Astrologia na Ciência e Filosofia

Libra Astronómica y Filosófica

Carlos de Sigüenza y Góngora

Presentación de José Gaos
Edición de Bernabé Navarro
Universidad Nacional Autónoma de México
México 1984

Presentación

Lo que se sabe de la Libra Astronómica y Filosófica de don Carlos de Sigüenza y Góngora se debe a la publicación hecha de ella en 1690 por don Sebastián de Guzmán, al “Prólogo a quien leyere” de este editor y al texto de la Libra misma. Ésta la escribió don Carlos como parte de una polémica promovida por él con la publicación de Matiifiesto filosófico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos, reproducido en la Libra. El proprio Manifiesto cuenta su origen con ocasión de la aparición de un cometa desde mediados de noviembre de 1680 y de la conmoción causada por ella en los ánimos de los mortales, entre ellos el de la virreina de la Nueva España. Para tranquilizar este virreinal ánimo se apresuró don Carlos a hacer a la condesa de Paredes y marquesa de la Laguna el obsequio del “tratadillo” que dedicado a ella se publicó el 13 de enero de 1681. De la acogida del Manifiesto por el público dan noticia el rector de la Universidad en la “Aprobación” de la Libra, segunda de las insertas a continuación del “Prólogo a quien leyere”, en la edición de 1690, pero que son de octubre y noviembre de 1682, y el propio don Carlos en el primer aparte subsiguiente a los que correspondieron al Manifiesto inserto en la Libra. Pero el principal efecto de la publicación del Manifiesto fue la ya mentada promoción de una polémica. “El primero que tocó al arma” fue un don Martin de la Torre, que de Flandes había venido a parar en Campeche, con un Manifiesto cristiano en favor de los cometas mantenidos en su natural significación. Don Carlos contraatacó con un Belerofonte matemático contra la quimera astrológica. De este perdido Belerofonte reproduce la Libra un fragmento compuesto por un pasaje del Manifiesto de don Martín y la larga réplica a él. El segundo en entrar en la liza fue un doctor Josef de Escobar Salmerón y Castro, catedrático de medicina en la Universidad, con un Discurso cometológico y relación del nuevo cometa. A este colega universitario, y quizá anterior rival en las oposiciones a la Cátedra de Astrología de la Universidad, se prometió don Carlos, y sin duda se cumplió la promesa, no responder jamás, por no ser digno de ello su escrito y por cierta “espantosa proposición’’ en él sentada. Del Discurso de Escobar no se conoce más que un paisaje citado por la Libra incidentalmente, pero en el que se encuentran precisamente las afirmaciones de que don Carlos entresaca, condensada y más impresionante, la “espantosa proposición”: “haberse formado este cometa de lo exhalable de cuerpos difuntos y del sudor humano”. El tercer polemizante contra don Carlos fue el autor de la Exposición astronómica del cometa que el año de 1680, por los meses de noviembre y diciembre, y este año de 1681 por los meses de enero y febrero se ha visto en todo el mundo y le ha observado en Cádiz el padre Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús, que fue la publicación a la que se sintió movido y creyó obligado don Carlos a responder con la Libra. De motivos y creencia fueron antecedentes las relaciones entre el padre Kino y don Carlos, de que éste da noticia en la Libra. En lo que hubo de turbio en aquellas relaciones se engendró, sin duda, el ataque del padre Kino a don Carlos. Lo anunciaron rumores. Mientras éstos venían sin llegar la publicación habría estado don Carlos en un estado de ánimo del que la descripción no es psicológicamente muy verosímil, pero da a don Carlos lugar para deslizar la irónica alegría de que quien lo censurase fuese quien sólo llevado de la caridad se lo corrigiese. El ataque llegó como la flecha del parto. Y fue todo uno leer don Carlos la Exposición y sentirse agraviado como amigo. El que el padre Kino viniese a decirle loco, punzó singularmente a don Carlos, que vuelve sobre el cargo – y lo devuelve. Singularmente también le punzó la que estimó una indelicadeza del padre Kino: haber éste dedicado su Exposición ál virrey a cuya esposa había él, don Carlos, dedicado el Manifiesto. Parecería, pues, que don Carlos había escrito la Libra movido por el afán de vindicar tales agravios y por otros motivos personales y razones menos personales. Pero el testimonio de don Sebastián de Guzmán atribuye el haberla escrito don Carlos a instancias del propio don Sebastián y de otros amigos. Lo más verosímil psicológicamente parece ser que las instancias de los amigos acabaran de decidir a don Carlos a dar a la réplica del padre Kino una contrarréplica que no podía dejar de sentir el afán de dar, sobre todó teniendo el carácter que tenía. Sin embargo, es un hecho que don Carlos no tuvo interés en publicar la Libra. Debió de quedar contento con que la conociesen sus amigos. En todo caso, las relaciones entre don Carlos y el padre Kino terminaron de mala manera, hasta en un detalle que no deja don Carlos de mencionar. El original de la Libra quedó en poder de don Sebastián de Guzmán, que lo publicó en 1690 por motivos en parte iguales a los que habían dado origen, en definitiva, a la Libra; el terror que promovían por aquellos tiempos los cometas.

(…)

belerofonte71

Peter Paul Rubens, Belerofonte Montando a Pégaso.

Examina Incidentemente la Filosòfica Libra los Fundamentos em que, dicen, Estriba la Astrología

Preámbulo: enlace con lo anterior

317. «Decir el reverendo padre en su carta, que queda inserta en el número 221, durarían los efectos de este cometa tantos más años cuantos más días o meses, nos fue patente cjue es lo que discurren los astrólogos en el juicio que hacen de los eclipses; y leerse, en el principio de su dedicatoria, que examinó este cometa a la luz de la más aprobada astrología, me obligaba a decir el que se persuade, sin duda alguna, ser indefectible y cierto lo que ésta enseña. Y siendo la pronosticación que en su carta hace, la misma y con las mismas palabras que cualquiera otra de las muchas que se hallan de otros en libros manuales de los astrólogos, tuviera por cierto (como si lo viese) haber hecho allá a sus solas el reverendo padre cuanto en semejante empeño blasonaron y pusieron en sus libros los que le precedieron en estos juicios».

318. «De pensarlo así, se me ofrecía campo bastante para examinarle la correspondencia entre años de efectos cométicos y días o meses de comética duración; pero estando ya reconciliados y amigos, y habiendo escrito contra la astrología no sólo en el Lunario del año de 1675, sino también él presente de 1681 en mi Belerofonte matemático contra la quimera astrológica de don Martín de la Torre, matemático campechano, no hallo razón para que aquí con aquel motivo se haga lo proprio. Esto no obstante, para que se vea que la aprobada astrología de que se valió mi amigo el reverendo padre Ensebio Francisco Kino para examinar el cometa, fue mucho más primorosa y fundamental que la que está en los libros, juzgando no se desagradará el letor de novedades curiosas que aquí hallará, pondré, con su licencia, algo de lo que en aquel papel dije en esta materia por el siguiente motivo».

319. «Sentido don Martín de la Torre de que dijese yo en mi Manifiesto, no ignoraba las autoridades de poetas, astrólogos, filósofos y santos padres, con que podían oponerse a lo que había escrito contra los cometas, y haciendo juicio de su entidad, aseguré el que a los astrólogos no tenía otra cosa que decirles, sino el que yo también soy astrólogo y que sé muy bien cuál es el pie de que la astrología cojea y cuáles los fundamentos débilísimos sobre que levantaron su fábrica; pareciéndole se contenía un sacrilegio en este mi dicho, en que él omisivamente incurría si, como grande astrólogo que es, no me lo castigaba, tomando en la mano el azote de sus elegantes palabras y razones, comenzó a corregirme magistralmente diciendo así: Propone el muy excelente matemático don Martín de la Torre estos fundamentos.

320. «Habiendo dicho don Carlos de Sigüenza el que también es astrólogo y que sabe cuáles son los débilísimos fundamentos sobre que levantó su fábrica la astrología, debo yo sacarlos a luz en este mi Manifiesto cristiano, para que no derogue a su lustre tan bosquejoso apuntamiento. Notorio es que todas las ciencias naturales tuvieron en su origen fundamentos débiles. Principiólas la curiosidad, ayudada de la luz de la razón natural; adelantólas el deseo de inquirir las causas de los efectos y las perficionó la larga y científica experiencia».

