Astrologia na Ciência e Filosofia

Planetas y Ciclos Planetarios

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Clásicos, Modernos y Transplutonianos

Jesús Navarro

Introducción

Nuestros críticos, incluso cuando sus críticas lleguen a ser tendenciosas o malintencionadas, acaban resultando, aunque incómodos, nuestros mejores aliados para poder profundizar en la comprensión de lo que llevamos entre manos.

A pesar de ello, no es la apertura a las razones o/y perspectivas “del otro” lo que prima en el “bando” anti-astrológico (ni tampoco en el anti-científico), así que este trabajo, además de ofrecer unas cuantas aportaciones astrológicas, viene a ilustrar también cómo la escucha, serena y atenta, acaba resultando bastante más fructífera que el atrincheramiento conceptual que suele caracterizar la confrontación entre ambos bandos.

Atacar la astrología y defender “la ciencia” tal cual se hace en [Cul 88] es una buena muestra de la tendenciosidad recién comentada, a tal extremo que el hecho es recogido puntualmente por Eysenck y Nias en su obra [Eys 82]1, una publicación que, después de todo, Culver e Ianna mencionan como “libro importante”.

Pues bien, entre los comentarios críticos que aparecen en [Cul 88], hay uno que, puesto al calor de lo por mí aportado en algunos de mis trabajos anteriores ([Nav 95] en particular, me ha llevado a desarrollar lo que ofrezco en las páginas que siguen.

Dicho comentario es el recogido en la página 166 de la referida obra, a propósito de la incapacidad de los astrólogos para hacer aportación alguna sobre la existencia de nuevos planetas, a pesar de que, para mayor INRI astrológico (según dichos autores), en poco más de doscientos años, la astronomía haya descubierto tres de ellos (bien que uno de estos –Plutón– acabara, recientemente, “degradado” de categoría)3.

Por supuesto que, si la astrología es fiel a sí misma, centrándose en el significado que los ciclos astronómicos tienen para los asuntos humanos, individuales o colectivos, y para los asuntos terrestres, dejando para la astronomía (la primera de las dos ciencias de Ptolomeo [Pto 80]4) lo que concierne a la física-matemática de tales ciclos, difícilmente puede lograr lo que, tan contradictoriamente, le demandan Culver e Ianna. Otra cosa es que la astrología haya de quedar necesariamente muda al respecto, como si padeciese una imposibilidad material de argumentar cosa alguna sobre el particular.

1 En su página 202 puede leerse, a propósito de la primera edición de la obra de Culver e Ianna: “This is not proper scientific criticism, but merely an attempt to mislead readers into thinking that errors were committed when in fact there were no errors”.
3 En la citada página del mencionado libro puede leerse: “Even after being stung by three new planets inside two centuries, the triumphus still await the astrologers; they need only to successfully predict the existence and location of one or more new planets using astrological principles …”
4 De las páginas 12 y 13 de esta obra resumimos lo que sigue: “… la primera de ellas es una ciencia pura en sí misma … que el estudioso se informe bien de ella, y la aprenda, y logre sus frutos, aunque no aprenda la segunda ciencia … no intentar seguir el mismo sistema en la segunda ciencia que el seguido en la primera …”

De hecho, como bien sabemos, el sistema solar está armónicamente estructurado, existiendo entre sus ciclos más significativos relaciones numéricas sencillas (pitagóricas), directamente constatables desde la perspectiva terrestre.

Por eso mismo, siguiendo (apartado 1) las pautas armónicas que la astrología clásica nos permite deducir a propósito del zodiaco y las dignidades planetarias, por una parte, y teniendo en cuenta los ciclos que en ella se contemplan como dominantes, por otra, es viable concluir, tal cual se muestra en este trabajo, la existencia de ciclos planetarios de mayor duración (apartado 2), correspondientes, al menos potencialmente, a planetas no contemplados por la astrología tradicional.

Algunos de dichos planetas han sido ya, obviamente, descubiertos (planetas modernos), pero hay otros (“planetas” transplutonianos) cuya búsqueda y posible descubrimiento pudieran verse favorecidos por consideraciones como las aquí presentadas (apartado 3), aportaciones que vendrían a obviar así, al menos en parte, “carencias” como la mentada en [Cul 88].

