Astrologia Antiga

Adivinación y Astrología en el Mundo Antiguo

Adivinación y Astrología en el Mundo Antiguo
José A. Delgado Delgado
Aurelio Pérez-Jiménez

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La Astrología, un Método Científico de Advinación

Aurelio Pérez-Jiménez

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Pese a que vivimos en una Era en la que el progreso técnico y científico ha generado en nosotros la idea de que podemos controlar muchos de los fenómenos con que se manifiesta la naturaleza; aunque los astrónomos cada día recopilan, almacenan y estudian miles y miles de nuevos datos enviados por las sondas espaciales, con los que pretenden descubrir los secretos y explicar el origen del Universo; aunque todos esos avances y otros muchos en medicina, biología, física, etc. hacen cundir el escepticismo sobre las ideas religiosas y místicas con que el hombre, desde su existencia, ha tratado de dar un sentido trascendente a la vida. A pesar de todo eso, una sociedad como la actual en la que nos enfrentamos al día a día a menudo sin tiempo para la reflexión, en la que el progreso o el fracaso personal sigue dependiendo de la irracionalidad de la suerte, en la que frases y refranes como “estaba en el lugar menos adecuado en el momento más inoportuno” o “no hay mal que por bien no venga” son parte de nuestra experiencia, no es muy distinta de la de los funcionarios, comerciantes, banqueros, soldados, prostitutas, estudiosos, echadores de suertes, adivinos, sacerdotes y pícaros que pululaban por las calles de Alejandría en el Egipto de los Tolomeos o que trataban de sobrevivir en muchas ciudades de la Roma imperial. Aquellos individuos, como estos, cansados ya de consultar sobre su futuro los oráculos tradicionales (el de Apolo en Delfos, el de Zeus en Dodona o el de Amón en Siwa, por citar sólo algunos de los más conocidos) acudían a la casa del mago, del nigromante, del quiromante o, sobre todo, del astrólogo. Este último, además, parecía tener ventaja sobre los demás; pues su método de adivinación era aparentemente objetivo, científico. Utilizaba los avances de la astronomía, justificaba la influencia de los astros con los cambios estacionales de la naturaleza y con las energías planetarias a que estaba sometida la centralidad en el Universo de la Tierra; y, en sus predicciones, no intervenían para nada seres invisibles (dioses, démones, ángeles, santos, etc.) en los que uno podía creer o no creer, sino el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno y las constelaciones que estaban todos ahí a la vista y cuyos movimientos eran explicables con la más exacta de las ciencias: las matemáticas. ¿No era la luna, con sus fases (por no hablar del Sol) la que hacía crecer y menguar cosas tan próximas como las plantas o el pelo? ¿No era ella la que determinaba los ciclos de la mujer y el sexo de los neonatos? ¿No eran los planetas los culpables de que cambiara el viento del Bóreas al Noto? ¿Y no era la estrella de Sirio la que producía desde que el hombre tiene memoria las inundaciones del Nilo y los insoportables bochornos en que se sumía la isla de Ceos que sólo cesaba cuando sus habitantes sacrificaban un perro al astro? De todo esto y de más los astrólogos daban cumplida cuenta y con su saber podían decirnos cuándo era el mejor momento para procrear un niño o una niña, para escribir una carta de negocios o de amor, para organizar un banquete de bodas o para denunciar ante los jueces al vecino que se lleva el agua de nuestra parcela. Entre todos esos aprovechados que presumían de conocer el futuro, la voluntad de los dioses sobre tan insignificantes criaturas como nosotros, tan sólo el astrólogo parece utilizar un método científico, en el que la buena o mala voluntad de un dios o de un demonio no tiene cabida. Veamos, pues, en qué consiste, qué fundamentos tiene y cómo va ganando terreno a la religión en general y a los métodos de adivinación en particular esta ciencia de los astros en el mundo grecorromano. Y veamos cómo, a pesar de todo, como dice el refrán “no es oro todo lo que reluce” tampoco en este campo.

1. Diferencia entre astrología y astronomía. Cuestiones terminológicas

Bajo el nombre general de Pseudociencias incluimos una serie de prácticas que se sirven de los materiales y métodos propios de la ciencia para especular sobre cuestiones que trascienden la simple observación y comprobación. Este ingrediente especulativo tiene su fundamento en la religión, el mito o la magia y otorga a estas prácticas un sentido hermético, trascendente, que muchas veces las convierten en alternativa religiosa. Las más conocidas, por su amplio desarrollo en todas las culturas son la astrología y la alquimia; pero también merece la pena citar a la hermana menor de las matemáticas, la aritmología, que parte del sentido simbólico atribuido a los números. En cuanto que se sirven de un ropaje científico para sus especulaciones queda justificada la inclusión del término ciencia en su denominación. Pero desde el momento en que esos elementos científicos apenas superan el lenguaje o los materiales y objetos con los que estas prácticas se relacionan, la ciencia en ellas es sólo apariencia; pues no se atienen a sus reglas principales que son la observación de los hechos naturales, la comprobación de las tesis propuestas y la formulación de leyes a partir de ello, sino que pretenden ir más allá de la naturaleza, unas veces para violentar sus leyes (la alquimia) y otras, como es el caso de la astrología, para defender su carácter necesario y, conociéndolas, desentrañar también el futuro (astrología).

De estas doctrinas la más importante, por su desarrollo y popularidad, y la que concierne a este libro, es la astrología, alternativa a la verdadera ciencia que nosotros designamos con el nombre de astronomía. Ambas tienen como objeto de observación los astros; pero los objetivos de dicha observación y las conclusiones derivadas de ella son bien diferentes. La astronomía en la Antigüedad trataba de explicar las posiciones relativas y movimientos del Sol, la Luna y los planetas a su paso por el Zodíaco y en relación con la Tierra. Lo que nosotros entendemos por astrología, transcripción sin más del término griego ἀστρολογία, es en cambio especulación, en lugar de ciencia; quiere explicar los fenómenos del mundo sublunar y la existencia misma del hombre, así como sus actividades y realizaciones históricas, a partir del conocimiento exacto de las posiciones ocupadas en el firmamento por el Sol, la Luna y los planetas, con relación a ellos mismos y a las estrellas fijas del Zodíaco. Más próxima a la primera que a la segunda, pero que brinda a los defensores de ésta sus fundamentos empíricos, está la astrometeorología, o estudio de los fenómenos meteorológicos (mareas, influencias atmosféricas de los cambios estacionales, indicados por la aparición de determinadas estrellas, o por el Sol, la Luna y los planetas, etc.) cuya causa está en o se atribuye a los astros. De hecho es la constatación experimental de estas influencias lo que se ha utilizado por los astrólogos como argumento principal (científico?) para defender la veracidad de su doctrina. Tolomeo estudió la astronomía en el Almagesto  y la astrología (con la astrometeorología) en el Tetrabiblos. Y Sexto Empírico, en su tratado Contra los matemáticos, distingue claramente los tres métodos de estudio del cielo:

«Nos proponemos investigar acerca de la astrología o matemática, pero no de la ciencia completa compuesta de aritmética y geometría (pues ya hemos refutado a quienes profesan estas disciplinas) ni tampoco de la facultad de predicción cultivada por Eudoxo, Hiparco y otros parecidos, a la que algunos llaman también astronomía (pues ésta, como la agricultura y el arte de navegar, consiste en la observación de fenómenos, y por medio de ella se pueden predecir sequías, inundaciones, plagas, terremotos y otros trastornos semejantes de la bóveda celeste), sino contra la ciencia genetlíaca, que los caldeos adornan con nombres más pomposos, llamándose a sí mismos matemáticos y astrólogos, insolentándose de formas varias con la gente corriente, levantando contra nosotros un gran muro de superstición y no permitiéndonos llevar nada a cabo siguiendo la recta razón»

(Sex. Emp., Contra los matemáticos, V, 2; trad. J. Bergua Cavero [BCG] 1997).

Pues bien, durante casi toda la Antigüedad los términos ἀστρονομία y ἀστρολογία, lat. astronomia y astrologia, designaban nuestra ciencia “astronomía”, no la “astrología”. De hecho, el único nombre atestiguado antes de Platón para la “astronomía” era ἀστρολογία; después de él se utiliza uno u otro indistintamente, aunque por lo general el de ἀστρονομία queda vinculado a la filosofía platónica. Y, si bien ya en los primeros siglos de nuestra Era se percibe cierta diferenciación entre los dos términos latinos, habrá que esperar hasta el siglo IV (san Jerónimo) para encontrar una distinción más tajante; el primer autor que define claramente astronomia como “astronomía” y astrologia como “astrología” es san Isidoro de Sevilla26. En cuanto a los términos griegos, Sexto Empírico conserva el nombre de ἀστρολογία para la “astronomía” y la “astrología” y reserva el de ἀστρονομία para la “astrometeorología”. Hasta Simplicio y Olimpiodoro, en el siglo VI, no encontraremos una oposición en sentido moderno. Pero, si esto era así, ¿cómo se referían los griegos y romanos a los astrólogos y su doctrina?

26 Etymol., III, 27: «Sobre la diferencia entre astronomía y astrología. Entre astronomía y astrología hay sin duda alguna diferencia. En efecto, la astronomía se ocupa de la revolución del cielo, la salida, ocaso y movimiento de las estrellas, o de la razón por la que recibieron su nombre. La astrología es a su vez en parte natural y en parte supersticiosa. Natural, siempre que trata de explicar el curso del sol y de la luna o las posiciones temporales precisas de los planetas. Es en cambio supersticiosa aquella que siguen los astrólogos, que basan sus predicciones en los planetas y que incluso distribuyen los miembros del cuerpo y del alma por cada uno de los doce signos del cielo, e intentan predecir con el curso de las estrellas los nacimientos de los hombres y sus comportamientos».

En todas las épocas, cuando quería designarse la astrología, frente a la astronomía, se añadía a los términos anteriores el adjetivo γενεθλιακή (de γενέθλη = “nacimiento”) o ἀποτελεσματική (de ἀποτέλεσμα = “efecto”, por la creencia en que los astros producían efectos determinados sobre el mundo sublunar) o bien se empleaban estos adjetivos solos con el artículo o con el sustantivo τέχνη. A partir de ellos se formó el sustantivo γενεθλιαλογία o γενεθλιολογία, genethliologia. En relación con tales nombres, a los astrólogos se los llamaba ἀποτελεσματικοί, γενεθλιακοί, genethliaci. Como es obvio, estos términos tienen que ver con el ámbito de actuación principal de la astrología (la fijación del horóscopo en el momento del nacimiento) y con la esencia misma de este arte, el cumplimiento en la tierra de los efectos que producen las configuraciones planetarias y/o zodiacales.

Otra forma para referirse a la astrología fue el uso restringido de los términos μαθηματική τέχνη, mathematica y μάθησις, mathesis, para la profesión y μαθηματικοί, mathematici, para los astrólogos, que tienen que ver con el prestigio adquirido en deter minada época por estas prácticas o con su relación inicial, fundamentos y método compartido con la astronomía, una ciencia matemática cuya base es la aritmética, la geometría y, luego, la trigonometría.

Por último, el nombre más popular a partir del siglo III a.C. en que, según la tradición recogida por Vitrubio27, la astrología fue divulgada en Grecia por Beroso28 y sus discípulos Antípater y Aquinápolo, fue el de χαλδαική o Χαλδαίων τέχνη, ars o doctrina Chaldaeorum, de forma que, a partir de este mo mento, χαλδαῖος, Chaldaeus, pierde casi por completo su sentido étnico para designar al profesional de este arte, al astrólogo.

27 «Y el primero fue Beroso, que se estableció en la isla y ciudad de Cos, donde inició la enseñanza de la materia. Después estudió con él Antípatro y también Aquinápolo, que incluso dejó explicados los cómputos de la astrología no desde el momento del nacimiento, sino de la concepción».
28 Sacerdote babilonio (caldeo) que se estableció en Grecia y divulgó aquí la historia, la cultura y la religión de los babilonios (lo mismo que hizo con la egipcia Manetón a finales del siglo IV a.C.).