321. «Aunque a esto debe la ciencia astronómica y astrológica el realce de su grandeza, la acreditan, con preferencia a las demás facultades naturales, dos excelencias principales, que son la antigüedad y infusas gracias de las revelaciones divinas; pues es verdadera tradición que esta ciencia empezó casi con los mismos astros, pues a Adán la manifestó Dios sobrenaturalmente para su gobierno y [el] de los venideros por el conocimiento de las virtudes, pasiones y naturaleza de los astros, pues sabía su grandiosa Providencia lo arduo de esta ciencia y que sólo tenía destinada su comprensión caldeos, egipcios y griegos, hasta los tiempos de Hiparco y Ptolemeo, su príncipe y restaurador».

322. «Divídese esta ciencia en dos especies, y es la primera la observatoria, que considera los movimientos celestes, forma las teorías de los planetas, determina sus aspectos recíprocos y, por ellos y su lugar en el Zodíaco, indica los momentos de los futuros eclipses; la segunda es la judiciaria, que sobre estas basas asentadas pronostica, en lo natural de los futuros contingentes, mudanzas de tiempos y otros accidentes para el gobierno de las cosas sublunares; de manera que de la primera se debe el conocimiento a las continuas observaciones de los movimientos celestes, y de la segunda, que es la judiciaria (en mi sentir), a la experiencia sola».

323. «Porque reparaban los antiguos que en ciertos aspectos o distancias de los planetas entre sí, en diferentes lugares del Zodíaco, resultaban varias y notables mudanzas en los tiempos y gobierno sublunar, por donde entraron en conocimiento de las pasiones, virtudes y naturaleza de las estrellas, signos y planetaé, que perficionó la continuada sucesión de los modernos por el de otros prodigios celestes, cuales son las estrellas nuevas y cometas, en cuyas apariciones anotaban sus calidades, colores y otras apariencias conformes a las de los planetas, y observaban los signos en que nacían, sus conjunciones con el Sol, si eran orientales u occidentales, y lo que entonces producían estas apariencias».

324. «Verdad es que muchas veces no corresponden los efectos que indican los pronósticos; pero no hay para qué buscar tanta precisión en lo natural, pues aún no son harto conocidas las virtudes de los astros, porque, según los árabes, cada momento descienden mil influencias celestes, cuyo conocimiento se reputa entre los arcanos secretos de Dios, y todos confesamos con el profeta Job (‘¿Acaso conociste el orden del cielo, o pondrás su razón en la Tierra?’) que es dificultosísimo e incomprensible el perfecto conocimiento de las virtudes celestes, tan precisamente cuanto requiere el infalible juicio astrológico».

325. «Si tuviéramos perfecto este conocimiento, según autoridad que hay de Santo Tomás, se pudiera pronosticar con cierta evidencia de las cosas futuras, como de hambres, fertilidades, pestilencias y otros sucesos sublunares, porque hay causa determinada, que son las virtudes y influencias celestes que causan los planetas en sus movimientos, conjunciones, eclipses y otros aspectos, si no lo estorbara la voluntad divina que, no obstante, siempre obra según orden de la naturaleza, como siente San Agustín y San Juan Damasceno».

326. «Maravillas todas de la singular providencia de Dios, pues dispone un medio proporcional entre la total ignorancia y la perfecta inteligencia de esta ciencia astrológica, no denegando al hombre la bastante comprensión para su gobierno, ni concediéndola entera, porque no descansando el inquirir de sus maravillas, siempre halle nuevos motivos de sus alabanzas; y también porque, previniendo Dios lo inclinado del hombre a las supersticiones y culto de los cielos, no cayese en el precipicio de las depravadas opiniones que, introduciendo la precisa necesidad de los efectos de sus influencias, daban a los astros lo que sólo se debía a su divino ser, según lo de Job: ‘Al ver el Sol cuando resplandecía y a la Luna caminando con claridad, se alegró mi corazón en lo recóndito y besé mi mano en mi boca’, que era señal de adoración. Y aunque Salomón tuvo esta ciencia infusa de Dios, sólo se extiende en cuanto a lo bastante para su gobierno, pues dice: ‘Difícilmente comprendemos lo que hay en la Tierra y descubrimos con trabajo lo que está a la vista, mas las cosas propias del cielo ¿quién las investigará?’».

327. «No apoyo el que a las reglas de los antiguos, ‘excluidas siempre las supersticiones condenadas por la Iglesia’, en todo lo demás se les haya de dar el crédito que sus axiomas refieren, porque no ignoro que muchas cosas enseñaron sobre fundamentos débiles, y que, después de fundadas, aunque gentiles, confesando la insuficiencia humana, a Dios sólo dejaron la verdadera inteligencia de lo futuro; Séneca dijo: ‘Los dioses solos saben lo futuro’, y Ptolemeo en el Centiloquio: ‘Las cosas que enseño a los hombres, son intermedias entre lo necesario y lo posible’. Pero no niego que en cuanto a lo lícito, en lo general, se siguen con aprobación sus axiomas en los juicios de lo natural, cuyas principales basas son la experiencia de los sucesos y tradiciones de los primeros tiempos».

328. «En cuanto a las observaciones del autor del camino de este cometa por las constelaciones que refiere, serán conformes a lo que indica la inspección del globo celeste, aunque no bastantes para sacar la efemérida de su movimiento diurno y lugar con la precisión que esta materia requiere, para que tengan el aplauso de los matemáticos de Europa. Si se han hecho otras más cumplidas, siempre les daremos la estimación que mereciere su exactitud para lustre y progreso de la astronomía, etc.».

Demuéstrase ìa debilidad de estos fundamentos y ser consiguientemente irrisible la astrología

329. «Nadie, si no es incurriendo [en] gravisima nota, podrá negar haberle comunicado Dios a Adán la ciencia natural de las cosas, por ser doctrina de Santo Tomás, de San Buenaventura, de Hugo de San Víctor, y común de los escolásticos con el Maestro, deduciéndolo del hecho de haber impuesto nombre a los animales, lo cual no podia ser, si no era con la perfecta ciencia de esos vivientes y con grandísima pericia del dialecto de alguna lengua y de la propiedad individua de sus palabras. Dícenlo asi Eusebio [en el] libro I De Praeparatione Evangelica; Crisóstomo [en la] homilía In Genesim, y parece que expresamente lo afirmó el Sabio en el Eclesiástico: “Los colmó de facultad de entendimiento, creó para ellos una ciencia de inspiración, llenó de juicio su corazón y les mostró el bien y el mal; puso su ojo sobre los corazones de ellos, mostrándoles las grandezas de sus obras, para que alaben el nombre de su santificación, y la gloria en sus maravillas, para que narren las grandezas de sus obras».

330. «Parece haber sido conveniente esto, tanto de parte de Dios, cuyas obras son perfectisimas, cuanto de parte de Adán, o para la integridad absoluta de la felicidad de aquel dichoso estado en que se hallaba antes de pecar; o porque no estuviese poseído de la ignorancia otro tanto tiempo, cuanto era necesario para adquirir con experiencias ciertas, largos discursos y especulaciones prolijas, no ya una, sino las ciencias todas; o porque, no siendo posible que con solas las fuerzas de la naturaleza consiguiese la verdadera ciencia de las cosas, sin fine por lo limitado de la humana capacidad se perjudicase con muchos errores y engaños, era cuidado de la Providencia divina criarlo de tal manera perfecto, que pudiese conocer todas las verdades naturales sin error alguno; o porque habiendo de ser Adán maestro del resto de los hombres, no sólo en las cosas pertenecientes a la fe y a la religión, sino en las naturales, que siempre nos habian de ser necesarias, aun en el feliz estado de la inocencia, no era justo las ignorase; y otras razones que pueden verse en cualquier autor que tratare de esta materia».

mucha-artist-alphonse-mucha-art331. «Siendo pues indubitable todo lo dicho, ¿quién dirá el que ignoró Adán la astronomia? Grande autoridad es la de Gelaldino, citado del erudito padre Atanasio Kirchero en el Edipo egipciaco*. “Adán instruyó a su hijo Set, y existió en él y en sus hijos la profecia, y trazó Dios sobre él veinte y nueve páginas; y lo sucedió su hijo Cainán y a Cainán Mahaliel, y a Mahaliel su hijo Yared, y recibió de él la instrucción, y le enseñó todas las ciencias y las historias que sucederían en el mundo, y ejercitó la astronomía, la cjue también aprendió de los libros que le trasmitió a él Adán, su padre: sobre él la paz”. Y no menos buena entre muchísimas que pudiera citar, la del padre Sherlogo en [su] Dioptra Antiquitatum Hebraicarum: “En esta disciplina (habla de la astronomía) sobresalieron Adán, primer padre de los mortales. Set, Noé, Abraham, José y los mejores de los patriarcas; por tanto, bajo estos límites debe ser abrazada y venerada”. Pero inmediatamente prosigue: “Mas en cuanto que avanza, en lo práctico, más allá del conocimiento de las cosas siderales, esto es, a aquella posición en que pretende ser adivinatoria, judiciaria y pronosticadora, puesto que desvía el conocimiento sobre las relaciones y naturaleza de las constelaciones a este fin, a saber a que por los movimientos de los mundos y por los aspectos de los astros prediga los sucesos futuros en el mundo inferior, debe ante todo ser evitada».