En cualquier caso, para completar el material ofrecido, además de las consideraciones armónicas de raíz astrológica llevadas a cabo, haré también (apartado 4) otras de naturaleza simbólica, relativas al posible significado de los ciclos “trans-plutonianos”, teniendo a tal fin, como trasfondo, los significados asociados a los ciclos planetarios clásicos y modernos.

Concluiré mis aportaciones resumiendo (apartado 5) lo más relevante de lo previamente expuesto.

1.- Astrología clásica y análisis armónico.

Recordando lo ya presentado en [Nav 95], cabe subrayar la relevancia de las relaciones numéricas impares, en la estructura de ciclos astronómicos significativos, característica de nuestro entorno geocósmico.

En efecto, si tenemos en cuenta las dignidades y debilidades planetarias clásicas que conciernen a signos zodiacales completos, es decir regencias, exaltaciones y trigonocracias, por una parte, y caídas y exilios, por otra, y asignamos valores positivos a las primeras y valores negativos a las segundas, reservando el nivel cero para los signos de peregrinaje de cada planeta, nos encontramos, por ejemplo, con las curvas de trazo lleno mostradas en las figuras 1, 2 y 3.

Únicamente se ofrecen tres de las siete posibles (una para cada uno de los siete planetas astrológicos clásicos) porque son más que suficientes para constatar cuáles resultan ser los armónicos más significativos, evitando así la reiteración de imágenes con información redundante.

En las figuras citadas, aparecen los doce signos (numerados en el eje superior): Aries (del 0 al 1), Tauro (del 1 al 2), Géminis (del 2 al 3), … Piscis (del 11 al 12), con diferentes niveles de amplitud (indicados en el eje de la derecha): 1, 2/3, 1/3, 0, -2/3, -1, de acuerdo con la dignidad o debilidad que cada planeta astrológico posee, clásicamente, en cada signo.

Tales curvas, oportunamente analizadas y desglosadas en sus armónicos constituyentes (análisis de Fourier), nos llevan a los resultados mostrados por las curvas a trazos simultáneamente presentes en esas mismas figuras.

Sus parámetros característicos, a saber: número de armónico (todos impares, tal y como se había adelantado) y nivel de potencia de cada uno de ellos, aparecen reflejados, respectivamente, en los ejes inferior e izquierdo de dichas figuras.

Como puede fácilmente observarse en ellas, los armónicos que presentan un nivel significativo son el primero, el tercero, el quinto, el séptimo y el noveno. El armónico undécimo es inexistente en la figura 1, mientras que quiere aparecer tímidamente en las figuras 2 y 3, si bien siendo de mucho menor nivel que los restantes. Por su parte, los armónicos pares (2, 4, 6, 8, 10, 12, etc.) presentan, sistemáticamente, amplitud nula.

En atención a todo ello, a la hora de deducir ciclos de diferente duración temporal a partir de los ciclos astronómicos significativos de base que comento a continuación, no hay que considerar los armónicos pares y es posible prescindir del armónico 11, pudiéndonos ceñir a las relaciones armónicas 3, 5, 7 y 9, dado que, como es bien sabido, el periodo del armónico 1 resulta coincidente consigo mismo.

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En cuanto a los ciclos astronómicos básicos astrológicamente significativos, cabe recordar que, dentro de la astrología clásica, Júpiter y Saturno, y sus ciclos, eran los grandes “cronocratores”, es decir los grandes marcadores, o “señores”, de los tiempos, y que los signos zodiacales surgían (surgen) directamente de la interacción de los ciclos solar-terrestre y lunar-terrestre [Llu 91], siendo todos ellos, en consecuencia, referente clave en cuanto a “las modificaciones que las cosas sufren” [Pto 80].