2. Algo de historia: grandes astrólogos de la Antigüedad

La astrología como método de adivinación era en principio ajena al mundo griego antiguo, cuyo interés por los astros tenía motivaciones de calendario y de orientación más que religiosas o científicas. Los dioses griegos eran dioses personales, próximos a la naturaleza humana, y para el conocimiento del futuro era suficiente la especialización de determinadas divinidades como Apolo o de oráculos ligados a la Tierra y a dioses, como Zeus (Dodona, Amón), cuya capacidad de intervención en el destino humano era incuestionable. Ahora cada vez está más claro que el origen de la astrología está en Mesopotamia, de donde llegan a Grecia las primeras noticias en el siglo IV a.C. (Eudoxo) y de donde procedía Beroso, como hemos dicho antes, alrededor del 280 a.C. Pero la importancia cultural y científica que tuvo Alejandría desde la muerte de Alejandro y algunos aspectos astrales acusados de la religión egipcia, como el carácter solar de su dios principal Osiris y la vinculación de Isis con la Luna o con Sirio, hizo que los griegos de este período asociaran también con la tierra del Nilo el nacimiento de la astrología. Así que, básicamente, Babilonia y Egipto son las dos regiones en las que nace esta nueva religión desde la perspectiva de los griegos alejandrinos primero y de los romanos después, como testimonia el propio Cicerón en su De divinatione. En cualquier caso, la aportación histórica de Egipto a la sistematización de la doctrina astrológica es evidente. Egipcios son los primeros personajes a los que se atribuye la autoría de los nuevos conocimientos:

Hermes Trismegisto, Nequepso y Petosiris, así como otros pseudepígrafos: Erimabas (tal vez Hermanubis), Odapso de Tebas, Sousothis, Bitis, Fanes, Hermenis, Cerásforo, Sasiquis y el mismo Manetón.

En cuanto a los caldeos, las prácticas astrológicas se asocian por primera vez, en lo que a nombres concretos se refiere, a astrónomos como Sudines y Seleuco de Seleucia o a astrólogos propiamente como Naburiano y Cidinno, todos ellos anteriores a Beroso.

Cuando la astrología se populariza entre los judíos también entrarán en su ámbito de competencia nombres bíblicos como Abraham, Henoch, Adán, Daniel y Salomón o personajes como Ezra (s. V a.C.). Y, por supuesto, no faltan en el repertorio de los iniciadores de la astrología los magos persas, especialmente el nombre de Zoroastro que habría traído estas doctrinas a Grecia con las invasiones de occidente por Darío y Jerjes.

Sea como sea, los primeros textos sistematizados de astrología parecen haber sido escritos a mediados del s. II a.C. y, por lo que atañe a la Antigüedad, los nombres de autores reales que forman parte de su historia pertenecen a un espectro cronológico que va desde el s. I a.C. (Teucro de Babilonia) hasta el VI/VII d.C. (Retorio). Entre esos nombres merecen ser citados el latino Manilio (su Mathesis se basa en gran medida en el tratado astrológico de Hermes Trismegisto, del que tenemos ahora una versión latina que probablemente remonte a los primeros siglos de nuestra Era) y el griego Doroteo de Sidón (I d.C.), los griegos Antígono, Antíoco, Anubión, Pseudo-Manetón, Tolomeo y Vetio Valente (II d.C.), el latino (luego convertido al cristianismo) Fírmico Materno y el griego Paulo de Alejandría (IV d.C.) y, ya a comienzos del V, Hefestión de Tebas, que escribió un manual recogiendo todo el saber astrológico anterior y Olimpiodoro, al que se atribuye un comentario a Pablo de Alejandría que nos ha llegado bajo el nombre de Heliodoro.

Aparte de esta tradición literaria, la astrología gozó de una gran popularidad no solo entre las clases baja y media alejandrina y romana (como demuestran numerosos horóscopos encontrados en papiros, óstraca y en los propios manuales astrológicos)31, sino también entre las élites grecorromanas, como demuestran las anécdotas de los historiadores sobre la actividad de los astrólogos consejeros de los emperadores y de los implicados en conspiraciones contra ellos y la presencia de signos zodiacales identificativos del emperador, de las legiones o de las ciudades en las monedas desde Augusto hasta Constantino, especialmente en las provinciales.

31 El libro de Neugebauer y van Hoesen 1959 contiene una completa recopilación de estos (tanto documentales como literarios) con útiles explicaciones y precisiones cronológicas. Lo completan libros con horóscopos papiráceos como el de Baccani 1992 y Jones 1999.

3. Fundamentos de la astrología

Tal vez la clave para la aceptación de la astrología como método de adivinación en el mundo griego, donde la tradición mántica estaba fuertemente enraizada por la actividad de adivinos y oráculos desde probablemente la época micénica, esté en la incorporación a su corpus doctrinal del diseño astronómico geocéntrico y de algunos principios extraídos de las principales corrientes filosóficas del siglo V y IV a.C. En efecto, sus agentes principales de influencia son el Zodíaco y los planetas, a los que la astrología alejandrina añadió los antiguos decanos egipcios, poco después integrados totalmente en el sistema como sectores zodiacales regentados por los planetas. En cuanto a las doctrinas de los filósofos, el pitagorismo y la Academia aportaron la esfericidad y el movimiento circular de los planetas como rasgos propios de la divinidad, la uranización de las almas y luego de la mística escatológica (con aportaciones en este campo del orfismo); el concepto de armonía de las esferas, la identificación de lo impar con lo masculino y lo par con lo femenino, que determinará el sexo de los signos zodiacales y la aceptación platónica de la doctrina del Gran Año, cuyo origen hay que situar en oriente (ya sea Babilonia o la India); y, sobre todo, las figuras geométricas (triángulo, cuadrado y hexámetro) que, junto con el diámetro, definen las relaciones positivas y negativas entre los signos zodiacales y los planetas que se encuentran en ellos (doctrina de los aspectos). El Perípato aporta la doctrina física (ya perfilada por Empédocles) de los cuatro elementos (fuego, tierra, aire y agua) y de las cuatro cualidades (seco, caliente, húmedo y frío), así como de la quintaesencia aristotélica, el éter, que, aplicada a los signos y a los planetas, dará un sesgo más científico, al incidir en la naturaleza física de éstos, a los elementos que tienen el protagonismo en el sistema astrológico. Pero la filosofía que definitivamente sustenta el edificio teórico de la astrología es el estoicismo cuyos principios principales (simpatía entre microcosmos y macrocosmos, ciclos y conflagración universal y determinismo derivado del movimiento mecánico del universo) hacen posible, al menos desde el punto de vista teórico y bajo ciertas condiciones, tanto la influencia de los astros en nuestro mundo como el conocimiento del futuro que es el objetivo último de la astrología: la adivinación.

Este determinismo, sin embargo, choca frontalmente con el principio de libertad y responsabilidad humana (condición sine qua non para la ética de las filosofías socráticas, incluido el propio estoicismo, y sobre todo del Cristianismo) y, casi desde su implantación en el mundo grecorromano, la historia de la astrología va a estar marcada por el debate entre sus partidarios y practicantes y los defensores de la Providencia como principio rector del cosmos (platonismo y, por tanto, también cristianismo) y del libre albedrío y la responsabilidad del hombre respecto de sus actos33.