*Además, había leído el libro de Atanasio KircheroEdipo egipcíaco, en donde afirmaba que los egipcios y los mexicanos tenían un parentesco mediado por el dios Neptuno, de cuyos hijos no se supo nada hasta que estos NAHUAS edificaron una ciudad sobre el agua.

332. «Otras muchas autoridades si fuera necesario pudieran traerse para apoyar esto último, que es ser detestable la astrología y que quizás por eso no la practicaron los patriarcas que expresa; pero baste la referida por todas, mientras doy algunas razones que lo corroboren, siendo entre todas la más considerable el haber ignorado Adán la naturaleza de las estrellas, por lo cual no les puso nombres, reservándose Dios a sí esa providencia: “Quien numera la multitud de las estrellas y a todas ellas pone nombres”. Él, que no sólo sabe el número excesivamente grande de las estrellas, sino quien les da el nombre acomodado a sus propriedades. Y esto le pareció a David cosa tan grande, que de ello sacó motivo para engrandecer el dominio, la virtud y la sabiduría divina: “Grande es el Señor Nuestro y grande su poder y para su sabiduría no existe límite”.»

333. «Advirtió esto antes cpie yo un doctísimo Anónimo en [sus] Excerpta Astronomica, que se hallan al fin del volumen epte contiene las obras de C[ayo] Julio Higino y otros mitólogos, impreso en León de Francia por Juan de Gabiano, año de 1608, en 8, el cual comienza de esta manera la prefación al letor: “La verdad primera afirma que Dios llevó ante el hombre a todos los animales para que viera con qué nombres se llamarían éstos. Igualmente que todo nombre puesto a las cosas por Adán, es el nombre de ellos. Mas a las estrellas parece que el primer hombre de ninguna manera les impuso los nombres, ni Dios, opinan los teólogos, le encomendó a él tamaña empresa”. Y no es esta aserción tan extraña que no tenga (como verdaderamente lo tiene) apoyo en la misma letra del Génesis: “Formados, pues, del barro todos los vivientes de la Tierra y todos los volátiles del cielo, los llevó el Señor Dios ante Adán para que viera cómo los llamaba, pues toda ánima viviente que llamó Adán, así es su nombre. Y llamó Adán con sus nombres a todos los animales y a todos los volátiles del cielo y a todas las bestias de la Tierra”. Opinión a que también dio asenso el cardenal Cayetano».

334. «Y aun cuando fuera cierto (que no lo es) el que conoció la naturaleza de las estrellas y les dio nombres a estas naturalezas acomodados, siendo asentado el que la ciencia que tuvo Adán de las cosas naturales (aunque infusa) fue, en cuanto a lo específico, de la misma especie que la que adquirimos con las especulaciones discursivas y prácticas comunes, como dice Santo Tomás; cómo podrá dejar de ser absolutamente aplaudido lo que enseñó el doctísimo padre Suárez, [en el] libro De Opere Sex Dicrum: “Aquella ciencia de Adán no fue infusa de por sí, sino accidentalmente, y por tanto la ciencia que tuvo de los cielos (así como también de las otras cosas) no trasciende, en especie y substancia, a aquella ciencia que la naturaleza humana puede adquirir acerca de las estrellas o los cielos por medio de los sentidos y por los efectos. Y en este aspecto, aquella ciencia de Adán pudo no ser conocimiento quiditativo de los cielos, ni comprensiva de todas las virtudes de las estrellas; y relativamente también, la misma ciencia de Adán pudo ser menos perfecta acerca de los cielos, que acerca de las otras cosas más cercanas a los sentidos. Porque el hombre puede conocer más perfectamente lo que está más próximo y proporcionado a los sentidos, que aquello que dista mucho de los sentidos. No obstante, en aquel grado en que puede ser adquirida por los hombres la ciencia de los cielos, Adán la adquirió perfecta; y todo lo que uno o muchos hombres pudieran obtener, en largo tiempo y con grande trabajo y múltiples observaciones acerca de los cielos o de los elementos y mixtos, todo eso fue infundido a Adán mediante esta ciencia. Y por el contrario, lo que no puede saberse investigando con la diligencia y virtud humanas, no está comprendido tampoco bajo aquella ciencia”. Luego si los hombres no han podido alcanzar el conocimiento de la naturaleza de las estrellas, sus influencias y virtudes con evidencia física y matemática certidumbre, aunque apelen a las experiencias y observaciones, que dicen ser los fundamentos de esta arte, de que tengo mucho que hablar en lo de adelante, cierto es que no se le comunicó a Adán y que por el consiguiente no supo la astrología».

335. «Antes para decir que la ignoraba, tengo sobrado apoyo en lo que se lee en el Apocalipsi del beato Amadeo, donde revelándole el arcángel San Gabriel lo que pasó en el paraíso entre nuestros primeros padres y Lucifer, dice que lo último con que los engañó fue lo siguiente: “Y el Diablo dijo a ella: De ninguna manera moriréis; porque habéis sido creados en tal horóscopo y en tal aspecto de los astros, que viviréis por largas épocas y siglos; y les mostraba aquello que habia dicho por medio del influjo de las estrellas, y parecía una causa bien asignada; pero no atendían, ni Eva ni Adán, a la muerte por la que habían de morir al prevaricar contra los preceptos divinos. Y sucedió que tanto ella misma como su marido, conocieron que no morirían por entonces, según las razones asignadas por Lucifer».

336. «No sé que leida esta autoridad haya quien asevere porfiadamente el que Adán conoció la naturaleza de las estrellas, o supo científicamente la astrología, pues es cierto que a saber con evidencia no ser, ni poder ser así lo que el Demonio le proponía, no hubiera dado asenso a ello con tantas veras; y en ello no le hago agravio alguno a nuestro primer padre, porque como quiera que este conocimiento de la naturaleza de las estrellas habia de ser (como es fuerza que digan los que sintieren lo contrario de lo que digo) para que, sabidas por ellas sus cualidades, propriedades y modo de influir, supiese también los efectos futuros que hablan de dimanar de las estrellas como de causas, es cierto que este conocimiento de los futuros, por medio del conocimiento de las estrellas, no lo tuvo nuestro padre Adán, como dice el citado Anónimo: “En cuanto a los pronósticos de las estrellas, de los que algunos se glorían tan empeñosamente, afirmamos que los hombres no tienen ningún preconocimiento de lo futuro. Pues ni siquiera en el principio de su creación el hombre fue dotado de ella. Porque Dios solo posee el conocimiento de las cosas futuras».

337. «Y aunque es constante que de parte del objeto no hay repugnancia para conocer algunos futuros independientes de la libertad del albedrío, con todo no se atrevió el padre Suárez, citado arriba, a decidir si esto excedía la capacidad de los hombres o la amplitud de la ciencia humana, aunque fuese infusa. Y aunque tiene por opinión, como también otros teólogos, el que esta ciencia de Adán se pudo extender a conocer algunos futuros, que dependían de pocas causas, añade a esta aserción: “Sin embargo, puede ser lo contrario si concurren o pueden concurrir tantas causas, que naturalmente esté por encima del ingenio humano reconocerlas y comprenderlas simultáneamente. Y por esto, parece que debe decirse simplemente que no pudo Adán conocer todos estos contingentes por medio de esta ciencia».

338. «Luego si para conocer alguna futura alteración sublunar, era necesario tener conocimiento de innumerables causas que para ello podía haber, por ser innumerable el número de las estrellas, innumerables los respectos que podían tener en sus ascensiones, descensiones oblicuas y mediaciones del cielo por la oblicuidad del horizonte de Adán, y también innumerables los aspectos y configuraciones de los planetas entre sí y con las fijas, ¿cómo podrá decirse el que supo la astrología, esto es, que tuvo ciencia de las futuras alteraciones de lo sublunar causadas por las estrellas, cuando para el conocimiento de cada una intervenía tan innumerable número de causas?»