De ahí que, a la hora de elaborar cualquier propuesta de ciclos potencialmente significativos en el contexto astrológico-astronómico, se impone tener en cuenta, como conjunto o patrón de referencia, los ciclos de Júpiter (11’9 años) y de Saturno (29’5 años), y el de conjunciones de ambos (19’9 años), así como el de los eclipses (Saros: 19’5 años) y el de las lunaciones (18’3 años) [Vor 51].

Dado que los tres últimos mencionados presentan duraciones de valores muy similares, interaccionan entre sí, por lo cual tomaremos, en lugar de cada uno de sus valores individuales, el valor medio de los tres (la media geométrica de dichas duraciones), es decir 19’1 años.

Así pues, nuestros referentes de trabajo serán los ciclos temporales de 11’9, 19’1 y 29’5 años, a los cuales aplicaremos los criterios de relevancia armónica antes comentados, tal cual queda expuesto en el apartado siguiente.

2.- Estructura ampliada de ciclos planetarios.

Si los ciclos planetarios patrón recién comentados formasen parte de una estructura espaciotemporal coherente más amplia, habrían de hallarse en relación armónica con los ciclos que la constituyesen, es decir, con el conjunto de ciclos cuya duración fuese superior a la de dichos ciclos base.

De ahí que, a la vista de las relaciones armónicas establecidas como relevantes (3, 5, 7 y 9), si tratamos de postular la posible existencia de ciclos temporales de mayor duración que los ciclos tomados como referente, y dicha existencia ha de resultar astrológicamente verosímil, habremos de proponer ciclos de duraciones tres, cinco, siete o nueve veces superiores a las indicadas al final del apartado anterior. La tabla 1 recoge el correspondiente conjunto de valores.

Debe quedar bien claro, en cualquier caso, que la presencia de un determinado valor numérico en dicha tabla no hace obligatorio que el correspondiente ciclo tenga realidad físico-astronómica (no es condición suficiente para que esté materialmente ocupado). Sin embargo, sólo los ciclos cuyaduración aparece en la tabla 1 pueden, astrológicamente hablando, existir materialmente, es decir tener asociado un cuerpo astronómico (aparecer en ella es sólo condición necesaria, pero no suficiente, insisto, para tal ocupación, y ello siempre desde la perspectiva astrológica aquí considerada).

Cosa distinta es todo lo referido a la significancia o in-significancia de dichos ciclos, y de si ésta depende, o no, del hecho de estar materialmente ocupados o no estarlo, extremo que consideraré en el apartado 4.

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Tabla 1.- Ciclos patrón y ciclos derivados

Centrándonos, pues, ahora en los contenidos de la tabla 1, es fácil comprobar que existen ciclos tanto que interaccionan entre sí como otros que no lo hacen.

Entre estos últimos tenemos los siguientes: 35’7, 107’1, 171’9, 206’5, 265’5 años, mientras los restantes interaccionan por grupos de dos o de tres, según se recoge a continuación: 57’3-59’5, 83’3-88’5-95’5, 133’7-147’5.

Nótese cómo el primero de los citados (35’7) guarda buena coherencia con el del hipotético Rea (ligeramente superior a los 35 años) propuesto por mí en su momento [Nav 94, Nav 00], el tercero (171’9) guarda perfecta correspondencia con el de Neptuno (164’8 años) y el quinto de los mencionados (265’5) con el de Plutón (248’4 años), amén de con otros (numerosos) ciclos de recurrencia de primer o segundo orden [Vor 51] cuya mención explícita aquí resultaría prolija (ver anexo).

Por lo que concierne a los ciclos con interacciones mutuas, tenemos asociados a ellos el ciclo de recurrencia de primer orden Júpiter-Saturno (59’6 años) y los correspondientes a Urano (82’9, 84, 90’7).

Si tomamos como referencia todos los ciclos realmente asociados a ciclos astronómicos concretos (o la duración media de los ciclos que interaccionan, cuando existen varios de duraciones próximas) y repetimos el razonamiento armónico antes efectuado y, en consecuencia, el cálculo de los múltiplos de 3, 5, 7 y 9 de esas duraciones, obtenemos los resultados resumidos en la tabla 2.

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Tabla 2.- Ciclos derivados en segunda ronda.

