelante advierte que la Luna, Saturno y Venus “producen pervertidos con delicados cuerpos afeminados” (cum effeminati corporis mollitie cinaedos efficient), especialmente si Marte está en cuadratura, pues “entonces los hace inmundos y adictos a toda clase de vicios depravados” (tunc impuros faciet et ad omne libidinosae vitium turpitudinis applicatos)11.

9 Estas explicaciones astrológicas de la sexualidad humana se mantendrán con pocos cambios durante la Edad Media y aun después: Lemay.
10 Recuérdese la clasificación de los sueños eróticos de Artem., que incluía también la homosexualidad femenina dentro de la categoría de συνουσίας παρὰ φύσιν, mientras que la masculina era κατὰ φύσιν. Sobre los estereotipos de lo masculino y lo femenino que maneja Ptolomeo en su obra, y que son aplicables a la mayoría de astrólogos antiguos, puede verse Pérez Sedeño.
11 Cf. también, entre otros muchos pasajes, Firm., Math., donde, bajo la rúbrica ‘De sterilibus et cinaedis’, se engloban tanto a eunucos y homosexuales como a prostitutas y lesbianas.

Ejemplos como éstos pueden multiplicarse fácilmente, pues la literatura astrológica contiene muchas más referencias al erotismo y la sexualidad de lo que podría pensarse en un principio. Además, la diversidad interna de sus materiales es amplia, y abarca desde poemas didácticos (como los Astronomica de Manilio o los Ἀποτελεσµατικά del Pseudo-Manetón), pasando por manuales técnicos para astrólogos más o menos profesionales (como las Ἀνθολογίαι de Vetio Valente o los ocho libros de la Mathesis de Fírmico Materno), hasta sesudos tratados teóricos para consumo de científicos y filósofos (como los Ἀποτελεσµατικά de Tolomeo, más conocidos como el Tetrabiblos), sin olvidar una serie de documentos, en su mayoría horóscopos, contenidos en inscripciones, papiros y ostraka12, que nos acercan otra dimensión de la astrología en época helenística y romana como es la de su arraigo popular, a la que ya nos hemos referido.

12 Para este tipo de documentos, además de a la recopilación fundamental de Neugebauer & van Hoesen, remitimos en general a la bibliografía recogida en Pérez Jiménez.

Ahora bien, para interpretar correctamente estos textos debemos entender previamente ciertos principios básicos de la astrología antigua, que, aprovechando el diseño geocéntrico del Universo establecido por los astrónomos, tiene como sus principales agentes tres elementos:

1. Los signos del zodiaco, que resultan de la división en doce sectores de 30° de una parte del cielo determinada por la Eclíptica y a los que habitualmente se les asignaba género (Aries, Géminis, Leo, Libra, Sagitario y Acuario son masculinos, por ser impares, al comenzar con Aries la enumeración de los signos; Tauro, Cáncer, Virgo, Escorpio, Capricornio y Piscis, por la misma razón, son femeninos), junto con otra serie de características normalmente binarias (diurno o nocturno, humano o animal, fértil o estéril, etc.).

2. Los planetas, que se mueven por ese círculo zodiacal, y las luminarias (el Sol, que lo recorre por el centro, i. e. por la Eclíptica, y la Luna). Los astrólogos griegos y romanos conocían cinco planetas (Saturno, Júpiter, Marte, Venus y Mercurio), que junto con las dos luminarias circundaban la Tierra (para la astronomía antigua un globo inmóvil), y adjudicaban también género a cada planeta o luminaria: masculino a Sol, Saturno, Júpiter y Marte, femenino a Luna y Venus, mientras que Mercurio era a la vez masculino y femenino14. En esta atribución está latente, por supuesto, la fantasía antropomórfi ca que adjudica una personalidad determinada a las divinidades que se asocian con los planetas. De todos modos, sobre el sexo atribuido a cada planeta hubo otras variaciones, como la posición en Oriente u Occidente, que masculinizaba o feminizaba, la relación con el Sol o con la Luna, etc.

14 Según Luciano, fue el adivino Tiresias, de quien contaba la leyenda “que había sido bisexual e híbrido, unas veces hembra y otras macho” (διφυέα γενέσθαι καὶ ἀµφίβιον […] ἄλλοτε µὲν θῆλυν ἄλλοτε δὲ ἄρρενα), quien habría revelado a los griegos el sexo de los planetas y sus diferentes influjos.