339. «De lo dicho se infiere no sólo lo que pretendo, sino la probabilidad grande que tiene la autoridad de Amadeo, en que el Demonio fue el primero que usó de la astrología o, por mejor decir, el único que la introdujo en el mundo. Y si acaso fue esto, ¡cómo podré dejar de decir que todo lo que de aquí resultó se le debe a la astrología, los trabajos, las penalidades, los sudores, las hambres, las fatigas, los dolores, las enfermedades, la muerte! ¡Oh, ciencia!, si este nombre puede dársele a la que fue el principio de la ignorancia. ¡Oh, ciencia, origen de los infortunios, causa de nuestro daño, seminario de las desdichas! Muy bien tenía esto reconocido Lactancio Firmiano en el libro De Origine Erroris, cuando le da por autor al Padre de las mentiras: “De ellos, es decir, de los demonios, son estoinventos: la astrología, la adivinación y la pronosticación, etc.” Y no menos bien el erudito padre Gaspar Schotto en su Taumaturgo físico: “De aquí nacieron, ya desde los primeros orígenes del mundo (teniendo en verdad como autor a aquel que mendazmente prometiá a nuestros primeros padres la semejanza con los dioses y la ciencia del bien y del mal), tantas artes, más bien vanidades y supersticiones, etc.».

Advertido el Demonio de lo bien que le había ido con proponerle a Adán medios para saber lo por venir340. «Advertido el Demonio de lo bien que le había ido con proponerle a Adán medios para saber lo por venir; “Seréis como dioses sabedores”, comenzó desde luego a fraguar en la obscura oficina de su encono, aquella inmensidad grande de modos ilícitos y supersticiosos que hay para saber lo futuro, que se pueden ver en Torreblanca, Benedicto Pererio, Gaspar Peucero, Martín Antonio del Río, Julio César Bulengero y Gaspar Schotto, para tener dominio sobre los hombres, saciándoles en algo aquel deseo y propensión que todos tienen de saber lo venidero y oculto; y para esto se valió de Caín y sus descendientes, que fueron los primeros autores de la magia y astrología, de los cuales la supo Cam, hijo de Noé, el cual, como doctamente prueba Kirchero en su Obeliscus Pamphilicus, fue el antiguo Zoroastro: “Aquel verdadero y primer Zoroastro fue Cam, hijo de Noé, inventor de toda magia e idolatría, el cual ejerció las artes y ciencias ilícitas, que había aprendido de la impía descendencia de los cainitas antes del cataclismo, después de éste, etc.”; y más adelante: “Fue, pues, Cam el único que, difundiendo por vez primera en toda partes la fama de su nombre en virtud de las artes mágicas y de la pericia en la adivinación astrológica, etc.” De este Zoroastro dijo el antiguo Suidas: “Zoroastro, persa medo, superior en sabiduría a los demás astrónomos, que fue también el primer autor del nombre de magos, admitido entre ellos. Y circulan por todas partes sus cuatro libros Sobre la naturaleza, uno Sobre las piedras preciosas, cinco libros de Predicciones según la observación de las estrellas».

341. «Que hiciese esto por insinuación del Demonio, se infiere de lo que, en Casiano, dijo el abad Sereno: “Recibiendo el linaje de Set de la tradición paterna hasta el mismo Adán, a través de sucesiones de generaciones, la ciencia de todas las naturalezas, y mientras permaneció separado de la sacrilega descendencia de Cam, así como la había enseñado fielmente, así en efecto la ejerció para utilidad de la vida común. Mas cuando se hubo mezclado a la generación impía, por cierta instigación de los demonios desvió a las cosas profanas y malas lo que había aprendido piadosamente, y con ella instituyó audazmente sutiles artes de maleficios e imposturas y supersticiones mágicas, enseñando a sus descendientes, etc.” Este es de la astrología judiciaria el origen, éstos sus primitivos progresos, ésta la piedra angular sobre que levanta su fábrica: luego débilísimos serán los fundamentos sobre que estriba».

[Dícense las observaciones de los antiguos astrólogos y cuál sea su género, origen, función y validez]

342. «Pero doyle que no sea cierto lo que se ha dicho, sino que sin que en ello interviniese el Demonio, la hayan conseguido los hom bres con largas experiencias, advirtiendo que las alteraciones sublunares eran consiguientes a los ortos, ocasos y varias posiciones de los planetas y estrellas, y que conservada la memoria de estas experiencias y observaciones o en los libros o en parapegmas, tablas, efemérides o hemerologios, fuesen el fundamento y principio de la astrología. Pero pregunto: ¿qué género de observaciones fueron éstas de los antiguos astrólogos? Pudiera responderme, por boca del trágico Esquilo, el celebrado Prometeo, que las de los ortos y ocasos de las estrellas que él advirtió;

Pues ninguna señal tenían ellos constante
del invierno, ni de la primavera florida,
ni del frugífero estío; sino que al azar todo hacían
hasta que yo les mostré de los astros
el nacimiento y su ocaso, no fáciles de captar».

343. «Si esto me respondiera, me respondiera muy bien, porque si se lee a Orfeo, Hesíodo, Homero, Teócrito y a los que los imitaron, Varrón, Columella, Virgilio y Ovidio, no se hallarán otras algunas, supuesto que ni Hiparco, ni Ptolemeo (sacando algunos eclipses observados en Babilonia) tuvieron de los antiguos caldeos cosa digna de consideración y de estima, para valerse de ella en la promoción de la astronomía en que se afanaban. Y aun éstas, si estamos a lo que dejó escrito el antiguo Gemino en sus Elementos astronómicos, no se anotaban como causas de las sublunares mudanzas, cosa que tuvo siempre por desvarío: “No por la virtud de obrar que el astro tiene, pues pensar esto es propio absolutamente de una razón que delira”, sino como señales o índices de las mudanzas que hacía el tiempo por su naturaleza, cuando sucedían aquellos ortos y ocasos de las estrellas. Dedúcelo del mismo Gemino el grande matemático Ismael Bullialdo en [sus] Prolegómeno ad Astronomiam Philolaicam: “Y tal era el primer uso de las episemasías: eran sólo señales; ‘verbi gratia’, el orto vespertino de las Pléyades, del invierno que se acerca; y como los principios del invierno son ordinariamente húmedos, se le anotaban al orto de las Pléyades: las lluvias, los granizos, los vientos y las tempestades».

344. «Aserción fue también ésta de aquel insigne promovedor de as doctrinas de Demócrito y padre grande de la verdadera filosofía, Epicuro, según de él lo refiere Pedro Gassendo en [su] Syntagma Physicum después de probar largamente lo que tengo insinuado y me queda que decir, concluye así: “Que ciertamente así opinó Epicuro, se desprende del mismo texto, cuyo sentido es: cuando el nacimiento y ocaso de los astros, según el período del año, significan diferentes estados en el aire y como que los anuncian anticipadamente, lo hacen del mismo modo que las golondrinas y demás animales que con su llegada a nosotros nos presagian la primavera, y con su partida el invierno; o también del modo que algunas mutaciones en el aire, como el iris, el relámpago, la obscuridad, que anuncian previamente otras mutaciones futuras, como la serenidad, los truenos, la tormenta. Puesto que asi como la golondrina no es causa de la primavera, ni el iris de la serenidad, sino solamente un signo, así la naciente canícula, ‘verbi gratia’, no es causa de que haya calores, sino solamente un signo del tiempo en que se producen”. Y del mismo parecer fue Aristóteles en el libro de los Meteoros: “Cuándo aparece Orión y cuándo se oculta, parece ser incierto y difícil, por el hecho de que su nacimiento y ocaso, cuando varían los tiempos y se cambian, suceden aquél en el estío y éste en el invierno”; como también Plinio: “En el tiempo más ardiente del estío aparece el astro de la canícula”.»

345. «Pero qué mayor prueba de esta verdad que el orto de la canícula, a que (sin dar más razón, sino que así lo dijeron los antiguos) atribuyen hoy los astrólogos los bochornos ardientes del abrasado estío. Porque siendo cierto el que entonces era el tiempo más caluroso el que correspondía a julio, como también lo es ahora en la zona templada boreal, y sucediendo en esta ocasión el orto de la canícula, lo pusieron por señal o índice de este tiempo, y no porque él fuese causa de este calor, como verdaderamente no lo es, supuesto que hoy se experimenta lo mismo, siendo así que por el movimiento proprio de las estrellas se ha retardado éste por todo el tiempo de casi un mes».