De nuevo, a fin de evitar que resulte farragoso, sólo mencionare alguno de los ciclos (ver anexo) cuya duración se corresponde con los valores recién tabulados, a saber [Vor 51]: 177’9 (Neptuno: 164’8 años), 256’8 (Plutón: 248’4 años), 296’5 (Marte-Neptuno, recurrencia de segundo orden: 331 años, que está en el límite de ajuste), 415’1-428’0 (Marte-Saturno, recurrencia de segundo orden: 442 años), 498’9-533’7 (Neptuno-Plutón, recurrencia de primer orden: 492’3 años), 747’0770’4-831’5 (Júpiter-Plutón, recurrencia de segundo orden: 735 años, y Júpiter-Neptuno, recurrencia de segundo orden: 818 años), 1164’1-1245’0 (Saturno-Urano, recurrencia de segundo orden: 1180 años), 1496’7 (Saturno-Neptuno, recurrencia de segundo orden: 1471 años), 1743’0 (Marte-Plutón, recurrencia de segundo orden: 1734 años).

Si ahora, de todo el conjunto de estos ciclos recién mencionados, tomamos aquellos que no han intervenido todavía en cálculos precedentes y reiteramos una vez más nuestros razonamientos armónicos, multiplicando por 3, 5, 7 y 9, las correspondientes duraciones temporales (su valor medio, en el caso de ciclos interaccionantes), obtenemos como nuevos valores de referencia y ciclos derivados los recogidos en la tabla 3.

Al proceder así, nos adentramos claramente en el ámbito espacio-temporal de posibles planetas transplutonianos, potencialmente presentes en el espacio muy profundo, mucho más profundo, desde luego, que el transitado por Plutón.

3.- Ciclos planetarios y nuevos “planetas”.

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Ciertamente, dadas las relaciones armónicas que nos han permitido deducirlos y calcularlos, no es astrológicamente descartable la existencia de cuerpos en el sistema solar cuyos ciclos estén asociados a alguno de los reflejados en las diferentes columnas de la tabla 3, o a los de 599 y 2241 años reflejados en la tabla 2, máxime cuando el entorno temporal de este último aparece también, y tan reiteradamente además, en la tabla 3.

En ella, podemos ver cómo, de nuevo, existen ciclos que no interaccionan con otros (993, 1395, 1655 y 15606), aunque la mayoría sí presentan interacciones mutuas (2205-2317-2325-2508, 29793255-3591-3675, 4180-4185-4233, 5145-5202, 5852-5985-6615, 7055-7524, 8379-8670, 987710773, 12138-12699).

De ellos, es posible asociar los siguientes a diferentes ciclos astronómicos [Vor 51] (ver anexo): 993 (Júpiter-Saturno, recurrencia de segundo orden: 914 años), 1395 (Júpiter-Urano, recurrencia de segundo orden: 1340 años), 1655 (Marte-Plutón, recurrencia de segundo orden: 1734 años), 29793255-3591-3675 (Urano-Plutón, recurrencia de segundo orden: 3433 años), 4180-4185-4233 (Urano-Neptuno, recurrencia de segundo orden: 4285 años), 5145-5202 (Urano-Plutón, recurrencia de segundo orden: 4704 años).

A la vista de todo lo cual, y sin minusvalorar las correspondencias con los ciclos recién mencionados, la recomendación en la búsqueda de posibles nuevos cuerpos planetarios en los márgenes exteriores de nuestro sistema solar sería rastrear aquellas regiones que pudiesen estar transitadas por cuerpos cuyos periodos orbitales estuviesen en torno a los 2350 años (ciclos 22052317-2325-2508), 6200 años (5852-5985-6615), 7300 años (7055-7524), 8500 años (8379-8670), 10300 años (9877-10773), 12400 años (12138-12699) y, en su caso, 15600 años, sin olvidar el más breve, ya mencionado, de 599 años.

Como aval del interés y la credibilidad de los resultados recién comentados, en particular, y de los recogidos en las diferentes tablas que anteceden, en general, comentar (ciñéndome a los más relevantes) los descubrimientos de diferentes cuerpos transneptunianos (o plutoides, como son denominados, desde 2007, por la Unión Astronómica Internacional, de acuerdo con una resolución previa de 2006), prestando atención expresa a sus periodos orbitales.