33 El debate se configuró definitivamente en el siglo II, se agudizó en el III, afectando a corrientes gnósticas y heréticas cristianas y continuó en el siglo IV, cuando se radicalizaron las posturas entre el pensamiento oficial, el arrianismo y el maniqueísmo. Sobre el papel de la astrología en esta última etapa de la polémica.

A estos fundamentos filosóficos hay que añadir también, como parte esencial del sistema astrológico, la mitología asociada a los signos del Zodíaco y a las constelaciones extrazodiacales (identificadas desde Homero y Hesíodo con personajes y objetos mitológicos), formulada de manera sistemática por los catasterismos de Eratótenes y por los Fenómenos de Arato, así como la asociación de los planetas a los dioses griegos (tomada de Babilonia) que encontramos expuesta de forma completa en el Epínomis de Filipo de Opunte y que transfiere a la acción de aquellos las cualidades personales y las leyendas atribuidas a éstos.

Y, finalmente, otro de los fundamentos básicos de la astrología, que la convierte de pretendida ciencia natural en auténtica religión e ingrediente no despreciable de los rituales mágicos (a este respecto los papiros están plagados de referencias astrales) es el carácter astral de las corrientes religiosas orientales que penetran en Grecia y Roma en su época. Esto lleva a un sincretismo solar y lunar de los principales dioses griegos, romanos, egipcios, semíticos y babilonios que introducen en el credo (y cada vez con más intensidad) de la religión de Isis y Serapis, de Atargatis, del Olimpo grecorromano y de las ciudades caldeas de Siria al Sol, la Luna y determinados planetas (especialmente Venus y Mercurio) como referentes divinos personales, merecedores de culto. A ello hay que añadir el perfil mistérico, salvífico de muchas de estas religiones que acaban por diseñar un espacio planetario concreto tanto para el viaje estelar de las almas hacia la encarnación como para la escatología de regreso a la morada celeste. Y esto no sólo será válido para las religiones paganas, sino que impregnará también el diseño del más allá en el Cristianismo, con variantes muy precisas a veces en sus corrientes heréticas, fuertemente contaminadas de gnosticismo.

4. Los dioses de la astrología: Zodíaco, Planetas, Decanos y Paranatéllonta

Podríamos imaginar los elementos de la astrología como un gran teatro cuyo telón de fondo es el Zodíaco, los actores los planetas y las dos luminarias y el escenario la dodecátropos o carta astral. La única diferencia es que, en la comedia o tragedia (según a cada cual le vaya en la vida) representada, esos tres elementos interfieren entre sí, complicando la acción de unos y otros y con ello las víctimas del drama que son todos los seres, actividades y hechos que existen en el mundo sublunar. Veamos, pues, brevemente esos elementos.

4.1 El Zodíaco

Es una banda de cielo de aproximadamente 12º de anchura que se distribuye a ambos lados de la eclíptica36 y que viene delimitada por la separación máxima en latitud de los planetas con respecto a aquella. Los pueblos de Mesopotamia la dividieron en sectores y asociaron las constelaciones que los ocupaban a diferentes objetos o animales relacionados con la vida económica, social o religiosa de sus ciudades; los doce signos, tal como aparecen en la astronomía grecorromana, eran conocidos al menos por los caldeos hacia el 600 a.C. Una tablilla de la biblioteca de Sippar indica en el recto las constelaciones con sus nombres y en el verso las distancias entre ellos. Es curioso que en ella aparece diferenciado el signo de Libra (MUL.GIS.ERÉN = un tipo de balanza; Pettinato), siendo así que entre los griegos el signo se identifica con las pinzas del escorpión y sólo a partir del s. I a.C. se reinterpretarán éstas con los platillos de la balanza, lo cual será importante para sus influencias astrológicas. Sin embargo, el nombre continuó siendo χῆλαι (“pinzas”) que recuerda su antigua vinculación con el signo siguiente. Los griegos les dieron el nombre de ζῴδια (de donde Zodíaco35), manteniendo las identificaciones de la mayoría de ellos o asociándolos a personajes y objetos de sus mitos, especialmente del de Heracles. Este proceso de astralización, generalizado a otras constelaciones extrazodiacales, dio lugar a una literatura de catasterismos, cuyos nombres más importantes son Eratóstenes (III a.C.) y Arato (III a.C.) que los consagró en forma poética.

35 Una excelente visión de conjunto sobre todas las cuestiones relacionadas con el Zodíaco es el artículo de Gundel y Böker 1972, así como en el libro del primero de 1992, con amplia documentación iconográfica.Para la historia literaria del Zodíaco sobre todo en el pensamiento cristiano, recomendamos la lectura de Hübner 1983.
36 La eclíptica es un círculo inclinado 24 grados en relación con el ecuador del Universo y que recorre el Sol en su andadura anual por el Zodíaco. Se llama así porque cuando la luna o los planetas entran en ella se producen los eclipses. Los puntos en que la eclíptica toca el ecuador celeste son los equinoccios y los más alejados de aquél (en los que el Sol cambia de dirección (de N a S o viceversa) se llaman trópicos (de Cáncer, meridional y de Capricornio el septentrional).

Como ya hemos indicado a propósito de Libra, las asociaciones naturales y adscripciones mitológicas de los diferentes signos fueron esenciales para la astrología, ya que muchas de sus influencias se deben a ellas. Su consideración como seres vivos ha motivado no sólo la terminología de referencia a ellos (el nombre griego significa “figurita de animal”), sino también la de sus relaciones. En efecto, una de las doctrinas más importantes relativa a esas relaciones es la de los aspectos, nombre que (del latín adspicio = mirar) tiene que ver con la forma en que se miran (positiva o negativamente) unos a otros. Con ella se distribuyen en forma de triángulo (trígono o triplicidad, cada cuatro signos) (fig. 1), de cuadrado (cuadratura, cada tres) (fig. 2), de hexágono (sextil, doble triángulo, cada dos) (fig. 3), y en diámetro (oposición) (fig. 4). A esas figuras geométricas el pitagorismo les atribuía efectos positivos (triángulo y hexágono) o negativos (cuadrado) que serán muy importantes para establecer configuraciones entre los planetas que se encuentran en ellos. Por lo demás, a los triángulos se aplica la doctrina de los elementos y así tenemos que el primero (el de Aries) es de fuego, el segundo (el de Tauro) de tierra, el tercero (el de Géminis) de aire y el cuarto (el de Cáncer) de agua (fig. 1), con todas las implicaciones que la naturaleza de estos elementos conlleva. En cuanto a los cuadrados, los signos se asocian a su posición estacional de modo que los equinocciales y trópicos significan cambio, los siguientes (que fijan la estación) son sólidos y los últimos (que comparten rasgos de la suya y de la estación siguiente) son mixtos (fig.2). Hay otras clasificaciones relacionadas con la representación de los signos (animales, humanos, con voz, sin voz, etc.), pero la más importante es la que, de acuerdo con el principio pitagórico que considera lo impar masculino y lo par femenino, se les atribuye sexo a los signos según su orden empezando por Aries; esta alternancia, precisamente, nos da un hexágono masculino y otro femenino (fig. 3).