346. «Si el mundo persevera 6000 años, como dice el padre Zaragoza en la Esfera, llegando entonces el Can Mayor con su movimiento al dodecatemorio de Libra: ¿quién creerá que el calor grande y principio de los caniculares será en septiembre? Y si fuera verdad que el Can Mayor en su orto helíaco causa los ardores del estío, quién duda que siempre que naciera con el Sol había de producir este efecto, aunque fuera en las provincias australes de los reinos del Chile, Buenos Aires, Paraguay y Brasil, donde este orto sucede a fines de abril y principios de mayo con poca diferencia, lo cual es tan contrario de la verdad, que antes comienza entonces a introducirse el frío del hibierno en aquellas partes».

347. «Ojalá hubieran vivido en ellas algunos de los antiguos observadores para que, habiendo puesto el orto de la canícula por signo o índice de los fríos, hubiera ahora algunos que dijesen que una misma estrella en una misma postura era causa de cosas tan encontradas, como son los fríos y los calores. De lo aquí dicho se infiere haber errado Zaragoza poniendo el orto de la canícula en aquellos climas a mediado noviembre; y también Juan de Figueroa en sus Opúsculos de astrología impresos en Lima, año de 1660, en 4°, diciendo que el principio de los caniculares en aquella ciudad es a 30 de diciembre cuando, ascendiendo el Sol con 8° 24′ de Capricornio, desciende la canícula con 8° 24′ de Cancro. Cosa por cierto graciosa y digna de risa».

348. «Pero dejando esto, si profundamente se especula el motivo que en estas anotaciones tuvieron los observadores antiguos, se hallará no haber sido otro que la variedad grande que entonces había en contar los meses y principiar los años, con que no pudiendo por ellos señalarles a los labradores los tiempos acomodados para las siembras, ni avisarles a los navegantes de las incomodidades del hibierno, fue necesario valerse de cosa incapaz de variación y mudanza, como entonces se juzgaba el movimiento de las estrellas. Fúndome en la autoridad del mismo Gemino: “Como no podían anotar los particulares días, ni meses, ni años en los que acontecían algunas de estas mutaciones, por razón de que los principios de los años y los nombres de los meses no eran los mismos entre todos, ni los días eran contados de igual modo, por esto las mutaciones del aire fueron señaladas por ellos mediante el nacimiento y ocaso de los astros, como mediante ciertos signos inmóviles y universales.’’ Y que esta curiosidad, mirada con viso de divinatoria y recomendada con el soberbio nombre de astrología sea cosa sin fundamento y sin arte, fue también sentir del mismo Gemino: “Porque esta parte de la astrología carece de preceptos y no es digna de que se diserte sobre ella».

349. «Doyle también que estas observaciones no hayan sido tan crasas y supinas como se ha dicho, sino en todo exactísimas y perfectas, teniéndose respecto en ellas al signo ascendente, al almuten de la figura o planeta predominante, a los lugares de los restantes en el Zodíaco y a cuantas otras cosas se reputan hoy necesarias para juzgar las mudanzas del aire en la revolución del año en la entrada del Sol en los puntos cardinales o en las lunaciones de cada mes; y [que] mediante ellas conocieron lo helado de Saturno, lo fogoso de Marte y así de los demás planetas y estrellas las cualidades. Doyle, advirtiendo que doy en ello mucho más de lo que me pueden pedir, y en retorno de lo que doy, quisiera saber: ¿Qué observaciones son éstas? ¿En qué libros se hallan? ¿Qué autores las refieren?»

350. «Diránme que son las de los antiguos egipcios y caldeos, que las refiere Ptolemeo y que se hallan en su Cuadripartito, como se deduce del Libro I. No me satisfago con la respuesta, porque en el citado capítulo sólo se trata de los fines “según la distribución de los egipcios y caldeos; y si todas las observaciones allí contenidas fueran las de éstos, quién duda que en otras partes lo expresará así Ptolemeo. Instaránme que cuando así no sea, que basta la autoridad de Ptolemeo, que las refiere, para tenerlas por ciertas, ajustadas y perfectísimas».

351. «¡Oh, santo cielo! ¡Es posible que Claudio Ptolemeo, autor del Almagesto, príncipe de la astronomía, aquel que en el capítulo I de esta grande obra afirma haberse aplicado al estudio y especulación de las matemáticas por la indefectibilidad de estas ciencias, y no al de la teología y filosofía, por tener una y otra por fundamento las congruencias y conjeturas: aquélla por lo incomprensible de la naturaleza divina, que es su objeto, y ésta por la instable y no bastantemente averiguada materia de lo que trata: “Porque, en efecto, de aquí entendimos que los dos géneros de contemplación pueden llamarse más bien con el nombre de conjetura, que con el de ciencia suficientemente cierta, siendo lo teológico incomprensible, y pudiéndose apenas conocer lo natural a causa de la inseguridad de su materia, y por ello pensamos que nunca pudieron haber estado de acuerdo los que filosofan!” ¡Es posible -vuelvo a decir- que éste dedicase su vigilancia y consumiese el preciosísimo tesoro de muchas horas en escrebir de la astrología, cosa que carece de fundamento, de reglas científicas, de ‘acoluthía‘!»

352. «Crean esto otros, que yo no quiero, por estar muy de parte de Abraham Abenezra, donde niega ser composición y trabajo de Ptolemeo el Cuadripartito: “Así pues, una generalidad te digo: que todas las disertaciones que encuentras de Ptolemeo donde habla de los círculos, son auténticas y ningunas otras más son de él; pero los juicios no son acordes con su ciencia.” Y lo mismo Abdilazi (Alchabitius Isagogicum ad iudicia asirorum. Venecia, 1521.) en su Alcabitzio o Introductorio, cuando hablando de varios Ptolemeos, dijo: “De los cuales un Ptolemeo fue el que sacó a luz el libro del Almagesto acerca de la causa del movimiento del círculo y cuanto hay en él de los planetas. Y otro de ellos sacó a luz el libro De los juicios de los astros, atribuyéndolo a Ptolemeo, autor del Almagesto.” Y aún del mesmo sentir me parece Lucas Gaurico* en la prefación a Domingo Palavicino: “Mas, si acaso escribió los cuatro libritos de los Apotelesmas y los Cien aforismos también, y si fue uno de los reyes egipcios, no me atreverla a afirmarlo».

*Luca Gaurico echó la natividad de Lutero en 1524 manipulando sus hechos fecha de nacimiento para demonizarlo. Así, la astrología jugó un papel decisivo en las polémicas anti-luteranas.

353. «Pero doy que sea de Ptolemeo, autor del Almagesto, el Cuadripartito, y por serlo, pregunto: ¿qué autoridad es la de este libro? Dígalo Abraham Abenezra, en el Liber Nativitatis: “Y yo te prevengo para que no te apoyes mucho en las afirmaciones de aquel libro, pues no hay en él valor alguno”. Lo proprio dijo antes Albumazar, y contra lo que éste escribió dijo Abenezra otro tanto y, reprobando las observaciones de los antiguos, ¿qué no dijo Cardano en general contra todos? ¿Quién ignora haber afirmado Julio Firmico Materno que sus observaciones eran certísimas y no sabidas de los antiguos griegos? Albumazar de las suyas dice lo proprio, y lo proprio de las suyas Aben Ragel, Guido Bonato, Gaurico, Fontano, Juntino, de que se infiere (aun en el sentir de los mismos astrólogos) el que ningunas de estas observaciones son legítimas y corrientes por la mutua disconveniencia de unos y de otros».

354. «No puedo aquí contenerme sin que diga lo que de todos los astrólogos antiguos dijo Cardano, en el libro De ludiciis Geniturarun: “De aquí se manifiesta la causa por la cual antes de nosotros nadie afirmó nada rectamente sobre estas cosas, pues es un asunto muy laborioso y ellos quieren con un leve trabajo realizar una empresa enorme. De aquí también se manifiesta la causa por la que inventaron tantas tonterías, especies, figuras, novenarias, porque no podían satisfacer a tantas cosas que le suceden al hombre sólo con la posición de los siete planetas; por lo cual inventaron estas ficciones”. ¿Y de dónde sabremos que lo de los antiguos es lo fingido y no lo que de nuevo inventó Cardano? El mismo dice:“ Es manifiesto que la astrología está formada por una ciencia meticulosa de los movimientos y por la filosofía natural; y como la mayor parte no tienen ni una ni otra, y antes de ahora nadie tuvo ambas, no es nada de admirar que nuestros predecesores hayan agregado infamia a esta arte».