Sedna, quizá el más famoso de todos ellos, descubierto en noviembre de 2003, posee un diámetro estimado de unos 1500-2000 Km y tarda unos 10500 años en recorrer su órbita, en acuerdo casi exacto con los 10300 recién mencionados.

Así mismo, en 2005, fue descubierto Eris, el mayor de los plutinos (una subclase de plutoides a la que pertenecen, además del propio Eris, Plutón y Makemake), con un diámetro de unos 2400 Km y un periodo orbital de 557 años, que cuadra perfectamente con los 599 años antes indicados.

El descubrimiento de Makemake tuvo lugar también a lo largo de 2005, siendo su diámetro de unos 1800 Km y su periodo orbital de 308 años, en perfecto acuerdo con otro de los ciclos previamente calculados, esta vez el de 296’5 (tabla 2).

El hallazgo más calentito de todos es el de 2003EL61 (que todavía, por ello, no tiene más nombre que el de serie), ocurrido en Septiembre de 2008, al que corresponde un diámetro estimado de unos 1600 Km y un periodo orbital de 285’4 años, perfectamente consistente con el ciclo recién citado de 296’5.

Reseñar también el descubrimiento, en 2002, de Quaoar, que tiene 1280 Km de diámetro y un periodo orbital de 285’7 años, cuadrando de nuevo perfectamente con el reiterado ciclo de 296’5 años.

Mencionar finalmente, para no alargarme demasiado, a Orcus, descubierto en 2004, cuyo diámetro es de unos 1600 Km y da una vuelta al Sol cada 247’5 años, en acuerdo casi exacto, como Plutón, con el ciclo de 256’8 recogido en la tabla 2.

4.- Ciclos planetarios y significados asociados.

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Así pues, podemos contemplar tres bloques de planetas astrológicos y sus correspondientes ciclos asociados:

– antiguos, clásicos, o tradicionales, es decir Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno;

– modernos, a saber Urano, Neptuno y Plutón, a los que añadir Rea y Quirón, tal cual comento en breve;

– y transplutonianos, haciendo referencia, en este caso, tanto a los tres ciclos cuya ocupación material concreta hemos mencionado, a saber los periodos orbitales de Makemake (308 años, ciclo teórico estimado de 296’5), Eris (557 años, ciclo teórico estimado de 599) y Sedna (10500 años, ciclo teórico estimado de 10300), cuanto a los establecidos como de ocupación posible, con referencia particular a los de 2350, 6200, 7300, 8500 y 12400 años, aunque sin tampoco olvidar por ello los de 993, 1395, 1655, 4200, 5200 y 15606.

Curiosamente, el número total de ciclos recién mencionados es de catorce, y sería simbólicamente muy elegante que doce de ellos estuvieran físicamente asociados a algún cuerpo celeste, de manera que hubiese un segundo conjunto de doce ciclos subrayados, que ofreciesen una especie de “segundas regencias”, más “profundas” como quien dice, para cada signo del zodiaco.

En cualquier caso, la posible significación evolutiva de tales ciclos para la realidad humana o/y terrestre no está condicionada a que se hallen físicamente ocupados, sino que nace de la propia estructura armónica del sistema solar, tal cual há quedando de manifiesto en lo que antecede.

A propósito de dicha posible significación, que paso a comentar, tomaré como referencia, según he anticipado en la introducción, el conjunto de ciclos y planetas que, de acuerdo con mis análisis, tenemos disponibles como más idóneos en la actualidad, al que vengo refiriéndome desde hace tiempo [Nav 94] y en el que aparecen los siete planetas clásicos, que ofician de planetas del consciente, y los tres modernos, Urano, Neptuno y Plutón, que lo hacen, junto con Quirón y Rea [Nav 94, Nav 00], de planetas del inconsciente.