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4.2. Los planetas

Fig. 5. Kudurru babilonio con representación de la tríada sagradas (Sim, Shamash e Isthar).

Son estos los verdaderos dioses de la astrología. Para los babilonios (que habían identificado las dos luminarias y los cinco planetas) eran propiedad de los dioses tutelares de las ciudades de Mesopotamia y sus relaciones y movimientos indicaban la voluntad de esos dioses y, por tanto, los momentos propicios o no para las relaciones políticas, comerciales y militares entre las distintas ciudades.

Entre esos astros, los babilonios daban mayor importancia a los tres primeros de su orden, la llamada tríada sagrada (Sin, la Luna, Shamash, el Sol e Isthar, Venus), que representan a menudo en sus monumentos (fig. 5) y que condicionaría en gran medida para la posteridad el culto relacionado implícita o explícitamente con los astros. El interés de los griegos por la observación de los planetas es tardío y responde a un conocimiento de la astronomía babilonia.

Fig. 6. Orden planetario.

Hasta el siglo IV a.C. sólo conocen bien el sol y la luna y el planeta Venus, identificado como el lucero de la mañana o de la tarde con los dioscuros (Cástor y Pólux). Por primera vez en el Timeo de Platón y en Aristóteles se mencionan otros planetas y en el Epínomis (atribuido a Platón) de Filipo de Opunte se adscriben los cinco planetas sistemáticamente a los cinco dioses (Hermes, Afrodita, Ares, Zeus y Crono) como propiedad de estos, lo mismo que ocurría con los planetas de Babilonia. En cuanto al orden, hubo varios sistemas, pero pronto se fijó como canónico el orden pitagórico, de acuerdo con las distancias relativas a la tierra, que quedó como centro del Universo: Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno (fig. 6). Este orden (como el de los signos zodiacales) es fundamental, pues casi todas las doctrinas referidas a los planetas y a sus vinculaciones zodiacales lo tienen en cuenta. Son masculinos el Sol, Marte, Júpiter y Saturno, femeninos la Luna y Venus, y ambiguo (hermafrodita) Mercurio. Por otra parte, son benéficos Venus y Júpiter, maléficos Marte y Saturno e indiferente (depende de sus relaciones con los demás) Mercurio. La Luna y el Sol en principio quedan al margen de esta clasificación, aunque su acción es habitualmente positiva. La intensidad de sus efectos depende también de su marcha que puede ser progresiva, retrógrada o estacionaria y, sobre todo, de sus relaciones con los signos zodiacales que se asocian directamente con ellos por la doctrina de las casas, de los decanos y de los términos.

4.2.1. Doctrina de las casas o de los domicilios planetarios

Fig. 7. Domicilios o casas planetarias.

La astrología basa en parte su reconocimiento científico en un afán desmedido por dar la impresión de un sistema coherente. Así, si los signos son doce y los astros siete (cinco planetas y dos luminarias) el reparto era difícil. Los astrólogos resolvieron el problema atribuyendo un domicilio (diurno) al Sol y otro (nocturno) a la Luna y dos (diurno y nocturno) a cada planeta, con lo que el círculo zodiacal quedó dividido en dos hemisferios (nocturno y diurno), (fig. 7).

Naturalmente, el domicilio de un planeta es aquel signo en que dicho planeta se encuentra mejor y por tanto su influencia es mayor. Razones imitativas, así como la física de los astros, hicieron fácil asociar al Sol (rey de los planetas, por cuanto ocupa la órbita central en el orden pitagórico-astrológico) con Leo y a la Luna (astro húmedo) con Cáncer. En cuanto a los demás, se fueron asignando los signos sucesivos a los planetas de acuerdo con su orden de más próximo a la tierra a más lejano: Mercurio (Virgo y Géminis), Venus (Libra y Tauro), Marte (Escorpio y Aries), Júpiter (Sagitario y Piscis) y Saturno (Capricornio y Acuario).

4.2.2. Doctrina de los decanos

Fig. 8. Decanos planetarios.

La segunda adscripción planetaria de los signos del Zodíaco se debe al desarrollo de la astrología en Alejandría. En efecto, como hemos dicho más arriba, los egipcios marcaban el recorrido anual del sol mediante la observación de estrellas o grupos de estrellas que anticipaban su orto durante diez días, los llamados decanos (fig. 8). Pues bien, cuando los alejandrinos dieron forma al corpus doctrinal de la astrología zodiacal, decidieron rescatar sus antiguos decanos e integrarlos en el Zodíaco. La cuestión era fácil con sólo asignar a cada signo tres decanos, lo que hacía los treinta y seis. Al principio, los decanos mantuvieron sus antiguos nombres egipcios que todavía conservan los compiladores como Hefestión42; pero con el desarrollo de la astrología griega, esos nombres dejaron de tener sentido y los astrólogos decidieron sustituirlos por los planetas, incluidas las luminarias, partiendo de Marte (primer decano de Aries, que era su casa nocturna) y siguiendo el orden descendente (Sol, Venus, etc.). De esta forma se van complicando las influencias de los grados zodiacales, tutelados ahora no sólo por los planetas de los que los signos son domicilios, sino también por los decanos planetarios.

42 Según él (Astrol., I, 1-236), los nombres egipcios eran en griego: Χονταρέ, Χονταρχέ, Σικέτ (Aries), Χώου, Ἔρω, Ῥομβρόμαρε (Tauro), Σοσόλκ, Οὔαρε, Φούορι (Géminis), Σωθίς, Σίτ, Χνουμίς (Cáncer), Χαρνούμις, Ἤπη, Φούπη (Leo), Τώμ, Οὐεστεβκώτ, Ἀφόσο (Virgo), Σουχωέ, Πτηχούτ, Χονταρέ (Libra), Στωχνήνε, Σεσμέ, Σισιεμέ (Escorpio), Ῥηουώ, Σεσμέ, Κομμέ (Sagitario), Σμάτ, Σρώ, Ἰσρώ (Capricornio), Πτιαῦ, Ἀεύ, Πτηβυού (Acuario ) y Βίου, Χονταρέ, Πτιβιοῦ (Piscis).