355. «Luego si antes de los tiempos de Cardano nadie supo científicamente la astrologia y lo que él supo en ella fue tan escogido y selecto que, así el Concilio de Trento, como el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de España, mandó recogerlo y suprimirlo para que no corriese, qué podemos decir sino que así como en su concepto todo lo de los antiguos fue disparate, lo suyo pareció mucho peor a los que mejor que él sintieron y no pudieron errar. Pues aún añade más el buen Cardano: “Los antiguos escritores de esta arte la trataron tan supuesta y superficialmente, que en sus libros puedes encontrar ejemplos que la ley de los astros no admite: por lo cual no sólo es conveniente huir de ellos, sino que quienes se figuran estar apoyados en sus libros, ignoran el arte y la mayoría de ellos son sicofantas».

356. «¿Qué diremos pues de las experiencias y observaciones de Set, de Noé, de Abraham, de los antiquísimos egipcios, de los caldeos, que sirvieron de fundamento a la astrologia? ¿Cuáles son? ¿Qué autor las refiere, cuando cada uno para calificar de verdaderas las suyas, condena las ajenas de mentirosas? Qué es pues lo que se debe inferir, sino que todas son supuestas, falsas, ridiculas, despreciables, y la astrología invención diabólica y por el consiguiente cosa ajena de ciencia, de método, de reglas, de principios y de verdad, como se vio obligado a confesar uno de sus mayores patrocinadores, Cornelio Gemma*, en su Cosmocritices: “ De ninguna manera suprimo el arte, sino que lo hago más divino de lo que piensa el vulgo profano, tomando ocasión de los impostores y pronosticadores (habla aquí no de los que tratan los futuros dependientes del albedrío, sino de los que previenen las mudanzas del aire y lo consiguiente), pues no hay nada más insulso que sus ingenios, nada tan ridículo como sus reglas, nada tan insoportable como sus vaticinios, por cuanto tratan enteramente sin método y con manos sin lavar una cosa sagrada».

*Médico y astrónomo belga nacido en Lovaina el 28 de febrero de 1535 y fallecido en esta misma ciudad el 13 de octubre de 1579.

357. «Pero quién mejor que el padre Alejandro de Angelis comprendió todo esto, echándole hermosísima clave al edificio que levantó contra la astrología en su In Astrologiam Coniecturalem: “No toma el camaleón tantos colores, cuantas formas toma la astrología por el lugar en que aparece, por el autor, por el tiempo. Una es entre los hebreos, otra entre los caldeos; entre los egipcios una, entre los persas otra. De todos estos disienten los árabes Albumazar, Abén Rodoán, Atamar, Mazanalla, Zachel; ni a los árabes aprueban los griegos, ni a los griegos los latinos. Contra los antiguos astrólogos se levanta Ptolemeo Alejandrino; a éste refuta Albumazar; contra ambos disputa Abenezra; a todos los viejos rechaza Cardano en el libro De ludiciis Geniturarun, en el libro De Revolutionibus, en el libro De Restitutione Temporum. Contra Cardano escriben todos los modernos; Tycho Brahe, en el libro De Nova Stella, no duda en llamar, por una parte, a este hombre, ignorante de la astrología que pregona y, por otra, a sus observaciones, ridiculas. De Bellantio disiente Micael de Petra Santa; de éste, Francisco Juntino, etc.”. Estas pues son las observaciones a que debe la astrología el realce de su grandeza y esto es lo que no ignoraba cuando dije sabia los fundamentos débiles sobre que levantaba su fábrica».

358. «¿Por ventura, si yo quisiera probar que cuantas observaciones se contienen hoy en los libros son supuestas, quiméricas y fantásticas, porque ni Cardano, ni Albumazar, ni Ptolemeo, ni los caldeos, ni los egipcios, ni Abraham, ni Noé, ni Set, ni Adán (hablando en términos naturales) pudieron observar las naturalezas, influencias y virtudes de los planetas, y por el consiguiente ni de las fijas, me faltaran razones, me faltaran autoridades, me faltaran pruebas, me faltaran demostraciones? Nada de esto es cierto que me faltara, sino sólo el tiempo para escribirlas».

359. «Pero, porque no diga don Martín que procedo en lo que voy diciendo rígidamente, para que sea mi victoria muy más ilustre, quiero concederle algo más de lo que dice acerca de los primeros observadores de las estrellas y sus influjos y es, que entre los motivos que tuvo Nemrod para la fábrica de su soberbia torre, no fue el postrero el acercarse a los cielos para emplearse de una vez en su contemplación: “Para que Nemrod y algunos otros, alejados de la alteración del aire y quitado todo impedimento, pudiesen entregarse a la contemplación de los cielos y de los astros”, dijo Georgio Véneto, en su Harmonia Mundi, referido de Escalante, en el libro De Historia Genesis. Doyle también el que sea verdad que como al mismo tiempo de estas observaciones atendían las mudanzas de los tiempos en la Tierra, ya sosegado y sereno el aire, ya obscurecido y horroroso, unas veces despejado para la formación de los yelos, otras nubloso para desatarse en lluvias, otras espantoso para encenderse en rayos, y siempre varia la atmósfera de la Tierra a las disposiciones del cielo, conjeturaron estar en él la causa de tan variables sucesos».

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360. «Si de ello (por haberse perdido en el diluvio lo que especularon los primeros padres) dedujere el que ésta fue de la astrología primera cuna, y que no fue el Demonio a quien debió su origen sino que estimuló a aquellos primeros hombres para emprenderlo su propria substancia, según lo de San Gregorio el Grande, en el libro [de los] Diálogos: “La misma fuerza de las almas, con su sutileza, prevee algo”. Y lo de San Agustín, en el libro [de las] Confesiones, a quien refiere Santo Tomás: “El alma capaz tiene cierta fuerza para poder conocer por su propia naturaleza las cosas futuras.” Doyle de muy buena gana a don Martín el que fuese así. Pero a ello le opongo (para que me responda) que, dependiendo la prevención de los futuros de que las estrellas pueden ser causa de la participación que nuestras almas tienen de Dios, en cuanto fueron hechos a su semejanza los hombres, que por criaturas se apartan del original de su primera causa infinitamente, de ello es fuerza se origine la poca certidumbre con que semejantes futuros se previenen».

361. «Ni es el menor estorbo para la consecución de estos fines la barajada disposición de los órganos, que comúnmente entorpece las operaciones del alma, y en estos casos, para presagiar lo por venir con algún acierto, es muy ordinario preferir a la ciencia una oculta fuerza o natural propensión que muchos tienen al vaticinio, lo cual no se le escondió a Ptolemeo, supuesto que a las primeras palabras de su Centiloquio lo presupone por dogma: “De ti y de la ciencia”, en cuyo comento dijo Trapezuncio: “De ti -dice-, es decir, de cierta fuerza ínsita en el alma y del ingenio y de la ciencia, se produce el preconocimiento de las estrellas”. Donde al parecer presuponen que será ociosa la ciencia, si le falta al que pronostica este requisito».

362. «Si alguno me preguntare cuál sea éste, le responderé, no que el entusiasmo o manía con que inmaterializándose los hombres, se acercan al original de su imagen o a la participación estrecha del espíritu, como es corriente sentir de los platónicos (porque esta condición es temporaria, como se experimenta en la poesía), sino una natural, innata propensión al conocimiento de lo futuro, con que Dios, como con don gratuito, quiere tal vez adornar [a] algunos individuos de la especie humana, la cual reconocía Salomón (en el libro de la Sabiduría) como privilegio que la omnipotencia comunicaba a aquellos que por lo limitado de su ingenio, aún no comprenden los próximos misterios de la naturaleza y, con todo, se elevan a los remotos del cielo: “Con trabajo encontramos las cosas que están a la vista, mas ¿lo que sucede en los cielos quién lo investigará, si no le das tu sabiduría?»