3. Los decanos o decanatos (integración de los antiguos decanos egipcios en el zodiaco babilonio), que resultan de la división de los 30° de cada signo en tres sectores de 10° que se adjudican a determinados planetas o a las luminarias.

Estos son, por utilizar una metáfora teatral, los actores que, a ojos de los astrólogos, representan el drama de nuestras vidas, mientras que, a modo de escenario, se añaden otros elementos como son los términos (cada signo se reparte entre los cinco planetas) y las casas o domicilios (es decir, el signo zodiacal asignado previamente a cada planeta y luminaria, que serán dos, una casa diurna y otra nocturna, en el caso de los planetas, y solo una, diurna el Sol y nocturna la Luna, en el caso de las luminarias).

Por último, se establece un mapa fijo de la Eclíptica que consta de doce casas (la δωδεκάτροπος o δωδεκάτοπος) y que es la verdadera carta astral (θέµα, πίναξ). Esta carta será individualizada tanto para personas como para acciones, y su ocupación por los signos o por los planetas dependerá del lugar y momento de observación. En ella, el grado de signo que en ese momento y lugar asciende por oriente, esto es el ascendente en la terminología astrológica moderna, será el Horóscopo (ὡροσκόπος, nombre con el que suele conocerse también la carta astral en su conjunto); el grado que ocupa el sur será el Medio Cielo (µεσουράνηµα, medium caelum); el que está en occidente, el Occidente (δύσις, occasus), es decir el descendente en la astrología actual; y el que está en el norte será el Bajo Cielo o Hipogeo (ὑπόγειον, imum caelum). Estos son los cuatro centros (κέντρα), es decir las casas principales o angulares (conocidas también como los cardinales de la genitura), en torno a las cuales se organizan las demás, y cada una tiene unas cualidades astrológicas propias, que incrementan o atenúan las cualidades de los astros que se encuentran en ellas. Finalmente, aunque en un grado menor, tienen importancia también las constelaciones extrazodiacales, ya sean permanentes o, sobre todo, las que surgen y se ocultan paralelamente a los signos del zodiaco (παρανατέλλοντα).

Pues bien, el horóscopo de una persona, trazado por un astrólogo profesional, derivaba de la configuración celeste en el momento de su nacimiento o su concepción, y permitía al astrólogo hacer predicciones respecto a ámbitos de la vida como la salud, la riqueza, el matrimonio, los hijos o la muerte. Consistía básicamente en la confección de una carta astral en la que se indicaban los planetas y las luminarias (cada uno con su propia casa) y los signos del zodíaco en los que éstos habían estado situados en dicho momento, a partir de lo cual el astrólogo deducía las relaciones geométricas (aspectos) entre los cuerpos celestes. De este modo, estableciendo previamente la posición en un momento determinado de cada uno de los cuerpos celestes respecto a todos los demás y la configuración general con respecto a las posiciones de la dodecátropos, los astrólogos eran capaces, basándose en la carta astral, en la consulta de manuales y en su experiencia, de pronosticar e interpretar el futuro de sus clientes. Al levantar un horóscopo, el astrólogo profesional trazaba un cuadro de la personalidad de un individuo y de su previsible futuro, y trataba también de aconsejarlo sobre cómo aceptar lo que le había caído en suerte en la vida. Por supuesto, en esta especie de perfil psicológico avant la lettre, los campos de acción de Eros y Afrodita, es decir las pulsiones eróticas y costumbres sexuales de los individuos estudiados (los nativos, en la jerga astrológica antigua), están siempre muy presentes.

Es indudable que la conducta sexual tiene un puesto de primer orden entre las numerosas preocupaciones humanas, tanto como referente del juicio moral que la sociedad hace de sus individuos como por su importancia para la estabilidad y buenas relaciones dentro de la familia o grupo social. La vida amorosa de griegos y romanos se refl ejó ampliamente en su arte y su literatura, como un aspecto importante de la vida cotidiana, digno de representación y de reflexión. También los mitos de los dioses y los héroes y la propia evolución histórica de Grecia y Roma están plagados de ejemplos sobre los comportamientos erótico-sexuales de hombres y mujeres que muchas veces marcan las transformaciones políticas de los pueblos que los conformaron. Por poner un caso paradigmático, los dos primeros regímenes democráticos de la Antigüedad, la democracia de Atenas y la República romana, encontraron la legitimación moral de su instauración en los desórdenes sexuales de los anteriores tiranos, de Hiparco en Atenas y de Tarquinio en Roma. Y, por lo que hace a la mitología, los incestos, adulterios, relaciones homosexuales y otros comportamientos como la zoofi lia, tan presentes en el imaginario mítico de griegos y romanos, han dejado igualmente numerosos ejemplos en la literatura y el arte, ejemplos que tendrán su reflejo también en los textos astrológicos en forma de determinadas configuraciones astrales que influirán de tal o cual modo en las actitudes y costumbres sexuales de los individuos. El caso más conocido es quizá el de la influencia astrológica de Saturno en el nacimiento de eunucos y castrados, que tiene que ver sin duda con el mito que lo hacía responsable de la castración de Urano, según contaba ya Hesíodo16.