De hecho, Urano, Neptuno y Plutón se hallan asociados con el inconsciente en sentido pleno, mientras que (los ciclos de) Rea y Quirón, sin dejar de estar primariamente referenciados al inconsciente, vienen a ser como emisarios de enlace entre éste y el consciente, de manera que la colisión entre las barreras defensivas del consciente (Saturno) y las irrupciones sorpresivas y rupturistas del inconsciente (Urano) viene a ser advertidas, mediadas y facilitadas por las significaciones de Rea (ciclo de 35’2 años, aproximadamente) y Quirón (ciclo de 50-51 años, aproximadamente), de tal modo que tenemos en dichos ciclos las pautas para hacer permear los contenidos del inconsciente hacia el consciente, viniendo ellos a ofrecernos algo así como llaves o/y manijas que nos permiten abrir puertas y ventanas en los muros de la “casa del consciente” para que a ella pasen, sin las rupturas ni violencias que se darían de mantenerlas cerradas, los contenidos propios del inconsciente.

Así pues, Rea y Quirón, sus ciclos asociados por mejor decir, de los que tales cuerpos (real o hipotéticamente) serían punteros (o jalones) indicativos, vienen a hablarnos más del preconsciente, o del subconsciente próximo al consciente, que del inconsciente, menos o más, profundo, al que nos conducen, sucesivamente, Urano, Neptuno y Plutón, hallándonos con este último, como bien nos dice Tierney [Tie 83] en los ámbitos más profundos del mundo exterior que nos remiten, a la par, a los territorios más recónditos de nuestra realidad interior.

Con Plutón, pues, estamos moviéndonos en los lugares más lejanos, tanto hacia fuera como hacia dentro, de los ámbitos de realidad que hoy tenemos, siquiera borrosamente, entrevistos, en las fronteras, tan escasamente exploradas, de nuestros territorios existenciales, en los límites de los referentes comprensivos de que hoy disponemos a propósito de la realidad que habitamos, tanto en lo que se refiere a nuestra casa interior (individualidad) como a nuestro contexto exterior (sistema solar).

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Hablar de los significados potenciales de ciclos todavía más largos, que están, en definitiva, “más allá de Plutón”, es adentrarnos en territorios inexplorados, tanto del exterior como del interior de esa realidad nuestra, y por lo mismo un ejercicio altamente especulativo.

Si a pesar de ello nos atrevemos a ir adelante, y conscientes de que, por sí mismo, todo lo que pueda decirse habrá de resultar más que tentativo y provisional, podemos aventurar que tales posibles significados habrán de hacer referencia a realidades que el ser humano está todavía por descubrir, siguiendo intuiciones o haciendo tanteos que habrán de llevarle a ellas, y de las que dichos ciclos vienen a ser anuncio y, a la par, promesa de existencia.

Para acceder a tales ámbitos ignotos con un mínimo de coherencia y con visos de aprovechar las posibilidades evolutivas que pueden ofrecernos, nuestra especie como tal y cada uno de nosotros individualmente, habremos de haber logrado un manejo de las realidades del inconsciente de que ya tenemos noticia, de su interacción con el consciente y de la gestión de aquél desde éste del que hoy carecemos, es decir habremos de haber trabajado e integrado oportunamente las dinámicas y significados evolutivos asociados a los ciclos que venimos caracterizando a través de Rea, Quirón, Urano, Neptuno y Plutón.

Bien cierto que, al estar descubriendo ya la humanidad cuerpos trans-plutonianos, el ser humano está mostrando su capacidad potencial para ir más allá de los plutonianos “límites” internos de su realidad personal.

Y quizá lo que nos está diciendo este progreso, en apariencia sólo tecnológico-astronómico, pero, simbólicamente hablando, bastante más que ello, es que más allá del inconsciente “colectivo” de nuestra cultura/civilización particular (Urano, Neptuno y Plutón) hay “otro inconsciente colectivo” tremendamente más amplio que el hasta ahora reconocido, resultando ser así el ámbito total del inconsciente y el de sus tremendas potencialidades todavía muchísimo mayor de lo hasta ahora vislumbrado.