363. «Esto era sin duda lo que acreditaba los vaticinios de Apolonio Thyaneo, como lo reconoció Hiarchas cuando le dijo; “Nadie debe admirarse, oh Apolonio, de que tú hayas alcanzado la ciencia de adivinar, puesto que llevas tanto éter en tu alma”, según refiere Marsilio Ficino, en el De Triplici Vita. Y éste es también el primer principio que puede falsificar la pronosticación astrológica, pues aunque estuviese perfectisima esta que llaman ciencia, faltando la disposición orgánica a la fantasía, sería el vaticinio frustráneo. Esto intervendría, a lo que yo discurro, en dos astrólogos que refiere Tomás Hurtado, [en el] tratado De Delictis Generantibus Suspicionem in Fide, que siendo no iguales en la ciencia, tampoco lo eran en la pronosticación, diciendo más verdades el que menos sabía. Y aunque él lo atribuye a mal espíritu, con todo, a mí me parece que era lo que Ptolemeo prevenía: “El alma apta para el conocimiento, alcanza más de verdad que aquella que se haya ejercitado en la ciencia en el más alto grado”.»

364. «Ni es de menor consideración el gobernarse por las observaciones de los antiguos, siempre perjudicadas con irremediables estorbos, como son no poderse haber examinado separadamente la virtud de las estrellas. Porque, pregunto: ¿cuando reconocieron la frialdad, ‘verbi gratia’ de Saturno; o éste solo ocupaba el cielo, o acompañado de los restantes planetas y estrellas? Aseverar lo primero es disparate; afirmar lo segundo es cierto y, si es cierto, ¿cómo, entre la multitud grande de tantas luces, hubo comprensión tan lince que pudo alcanzar con evidencia la naturaleza de este planeta? Discúrrase lo mismo de los restantes».

365. «Añado más: si las alteraciones de los elementos dependen de los influjos y cualidades de las estrellas, ¿cómo podrán aquéllas prevenirse con certidumbre, cuando ni aun de los planetas están sabidas con perfección las cualidades? Coadyuva a esto el que como sus movimientos se terminan siempre en diversas revoluciones y períodos, aunque el mundo durase cien mil años, en todos ellos jamás se podrían combinar segunda vez. Y si la configuración que algún tiempo tuvieron dio motivo para asentar un aforismo, habiendo sido aquélla única y sola, ¡qué yerro cometerán los que dando asenso a este aforismo se gobernaren por él! Luego no dicen bien los que les atribuyen a nuestros primeros padres tan larga vida para conseguir esta ciencia perfectamente; así porque el mismo efecto nos desengaña, como porque nunca podrían repetir una experiencia, aunque hasta ahora viviesen, por lo que tengo dicho».

366. «Esto movió a los árabes a que, pensando haber por una parte conseguido saber la naturaleza de las estrellas, y a que, viendo por otra no bastar esto, pues no concordaban los sucesos con las predicciones, fingiesen en los signos mil quimeras, pues a beneficio suyo y de los antiguos hallamos en ellos grados masculinos, vacuos, fumosos, azemenos, puteales, lúcidos, términos, decanatos, novenarias, dodecatemorios, casas diurnas y nocturnas, gozo, exaltación, facies, recepciones, caídas, combustión, cazimi, almugea, aneretas, hylec, doroguen, almaverit, alfridarias, almuten, duriforias, cronocadores y otros quinientos disparates, y cuando no lo fueran, sino verdades purechas, ¿de qué servían en general a la astrología, cuando no eran acomodables a todas partes?».

367. «La razón de ello es, porque las observaciones todas de los antiguos (de que hace tanto aprecio don Martín) fueron hechas en la zona templada boreal, donde aunque no estuviesen perfectamente conocidas las propriedades de los planetas, por lo menos la repetida experiencia quizás los hizo poseedores de algunas pocas verdades (hablo de la meteorología y astrología racional, no de la judiciaria, por cuyo medio pronostican guerras, etc., los cometólogos), las cuales, por individuas de aquel clima, de ninguna manera son adaptables, no sólo a la zona tórrida que habitamos, pero ni aun a la templada austral, porque los accidentes que acá intervienen son diversísimos y nada concordantes con los que allá advirtieron. Sea la prueba el que, ‘verbi gratia’, en México se notan tres solsticios (lato modo) y el más notable pasando el Sol por nuestro cénit al septentrión, donde se halla desde 15 de mayo hasta 17 de julio, hiriendo con rayos inversos a la Tierra y alterando la regularidad de los tiempos, que en aquélla se nota siempre constante; pues si en ella el tiempo de invierno es invierno y el de verano es verano, aquí en sólo un día (casi siempre) experimentamos frío, humedad, calor y sequedad, y aun a una mesma hora es horroroso el calor del Sol y refrigeradamente suave la sombra de una pared».

368. «Allá al entrar el Sol en Aries comienza la primavera; acá desde los fines de Acuario; allá llueve por el invierno, acá a los fines del verano, todo el estío y parte del otoño; y lo que es más irregular, suele helar por mayo y aun por junio. Acá los caniculares (esto es el tiempo de mayores calores) son por mayo y nos reímos del orto de la canícula por la mucha humedad que entonces hay; allá a cualquier hora son las lluvias, acá lo más ordinario es por las tardes y, en las tierras calientes, de noche; y si atiendo a mis experiencias, más parece que se alteran acá los elementos con los aspectos de trino, que allá con las oposiciones, cuadrados y conjunciones y, finalmente, raras veces concuerdan las mociones sublunares con los aforismos del orbe viejo».

369. «Luego si para pronosticar en lo meteorológico de una cosa tan ridícula, como es si ha de llover o no, si hará frío o calor, etc., no siive de cosa alguna la astrología, ¿qué será en las cosas de más momento que los cometólogos nos anuncian y don Martín de la Torre entre ellos? Añádese a lo de arriba lo que al principio debía decirse, y es, que el vario sitio y disposición de las provincias y su mesma naturaleza frustra de ordinario los celestiales influjos. ¡Qué dijeran los antiguos si supieran que en las costas del Perú siendo estío, en las Punas o Andes, que son los montes que en cordillera corren casi de norte a sur, es invierno, y en las tierras intermedias, con solas diez leguas de diferencia, en partes se nota otro temperamento! ¿Por ventura no se expondría a errar el que en esos llanos, por haber advertido en el cielo configuración que denote lluvias y tempestades, las pronosticase, cuando allí jamás esto sucede, aunque sea en las tortísimas aperciones de Marte y Venus, y de Mercurio y Júpiter, pues la disposición de los montes que impiden a los vientos se opone a todos los influjos de los cielos? Luego aunque fuera verdad haber hecho observaciones el mismo Adán y que se conservasen hasta estos tiempos, de qué le servirían en general a la astrología, no siendo acomodables a todos [los] climas y paralelos».

[Refútase la astrología con los descubrimientos de los modernos]

370. «Ni son menos concluyentes argumentos contra la astrología cuantos desengaños debe el universo a los doctos en este siglo. Bien sé que no los ignora don Martín, porque de necesidad, como tan docto que es, ha de saber haberse ya concluido no estar virtual, sino formalmente, en los cuerpos celestes las cuatro primeras cualidades, quedando no sólo refutada y convencida la quinta esencia aristotélica, sino establecido y demostrado el que todos ellos constan o se componen de los cuatro elementos; de que se sigue correr ya la filosofía peripatética en alguna parte suya, sin notable estorbo, con sólo afirmar les dio materia a los cuerpos primigenios la caótica que Dios crio en el principio, y de ello se infiere constar los globos de los planetas y estrellas de partes heterogéneas y no homogéneas y similares».

371. «No hay mayor argumento para convencer al que lo negare, que ponerle un telescopio o antojo de larga vista en las manos, para que en el globo de la Luna (no sin admiración) contemple mares inmensos y dilatados, islas, promontorios, valles, cerros, y aun más eminentes que los nuestros; en Júpiter las celebradas fajas desiguales en luz y paralelas a los planes de la eclíptica; en Marte una (al parecer) profundidad obscurísima; en Saturno la diformidad basta y horrorosa de su cuerpo, si ya no es ser efecto de su distancia; y aun en el Sol, fuente y principio de toda luz y resplandor, se advertirán las luces vivísimas, que llaman fáculas, y las denegridas manchas que entre su cuerpo y nuestra vista se interponen, que no son otra cosa que nubes densísimas y humos crasos y pingües que derrama por la inmensidad grande de su atmósfera, y de donde, en opinión del eruditísimo filósofo y muy excelente matemático, el reverendo padre Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús, repiten su abolengo los cometas. Todo lo cual convence la corruptibilidad de estos cuerpos y prueba la heterogeneidad de sus partes. Luego siendo esto cierto (como lo es), de ello se concluye con evidencia que la Luna, ‘verbi gratia’, no puede ser absolutamente húmeda y cálida, por no ser posible el que las partes heterogéneas y disimilares que la componen sean heterogéneas y concuerden en aquella precisa cualidad que a cada uno de los planetas atribuye, individua y no confundible con la de otro, la astrología».