16 Hes., Th. 168 ss. Según una variante del mito, recogida en escolios y comentarios antiguos, el propio Saturno habría sido víctima de castración a manos de Zeus/Júpiter; vid. al respecto Pérez Jiménez.

Es lógico, pues, pensar que, al igual que en nuestros días (con las salvedades necesarias, por supuesto), también en la Antigüedad los padres estuvieran preocupados por la tendencia sexual de sus hijos, los maridos por la actitud de sus esposas en el lecho conyugal y fuera de él, y que la sociedad en su conjunto se fijara en las pasiones amorosas y la conducta sexual de sus miembros tanto para criticarlas como, si convenía, para justificarlas. Y para cubrir esas necesidades y preocupaciones se recurría con frecuencia a los astrólogos, quienes, con su bagaje matemático y astronómico, y sobre todo con el peso de una larga tradición doctrinal, con la que pretenden fijar las leyes que rigen fatalmente el Universo, trataban de librar a hombres y mujeres de la responsabilidad de sus actos o al menos de prever, en cierto modo, y de hacerles sobrellevar, las más de las veces, sus consecuencias.

Como era de esperar, dada la importancia social de la familia en el mundo antiguo, la mayoría de las prescripciones que encontramos en los escritos astrológicos sobre el campo del eros tienen que ver con las circunstancias del matrimonio y con la procreación. Son muy precisas las normas que dan los astrólogos al respecto. Se habla de la conveniencia o no de una boda, de las mejores condiciones para el enamoramiento de hombres y mujeres, del destino que un determinado matrimonio reserva según las estrellas al hombre o a la mujer y toda la casuística posible de relaciones matrimoniales: entre jóvenes, entre viejos, entre una joven y un viejo o entre un joven y una vieja, matrimonios con esclavos, con prostitutas, con vírgenes, con mujeres fieles, con otras tendentes al adulterio, etc. Todo ello está escrito en las estrellas, como también los frutos o no de las uniones conyugales: si esta será estéril o fructifi cará en hijos y cómo se desarrollará el embarazo y será el parto, sin olvidar el futuro que la necesidad astrológica reserva para los hijos fruto de las relaciones sexuales18.

18 Los aspectos fisiológicos de la sexualidad (concepción, embarazo, aborto, parto, etc.) en los textos astrológicos los ha estudiado bien Frommhold.

Pero, junto al ámbito del eros, presente sobre todo en las relaciones conyugales, de evidente importancia social, se encuentra aquel otro no menos importante de los ἀφροδίσια, que abarca con especial interés las conductas sexuales que son objeto de reprobación, al menos por la sociedad en la que viven los astrólogos que nos hablan de ellas: nos referimos a los comportamientos lujuriosos y lascivos, tanto de hombres como de mujeres, las desviaciones sexuales y, por supuesto, las conductas homosexuales, con toda la variedad de tipos humanos que comportan (eunucos, cinaedi, hermafroditas, tríbadas, etc.). Según leemos en manuales como el de Tolomeo, la astrología era absolutamente competente para pronosticar sobre las tendencias, pasiones, posibilidades y futuro de todo individuo en cualquiera de los aspectos más importantes de su vida (salud, dinero, amor, matrimonio, hijos, muerte, etc.), y por tanto el ámbito de la sexualidad no era una excepción. Antes al contrario, las indicaciones sobre costumbres sexuales son habituales en los tratados astrológicos de la Antigüedad, y especialmente, como decimos, sobre los comportamientos considerados contrarios a la norma.

En efecto, los astrólogos antiguos incluyen a menudo en sus tratados indicaciones muy precisas sobre las conjunciones y alineamientos astrales que favorecen, según estos autores, toda clase de comportamientos sexuales “anómalos”, entre ellos, sobre todo, la homosexualidad, tanto masculina como femenina, pero también el incesto, la pederastia, la prostitución o la pura promiscuidad sexual. En este sentido, los astrólogos se comportan a menudo en sus pronósticos como auténticos moralistas, como vemos en Manilio, en Tolomeo o en Antíoco, por ejemplo, y en algunos casos, como el de Fírmico Materno, el tema de los comportamientos sexuales “desviados” parece constituir una auténtica obsesión.