4.2.3. Los términos

Fig. 9. Doctrina de los límites (método egipcio).

La tercera doctrina importante que relaciona signos y planetas es la de los términos. Según ésta, de la que había tres sistemas (fig.9) (el caldeo, el egipcio y el de Tolomeo), los grados de cada signo se reparten entre los cinco planetas de una forma desigual y un tanto arbitraria44. Naturalmente, esta doctrina incide también en la diversificación de los grados de cada signo en relación con sus influencias astrológicas.

44 Los intentos por encontrar una explicación coherente para dicha distribución no han tenido éxito. Hay razones de diversa índole (casa, exaltación, etc.) para justificar el orden de los planetas en la doctrina de los términos, pero la mayoría de las asociaciones escapan a nuestra comprensión.

4.2.4. Exaltaciones y depresiones

Por último, tenemos que mencionar otra doctrina según la cual hay un grado zodiacal en el que cada astro tiene su mayor intensidad (exaltación) y otro, el opuesto, en el que su influencia es débil (depresión). Tampoco en este caso sabemos la razón por la que se ha elegido ese grado concreto, aunque sí pueden intuirse los motivos de asociación entre el signo y el planeta (doctrina de las casas, razones mitológicas, etc.). La distribución es la siguiente:

4.3. Paranatéllonta

Menos influencia tienen, aunque no es despreciable, otras estrellas y constelaciones extrazodiacales que se ven todo el año (según las latitudes) en el hemisferio norte (como, en nuestro caso las Osas) o en el hemisferio sur (por ejemplo, la Nave Argo) o que van apareciendo y desapareciendo en distintas épocas, con la aparición y ocultación de los signos del Zodíaco. De su descripción, mitos y cualidades astrológicas dan cumplida razón Boll y Gundel en su excelente artículo en el volumen VI del Roscher, por lo que no vamos a detenernos aquí en esas particularidades. Ahora bien, dentro de este tipo de constelaciones extrazodiacales las más interesantes para la astrología son los paranatéllonta (o paranatéllontes), es decir, aquellas que vinculan sus momentos de ascensión y de ocultación a determinados signos zodiacales (el término significa “los (astros) que ascienden al mismo tiempo”) y cuyas influencias sobre la tierra también tienen que ver (casi siempre) con su representación mitológica o con su relación con el signo al que se vinculan. Entre estas constelaciones tuvo una especial importancia la del Perro cuya estrella Sirio marcaba el comienzo del año egipcio y anticipaba la inundación del Nilo; pero también otras, como el Delfín (sus hijos serán nadadores, buceadores, malabaristas, etc.), la Nave Argo (sus hijos serán marinos), el Altar (hace sacerdotes), sobre el que volveremos, la Cratera (causa borrachos), etc. Hubo toda una literatura descriptiva de esas ascensiones ligadas no sólo a los signos en general, sino también a sus decanos e incluso a sus grados. Entre ella destacan los tratados de Teucro de Babilonia, de Manilio y el Liber Hermetis e incluso uno de los últimos astrólogos de la Antigüedad, Fírmico Materno (luego convertido al cristianismo), dedica amplias secciones de su Mathesis a esta materia.

5. La Dodecátropos

Los Decanos y los Planetas, servían, a fin de cuentas, para adivinar el futuro de sus clientes. Y para ello su instrumento esencial, en el que convergían todos sus conocimientos y los datos que la astronomía ofrece, era la carta astral. En los textos astrológicos antiguos existían dos sistemas, la octótropos y la dodecát(r)opos, de los que, por razones obvias -al coincidir el número de particiones del esquema con el número de signos zodiacales- acabó imponiéndose definitivamente el segundo. Del primero contamos tan sólo con el testimonio de Manilio, Antíoco y alguna otra esporádica alusión en autores sobre todo de tradición romana, como Fírmico Materno.

La dodecátropos (fig.10) es una división imaginaria de la eclíptica referida a unas coordenadas geográficas concretas (las de la posición del consultante) y a un momento exacto que es el del nacimiento, el de la consulta o el de la iniciación de la actividad para la que se realiza la consulta, si se trata de una katarché. Esos lugares o divisiones de la dodecátropos (también llamadas ‘casas’, como para los domicilios planetarios) tienen unas propiedades astrológicas propias, que les vienen dadas por razones diversas, como la orientación según los puntos cardinales, los hemisferios (sobre el horizonte de la tierra o bajo éste), las relaciones aspectuales de unos lugares con los principales (los Centros, especialmente de los que están en triplicidad con el horóscopo), o los dioses bajo cuya tutela están algunos de ellos (7 en total, como planetas hay). Los Centros o cardines son los lugares que marcan los cuatro puntos cardinales en la eclíptica del lugar en el que se encuentra el astrólogo o el individuo para el que se levanta la carta astral; son los más importantes e indican el grado de signo que en ese momento está subiendo por el este (Horóscopo), que se encuentra en la parte central visible de la eclíptica (en nuestro hemisferio, el sur: Medio Cielo), que está ocultándose en ese momento por el oeste (Occidente) y que está más bajo en la eclíptica (ocupando el centro de la eclíptica bajo el horizonte, es decir en el norte: Bajo Cielo). De los demás lugares (que se llaman epanaphoraí (término griego cuya traducción es “los que suben después”), si siguen a los centros o apoklímata (“los que declinan”) si los preceden), los más positivos son los que están en configuración triangular con los centros del horizonte, es decir con el horóscopo (el lugar quinto y el noveno) o con el occidente (el lugar tercero y undécimo). Veamos ahora los nombres, cualidades y planetas que rigen los distintos lugares.

Nombres y rasgos de los doce lugares:

Lugar I (κέντρον): Es el primer Centro, llamado Horóscopo (=Ascendente). Fija el futuro de la vida (βιοδότης) y es señor del nacimiento (ἀφέτης, οἰκοδεσπότης, κύριος καὶ ἐπικρατήτωρ τῆς γενέσεως). Su importancia viene dada por nombres como οἴαξ “timón”), βίος (“vida”) ο βάσις. Es el lugar y personificación de Mercurio. Manilio: vita.