372. «También se ha advertido que los planetas, menos la Luna, que se columpia (esto significa el verbo latino oscillo) fuera de su movimiento por el Zodíaco, tienen otro particular con proprio período sobre su centro, para que a beneficio de esta circulación (como medita Kirchero en su Itinerario y Bullialdo en su Astronomía), influyan a la Tierra tan diversamente cuanto son más heterogéneas sus partes y, por el consiguiente, sus propriedades; luego si éstas se ignoran (y siempre se ignorarán) y los períodos de aquellas evidentes giraciones de los planetas aún no los han definido los matemáticos, ¿qué diremos de la astrología, cuando toda su certidumbre consiste en que esta y aquella estrella sea de esta o aquella cualidad?».

373. «Ni es de menos consideración la advertencia de los cuatro planetas que andan alrededor de Júpiter, al de Saturno uno, que descubrió Cristiano Hugenio, y al del Sol, Mercurio y Venus y aun quiere el padre Kirchero que sea lo mismo en muchas de las fijas, no para otra cosa, sino para que con su vario sitio varíen las cualidades del principal globo que circungiran. Y aunque yo le dé a don Martin el que cada planeta tiene una sola y propria cualidad, sola una Inteligencia pudiera saber perfectamente la astrología. No se hará difícil de creer esto al que con el arte combinatoria hallare que las variaciones entre solos los planetas y la Tierra son 402,364.368,000; y si para cada una de estas variaciones hubiese un aforismo y cupiesen en una hoja 500 (que es imposible) y se redujesen a libros de a 1000 hojas, que son demasiadamente grandes, se compusieran 804,728; y no habiendo en cuantas librerías hay en la Nueva España ni aun la quinta parte, véase como puede estar cabal por todas partes la astrología, o ya por la multitud de requisitos, o ya por la falta de observaciones, o por lo limitado del juicio humano, o por todo junto».

[Contradicciones y confusiones en que
incurre don Martín en su exposición]

374. «Dejo lo demás a la consideración discreta de quien leyere, advirtiéndole que sólo he hablado de los planetas, porque me parece que con lo dicho he declarado bastantemente cuáles sean los fundamentos sobre que dice don Martin que estriba la astrologia; y pasando a lo restante del número 29 de su Manifiesto cristiano, no puedo dejar de ponderarle cristianamente las manifiestas contradicciones en que cada momento se embaraza. ¡Qué presto se le olvidó el que Adán, por lo que se le infundió de las ciencias, supo y enseñó a sus hijos y nietos la astrología, cuando dijo que su conocimiento se debe a las continuas observaciones de los movimientos celestes! ¡Qué presto se le olvidó haber dicho el que Dios le manifestó a Adán sobrenaturalmente la astrología para su gobierno por el conocimiento de las virtudes, pasiones y naturaleza de los astros, y que la comunicó a sus hijos y nietos, cuando dijo que la astrología judiciaria se debe a la experiencia; de que se deduce el que, o Adán no supo la astrología (que es de la que se disputa), o que las experiencias de sus descendientes fueron ociosas».

375. «Porque, si la supo y se la enseñó a sus hijos, de qué sirvieron las experiencias de éstos; y si éstos la principiaron con experiencia, luego no se la enseñó Adán, porque no la supo. Y si la supo porque Dios se la comunicó sobrenaturalmente, de creer es que fue con perfección completa y adecuada, y con el total conocimiento de las virtudes celestes: y si asi la supo y así la comunicó a sus descendientes, ¿cómo dice que hasta ahora no son aún harto conocidas las virtudes de los astros, porque este conocimiento se reputa entre los arcanos secretos de Dios, causa de no poderse pronosticar con cierta ciencia de los futuros?».

376. «De que se sigue, o que no va consiguiente don Martín en su discurso, o que Adán no supo la astrología. Porque, si la supo, porque supo con ciencia infusa las naturalezas y virtudes de las estrellas y las comunicó a sus hijos con la perfección que las supo, ¿cómo puede ser que no estén harto conocidas? Y si no están harto conocidas por ser su conocimiento reputado entre los arcanos secretos de Dios, luego ni los hijos de Adán las supieron bastantemente, luego ni su padre se las manifestó; y si no se las manifestó, o no va consiguiente don Martín, o Adán las ignoró y no supo la astrología, como he probado».

377. «Decir que las influencias y virtudes celestes son causas determinadas de los futuros, como hambres, fertilidades, pestilencias, es punto que pide larga ventilación y tendrá en lo de adelante proporcionado lugar; y así, omitiéndolo por ahora, paso a ponderar otra contradicción e inconsecuencia notable. Dice don Martín que no apoya el que a las reglas de los antiguos se les haya de dar el crédito que sus axiomas refieren, porc|ue muchas cosas enseñaron sobre fundamentos endebles, y luego inmediatamente dice que no niega que, en cuanto a lo lícito, en lo general se siguen con aprobación sus axiomas en los juicios de lo natural, cuyas principales bases son la experiencia de los sucesos y tradiciones de los primeros tiempos. Si esto es ver­ dad, no lo será lo primero; ni sé yo cómo puede uno seguir con aprobación los axiomas de los antiguos astrólogos, cuando él mismo dice que no los apoya por la carencia que tienen de fundamento. Si ya no es que responde que reprueba los que de él carecen, y que admite los que le tienen; sea así, aunque no se infiere esto de la precisa formalidad de las dos proposiciones, y díganos cuáles de los axiomas y aforismos astrológicos lícitos son los ciertos, cuáles los falsos, y por tanto beneficio le levantaremos estatuas honorarias para perpetuidad de su fama y para inmortalizarle su nombre».

378. «En estas dos proposiciones dice que sólo habla de lo lícito y permitido, y que la última sirve de solución a las preguntas que hago. Mis preguntas en el Manifiesto filosófico son las siguientes: ¿Por ventura habrá alguno que afirme habérsele revelado que, cuando el cometa fuere oriental, se han de rebelar contra los príncipes sus vasallos, y si occidental, le han de mover la guerra los extranjeros? Y que no hablé yo en ellas de aquella parte permitida de la astrología, que trata de las mudanzas del aire, sino de la ilícita y prohibida, que pronostica de los futuros dependientes de la voluntad de los hombres, es tan evidente, como lo es que mover guerras y rebelarse los vasallos contra sus reyes es acto puramente libre y dependiente del albedrío».

379. «Veamos ahora cómo puede servir de solución a mis preguntas esta respuesta, advirtiendo que dar solución a una duda, no puede ser si no es quitando los perjuicios sobre que estriba lo falso y manifestando la verdad que se oculta entre lo dudoso. Luego si lo que me causaba la duda era el que ignoraba cómo podían saberse sin particular revelación -sino por medios que se quiere decir ser lícitos- algunos futuros, en que el albedrío interviene; y [si] a ésta mi duda se le da por solución el que los axiomas de los antiguos en esta materia son verdaderos, ¿ quién duda que querer facilitarme’ don Martín mis dificultades, es porque juzgó verdadero lo que yo imposible?; y si no es esto aprobar lo que yo repruebo, sino hablar en los términos de lo lícito, ¿cómo dice que satisface a mis preguntas, cuando teniendo éstas por objeto la imposibilidad de lo reprobado, me responde con lo que no es esto, sino otra cosa que en su sentir es corriente? Afirmar que yo le respondería lo proprio, si me preguntase quién me reveló lo que allí expresa, es favorecerme con pensar que mi entendimiento discurre lo que el suyo, que venero grande y eruditísimo: pero como quiera que el mío no llega a comprender tanto, desde luego le aseguro que no responderé sino por muy diverso estilo, cuando fuere necesario que así lo haga».

380. «Esto dije en aquel escrito en este particular, porque tuve entonces por conveniente el que fuese así; y por la misma razón lo repito ahora, protestando no haberlo hecho por sólo contradecir lo que me objecionaron, sino porque lo siento en mi conciencia como lo digo, de que es prueba (leyéndolos con cuidado) el estilo de mis lunarios y lo que en ellos observo. Quede pues la astrología judiciaria, y la mayor parte (si no es toda) de la meteorológica, en el buen concepto que de este último ‘syntagma’ se deduce: y queden los cometas libres de las infamias que sin razón les imputan y quedemos todos amigos, supuesto que:

Disentir dos en sus opiniones sobre las mismas cosas
fue lícito siempre, quedando incólume la amistad».

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