Así, por ejemplo, por ceñirnos a un aspecto concreto como el de la homosexualidad femenina, en las Antologías de Vetio Valente, dentro de un capítulo (2, 37, 17) em el que se catalogan las características corporales y la propensión a distintas enfermedades que determina cada signo del zodíaco, se afirma que Escorpio (el signo que en la melotesia zodiacal rige el sexo) produce en las mujeres “delirios y sofocos” (φρενίτιδας, γυναικοκαυσίαι)20, tranformándolas en “tríbadas lascivas, serviles e indecentes” (τριβάδες ἀσελγεῖς λατρευτικοὶ αἰσχροποιοί). El mismo autor se refiere en otro lugar (2, 17, 68) a mujeres que, afectadas por el influjo conjunto de Venus y Marte, se vuelven hombrunas hasta el punto de que “se acuestan con mujeres y realizan actos de hombres” (σὺν γυναιξὶ κοιµώµεναι ἀνδρῶν ἔργα ἐπιτελοῦσιν). También el poema astrológico del Pseudo-Manetón nos habla de que el influjo combinado del Sol, la Luna y Venus “empuja a las mujeres a gozar con actos viriles, gran prodigio, pues se vuelven locas por las mujeres y se ayuntan en funesto amor”. En otro lugar se refiere el Pseudo-Manetón a “prostitutas que se unen en toda clase de formas, y rameras, y tríbadas que realizan actos propios de las maneras de los hombres” bajo la influencia de los astros, y en parecidos términos se expresará con frecuencia su contemporáneo Firmico Materno.

20 El hápax γυναικοκαυσίαι de los manuscritos fue enmendado por Pingree en su edición teubneriana con el inusitado sintagma γυναῖκες Καυνίαι (algo así como “mujeres desesperadamente enamoradas”), apoyándose en Arist., Rh. II 25, 1402 b 3, donde se habla de Καύνιος ἔρως como amor imposible o reprobable (según la leyenda, Cauno, enamorado de su hermana Biblis —o ésta de él—, se expatrió de Mileto a Caria y allí fundó la ciudad de Cauno). Puestos a elegir entre un hápax y una expresión inusitada, preferimos mantener la lectura manuscrita, que incluye la metáfora del amor ardiente (καίω “arder”), por lo que γυναικοκαυσίαι sería literalmente “inflamaciones mujeriles” o “mujeres inflamadas” (de amor, se entiende, aunque el objeto de esa ardiente pasión podrían ser otras mujeres); no obstante, cabe pensar también que, dada la enumeración de diversos padecimientos psicosomáticos en el texto inmediatamente anterior (τῶν τε ἐντὸς καὶ ἐκτὸς παθητικὰ […] ἀµαυρώσεις, πηρώσεις διὰ τὴν ἄκανθον, µανίας, δι’ ὑγρῶν ὀχλουµένους, ἔτι δὲ φρενίτιδας), podría tratarse simplemente de “sofocos”.

Fijémonos en otro caso concreto como es la figura del ‘cinaedus’, el hombre afeminado u homosexual pasivo, que recibe bastante atención por parte de los astrólogos24. Fírmico, de hecho, le dedica un apartado especial de más de siete páginas de texto, donde distingue entre el ‘publicus cinaedus’, cuya reputación es manifiesta y conocida por todos, y el ‘latens cinaedus’, es decir el hombre que lo es en secreto, sin que nadie lo sepa o diga nada al respecto, condición que parece preferible al astrólogo, ya que las influencias astrales positivas ocultaban o disimulaban el vicio. Muchas de las configuraciones astrales que producen ‘cinaedi’ se refieren a prostitutos, y suelen ser similares a las que se aplican a las prostitutas, lo que sugiere que se consideraban en cierto modo equivalentes. A veces encontramos a los ‘cinaedi’ equiparados con mujeres estériles y hombrunas (viragines), pero lo más frecuente es que se los asocie sobre todo con castrados (galli) y eunucos: en ambos casos se trata de distintas conjunciones de Marte y Venus en las que interviene la influencia de Saturno, una de cuyas consecuencias es precisamente la esterilidad, al ser un astro frío y seco. Llama la atención que, mientras que en los textos no astrológicos nunca leemos nada positivo sobre los individuos calificados como ‘cinaedi’, sin embargo en Fírmico Materno encontramos que podían tener cierta relación con los templos, en los que podían cantar en el coro (templorum cantibus servientes) o asumir animosamente otras tareas (cinaedos felices […], quibus templorum officia credantur), o podían tocar instrumentos en el culto de la diosa Cibeles (cinaedos […] matris deorum tympanis servientes), e incluso podían ser ricos y honorables y ejercer como funcionarios de la corte (cinaedos quidem […], sed in maxima honorum gloria constitutos, et quibus regalium munerum officia credantur. […] cinaedos divites), lo que los relaciona de nuevo con eunucos y castrados, habituales figuras áulicas de la antigüedad helenístico-romana.