Lugar II (ἐπαναφορά): Llamado ῞Αιδου πύλη, inferna porta, es un lugar inactivo (ἀργός, piger) y permite hacer pronósticos sobre las propiedades y ganancias. Manilio: lucrum.

Lugar III (ἀπόκλιμα): Llamado θεά, dea, pertenece a la Luna y nos informa sobre estancias en el extranjero, sobre hermanos, amigos, etc. Manilio: fratres. Triplicidad con el Occidente.

Lugar IV (κέντρον): Es el segundo Centro ὑπόγειον, imum caelum. Nos orienta sobre los padres y parientes. Manilio: genitor.

Lugar V (ἐπαναφορά): Llamado ἀγαθὴ τύχη, bona fortuna, está tutelado por Venus y se refiere a los hijos. Manilio: nati. Triplicidad con el Horóscopo.

Lugar VI (ἀπόκλιμα): Negativo, es κακὴ τύχη, mala fortuna, ἀπόκλιμα negativo, que nos informa sobre las enfermedades, esclavos, enemigos, pero también sobre el trabajo. Tutelado por Marte. Manilio: valetudo.

Lugar VII (κέντρον): Es el tercer Centro occidental y contiene lo relativo a la vejez, el matrimonio y también las enfermedades. Manilio: uxor.

Lugar VIII (ἐπαναφορά): Otro lugar inactivo, llamado θάνατος, mors, que informa sobre la forma de muerte y las herencias. Manilio: mors.

Lugar IX (ἀπόκλιμα): Pertenece al Sol y se llama θεόν, deus, contiene las infor ma ciones sobre viajes y la religión. Manilio: pietas. Triplicidad con el Horóscopo.

Lugar X (Κέντρον): El Centro más importante, puesto que ocupa el lugar más alto de la eclíptica, el meridiano, se llama μεσουράνημα, medium caelum, y nos informa sobre la juventud, el poder y el prestigio. Manilio: regnum.

Lugar XI (ἐπαναφορά): En oposición con el lugar V, es como él positivo. Se llama ἀγαθὸς δαίμων, bonus genius, y está presidido por el otro planeta benéfico, Júpiter. Se refiere a los favores y amigos. Manilio: benefacta. Triplicidad con el Occidente.

Lugar XII (ἀπόκλιμα): Como su opuesto, el lugar VI, es negativo. Se llama κακὸς δαίμων, malus genius, y pertenece a Saturno. Nos orienta sobre los ene mi gos, esclavos, presos, etc. Manilio: carcer.

Una vez que el astrólogo tiene su esquema (la dodecátropos), de acuerdo con el momento y las coordenadas geográficas del lugar para el que es válida la consulta, fija el signo y el grado de signo del horóscopo y a continuación rellena las doce casas (cada una de 30º) con los signos o partes de signos correspondientes. Después, colocará los planetas allí donde corresponda, de acuerdo con las tablas astronómicas que tiene en su poder y que fijan las posiciones de esos planetas en determinados grados y minutos de los signos. Y una vez hecho esto, interpreta, de acuerdo con las diferentes doctrinas de que hemos hablado, los datos que ofrece la carta astral teniendo en cuenta sobre todo las relaciones de los signos planetas con el significado de las casas de la dodecátropos y de los planetas con ellos y entre sí. De este modo, el astrólogo se ofrece como un adivino que basa su saber en una pretendida ciencia y que con su arte puede predecir el destino o las cualidades y tendencias de un individuo (astrología genethliaca) o el resultado de una actividad (un viaje, una operación quirúrgica, una inversión, una boda, un juicio, la construcción de una ciudad o de una casa, la consagración de un templo o de una estatua, etc.) según el momento en que se inicie (astrología catárquica). Para esta última, el astrólogo cuenta con algunas indicaciones previas, que le dan los manuales y que asignan los elementos principales de la actividad casi siempre a los centros (por ejemplo, en un juicio, el horóscopo corresponde al cliente, el occidente a su contrincante, el MC al juez y el IC al tribunal o lugar donde se celebra el juicio. En este ejemplo también se atribuye la epanaphora del horóscopo (2º lugar) a los testigos del cliente y la del occidente (8º lugar) a los del contrincante)48.

48 «A propósito de los juicios y de la presentación de acusaciones hay que hacer la observación así, atribuyendo el horóscopo al acusador, el medio cielo al juez, el occidente al acusado, y el bajo cielo al juicio y al resultado del litigio. Y hay que observar también el segundo lugar y el octavo, así como la configuración de los planetas con ellos, para conocer a los que ayudan a cada uno de los litigantes; pues el segundo representa a los aliados del acusador y el octavo a los del acusado».

6. Las suertes (κλῆροι, sortes o athla en Manilio)

Ligada a la dodecátropos hay otra doctrina, la de las suertes; se trata de grados concretos de la eclíptica determinados por la distancia entre los planetas y su proyección a la dodecátropos partiendo del horóscopo. Estas posiciones tienen importancia para aspectos o actividades concretas de la ida y algunas de ellas, como la de la Fortuna y la del Daimon, se tienen en cuenta en casi todos los horóscopos. La doctrina tuvo mucho éxito en la astrología tardía y en autores árabes (como Albumasar) se llegaron a tener en cuenta hasta casi un centenar de estas posiciones. Pero las tradicionales y más antiguas (que leemos en Tolomeo, Valente o en Pablo de Alejandría y que estos autores refieren a menudo a Hermes Trismegisto) son siete:

1. Fortuna (Τύχη): Se determina (para un nacimiento diurno) midiendo la distancia que hay del Sol a la Luna y llevando esa distancia a partir del horóscopo; para un nacimiento nocturno, la distancia se computa desde la Luna hasta el Sol (por ejemplo, si el Sol está en 1º Géminis y la Luna en 1º Leo y el horóscopo en Acuario 1º y el nacimiento es diurno, la distancia Sol-Luna (= 2 signos : 30º de Géminis + 30º de Cáncer) se contará a partir del horóscopo (1º Acuario), de modo que la Fortuna estará en 1º Aries (30º Acuario + 20º Piscis); si el nacimiento es nocturno, contaremos la distancia Luna-Sol (en el ejemplo 10 signos, desde Leo hasta Géminis) y la llevaremos a la eclíptica a partir del horóscopo (en el ejemplo caería la Fortuna en 1º Sagitario).