De manera que en él pudiéramos encontrarnos, además de con un inconsciente colectivo intra-cultural o intra-civilizatorio, con un inconsciente colectivo trans-cultural o trans-civilizatorio, el cual englobaría, a nivel planetario, los específicos inconscientes colectivos de las diferentes razas y civilizaciones terrestres, cada uno de los cuales, a su vez, estarían englobando nuestros particulares inconscientes, colectivos e individuales, de acuerdo con nuestra pertenencia adeterminada cultura, raza o/y civilización.

Los ciclos transplutonianos nos estarían remitiendo a un ámbito de realidad no sólo transpersonal, único del que hasta ahora se habla (psicología y astrología transpersonal, por ejemplo), sino a otro ámbito, muchísimo más amplio, de realidad transcultural, planetaria, quizá incluso trans-planetaria, cósmica. Acaso a través de estos ciclos pueda el ser humano evolucionar para, en su momento (tras siglos, milenios, o eones quizá) alcanzar la comprensión y manejo de los significados de los ciclos estelares que, aun siendo tradicionalmente considerados y tenidos en cuenta [Rob 88], nos resultan tan lejanos en todos los sentidos.

En este posible proceso evolutivo, por similitud con lo que Rea y Quirón, es decir los ciclos a los que se hallan asociados, vienen a representar (intermediación consciente-inconsciente), los ciclos (ocupados o no) de duraciones más próximas a la del ciclo de Plutón podrían desempeñar también el papel de intermediarios, pero, en su caso, entre los contenidos y procesos del inconsciente personal-colectivo y el (o los) inconsciente(s) transcultural o/y transcivilizatorio (o/y transplanetario) que acabo de comentar, siendo los ciclos con duración superior al milenio los propiamente asociables a ese (o esos) inconsciente(s) transcultural o/y transcivilizatorio (o/y transplanetario) en sentido estricto.

5.- Para concluir.

La estructura armónica espacio-temporal que caracteriza al sistema solar, perfectamente deducible de los asertos de la astrología clásica, como ha quedado de manifiesto en los apartados precedentes, nos ha permitido avanzar en la descripción y comprensión de su naturaleza, posible extensión y características propias, habiendo podido verificar la coherencia de lo astrológicamente deducible con lo astronómicamente conocido.

El análisis detallado en los apartados precedentes ha mostrado la verosimilitud de la posible existencia de cuerpos orbitando el Sol con periodos superiores al de Plutón y cuyos valores concretos de duración abarcarían desde algunos siglos hasta varios milenios.

Como también ha quedado dicho, al menos tres de estos ciclos han visto confirmada, durante los últimos años, la realidad de su ocupación astronómica, hecho que incrementa la credibilidad de que, aun no siendo obligatorio, pueda suceder otro tanto con algunos, varios, o muchos, de los restantes, avalando el interés de rastrearlos en busca de cuerpos que les estén asociados.

Sea como fuere, el potencial de significado evolutivo de los mismos, ligado a la estructura armónica del sistema solar, que no a su ocupación material por cuerpos astronómicos concretos, queda por ello mismo establecido, pareciendo corresponder a ámbitos del inconsciente, casi con toda certeza, por descubrir. Un descubrimiento que está, verosímilmente, a la espera de que el progreso evolutivo del ser humano haga viable la exploración e integración de dichos ámbitos.

Habremos, en consecuencia, de estar al tanto de los avances que la astronomía y la psicología puedan depararnos en el futuro más o menos inmediato para poder constatar cómo van concretándose, o no, las estimaciones que anteceden.

Referencias bibliográficas
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Eys 82.- H. J. Eysenck y D. K. B. Nias. Astrology: Science or Superstition? Temple Smith, Londres, 1982.
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Nav 94.- J. Navarro. “Signos y Planetas: Una Interrelación Estructurada”. Actas del XI Congreso Ibérico de Astrología, pp. 221-237. Gracentro, Valencia. Junio 1994.
Nav 95.- J. Navarro. “Modelos Astrológicos y Análisis de Fourier”. Cuadernos de Investigación Astrológica Mercurio-3, nº 1, pp. 24-35. Barcelona, Junio 1995.
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