24 Barton y el artículo de Macías Villalobos. Sobre el sentido y etimología del préstamo cinaedus, que suele asociarse con el afeminamiento y en general con la depravación sexual, Martos Montiel. Sobre el tratamiento de la figura del cinaedus en los antiguos manuales de fisiognómica y su relación con los textos astrológicos, Gleason.

Los ejemplos podrían multiplicarse, en estos como en otros aspectos, pero todos ellos ofrecen indicios fascinantes para la comprensión de las ideas sobre la sexualidad o los estereotipos de género que encontramos en los textos astrológicos. En todas las descripciones de los astrólogos hay una especie de carácter formular, en el sentido de que son variaciones sobre temas similares, en las que determinados elementos se combinan de diferentes maneras para producir consecuentemente efectos más o menos diversos. Y todos los astrólogos, desde Tolomeo, cuyo estilo tiene un tono más técnico y menos propenso a detalles, hasta Fírmico Materno, que añade un mayor “colorido” a sus predicciones, ofrecen catálogos cuidadosamente organizados de desviaciones sexuales o de género.

En todo caso, y aunque se hallen inmersas en el contexto de la complicada techne utilizada por los astrólogos, las formas de distinguir y clasificar toda la amplia gama de los actos sexuales, tanto los que se considera aceptables como los que no, no dejan de ser un reflejo más o menos distorsionado de las opiniones morales de la Antigüedad, y especialmente desde la época imperial en adelante, período del que procede la inmensa mayoría de los textos astrológicos que se nos han conservado. Entre otros aspectos, el estudio de estos textos permite corroborar el cambio que, a juzgar por otras fuentes de información de dicha época, tanto literarias como arqueológicas, se había producido en la moral sexual de época imperial y que se traducía en una condena de cualquier forma de sexualidad desbordada, contra natura o que no tenga como fin último la procreación; es decir, la antigua “comprensión” hacia ciertas formas de amor homosexual, por ejemplo, parece haber desaparecido en esta época, y los datos apuntan a que nos encontramos en una nueva etapa donde todo tipo de desviaciones, protagonizadas tanto por hombres como por mujeres, son objeto de acerada crítica. En este sentido, y en el contexto de los textos astrológicos, es bastante revelador que determinadas confi guraciones astrales produzcan no sólo homosexuales, sino también individuos estériles, eunucos e incluso hermafroditas, por no hablar de aquellas otras que provocan en las personas un gusto irrefrenable por el sexo oral, tan frecuentemente denostado como púdicamente velado en los textos astrológicos27. Ello apunta a que estos individuos no sólo eran considerados como ejemplos de perversión de la moral y la sexualidad “normales” o “naturales”, sino que se pensaba que su utilidad social era nula, puesto que sus actividades sexuales no daban lugar a la reproducción.

27 Man. (στοµάτεσσιν ὀπυιοµένους, γονοπώτας); Firm., Math., (inpuri et inpudici coitus); (inpuro aut inpudico coitu); (inpuros ore). Recuérdese, por cierto, el epigrama de Marco Argentario en la Antología Palatina que juega con la terminología astrológica y los dobles sentidos para ridiculizar la voracidad de una mujer practicando sexo oral, o el epigrama de Claudio Claudiano que se burla del hijo de un astrólogo profesional para cuya afición por el cunnilingus no encuentra explicación en los astros.

Este, en fin, es sólo un ejemplo del interés evidente de estos textos, todavía deficientemente conocidos, y de los distintos aspectos que un estudio en profundidad de ellos puede alumbrar, en aspectos tales como el vocabulario erótico, la historia social y cultural, en definitiva la ideología que estos textos dejan entrever en un tema tan importante para cualquier época como es el de la moralidad y la vivencia de la persona humana como ser sexuado.

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