2. Genio (Δαίμων): Se determina (para un nacimiento diurno) midiendo la distancia que hay de la Luna al Sol y llevando esa distancia a partir del horóscopo; para un nacimiento nocturno, la distancia se computa desde el Sol hasta la Luna. Es lo inverso de la Fortuna.

3. Victoria (Νίκη): Se determina (para un nacimiento diurno) midiendo la distancia que hay desde Júpiter hasta el Genio y llevando esa distancia a partir del horóscopo; para un nacimiento nocturno, la distancia se computa desde el Genio hasta Júpiter.

4. Necesidad (Ἀνάγκη): Se determina (para un nacimiento diurno) midiendo la distancia que hay desde Mercurio hasta la Fortuna y llevando esa distancia a partir del horóscopo; para un nacimiento nocturno, la distancia se computa desde la Fortuna hasta Mercurio.

5. Amor (Ἔρως): Se determina (para un nacimiento diurno) midiendo la distancia que hay desde la Suerte del Genio hasta Venus y llevando esa distancia a partir del horóscopo; para un nacimiento nocturno, la distancia se computa desde Venus hasta el Genio.

6. Audacia (Τόλμα): Se determina (para un nacimiento diurno) midiendo la distancia que hay desde Marte hasta la Fortuna y llevando esa distancia a partir del horóscopo; para un nacimiento nocturno, la distancia se computa desde la Fortuna hasta Marte.

7. Venganza (Νέμεσις): Se determina (para un nacimiento diurno) midiendo la distancia que hay desde Saturno hasta la Fortuna y llevando esa distancia a partir del horóscopo; para un nacimiento nocturno, la distancia se computa desde la Fortuna hasta Saturno.

7. Acción de los astros sobre el hombre: Melotesia zodiacal y planetaria

De la lectura de todos esos elementos técnicos relacionados con la astrología que, de una manera bastante sintética, acabamos de exponer, cualquiera puede deducir ya la importancia de esta pseudociencia como técnica adivinatoria y la incidencia que tuvo en el mundo helenístico-romano en que se fue configurando. Su capacidad de previsión (y a veces de solución de los problemas que aquejaban a los clientes) fue asombrosa, ya que se extendía a todos los ámbitos de la vida pública y privada. Reyes, cabecillas de facciones políticas y emperadores tuvieron (pese a firmar muchas veces decretos de expulsión) a conocidos astrólogos como consejeros y la tradición nos dice que algunas ciudades importantes como Alejandría, Constantinopla, Antioquía y otras, fueron fundadas previo conocimiento de las mejores condiciones astrales para su futuro50.

50 El manuscrito de Leiden, Codex Leid. B.P. Gr. 78 recoge algunos de estos horóscopos (Alejandría, Antioquía, Gaza, Cesarea y Neápolis), aunque las posiciones astrales que se establecen en ellos o tienen algún error o no corresponden a la realidad astronómica, por lo que hay que considerarlos ficticios. Sobre la importancia dada a la astrología en la fundación de las ciudades.

Igual que en Mesopotamia dijimos que la estrecha relación entre las ciudades y los planetas de sus dioses tutelares era el fundamento para predecir determinados momentos de su historia política y económica, los astrólogos grecorromanos basaron gran parte de sus predicciones concernientes a países, ciudades e individuos en la adscripción de los seres de la tierra y, en el caso concreto de la geografía y del cuerpo humano, a los diferentes signos, planetas o decanos, de modo que el comportamiento de aquellos o el paso de los astros principales por el Zodíaco (sobre todo la luna, ya que ésta recorre cada signo en dos días y medio aproximadamente) permitía al astrólogo aconsejar sobre cuestiones de política, economía, catástrofes naturales, salud y enfermedades. Sería largo tratar detalladamente todas esas cuestiones (existe una zoología, una gemología, una botánica, una farmacopea, una geografía astral51) y no es este el ámbito adecuado para ello. Pero, dada su popularidad (que llega hasta nuestros días) y su atractivo para nosotros, mencionaremos aunque sólo sea de forma breve la melotesia zodiacal y planetaria que ya nos ocupó en otro momento y que há sido objeto de uno de los últimos libros de Hübner.

51 Para las plantas, metales, piedras y animales remitimos a Pérez Jiménez 2010. En cuanto a la geografía, hay varios trabajos que analizan en concreto la zodiacal, decánica y planetaria (Bouché-Leclercq 1899). Una síntesis sobre las adscripciones en los diferentes textos, con intento de explicar las asociaciones puede verse en Pérez Jiménez 1998.

La melotesia (del griego μέλος = “miembro” y θέσις = “disposición”) es el reparto del cuerpo humano entre los signos del Zodíaco, los decanos o los planetas. En cuanto a la zodiacal, Aries rige la cabeza, Tauro el cuello, Géminis los brazos, Cáncer el pecho, Leo el corazón, Virgo el pubis, Libra las caderas, Escorpio el sexo, Sagitario los glúteos, Capricornio las rodillas, Acuario las piernas y Piscis los pies (fig.11). Naturalmente, los dolores que el hombre siente en esas partes se atribuyen de alguna manera a los signos que las rigen y, para la curación de las enfermedades o dolencias correspondientes, se proponen remedios constituidos por las plantas regidas por esos mismos signos zodiacales o evitar sangrías en esas partes durante los días en que la luna recorre el signo que rige el miembro enfermo. Se establece así una verdadera medicina astrológica (iatromatemática) que se enriquece con la adscripción de los órganos internos y también de las partes del cuerpo a los planetas (melotesia planetaria, fig. 12). Es aquí donde actúan sobre todo las asociaciones con las características físicas de los planetas o con las atribuciones de los signos en los que se encuentran en exaltación o que son sus domicilios. A Saturno se le adscribe la oreja derecha, la vejiga, el bazo, la flema y los huesos, todo lo húmedo y duro con mezcla de frío. Júpiter rige el tacto, el pulmón, las arterias y el esperma, todo lo templado y pneumático.

Marte rige la oreja izquierda, como colaborador de Saturno en malas obras, los riñones, las venas y los testículos, fuente de calor y pasión. El Sol, ojo del mundo, rige los ojos, el cerebro, el corazón, los nervios y el lado derecho del cuerpo, que corresponde al hemisferio de los domicilios diurnos. Rige los órganos hegemónicos. Venus tiene el olfato, el hígado, asiento de la intuición femenina, la carne. Mercurio domina la lengua y la bilis, por su movimiento rápido. La Luna, por último, rige la mitad izquierda del cuerpo, el sentido del gusto, el estómago, el vientre y la matriz.

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