Astrologia na Arte

Torres Villarroel y la Poesía en los Almanaques Astrológicos

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Fernando Durán Lópes

Universidad de Cádiz

Resumen

En el enorme auge que experimenta la escritura de almanaques y pronósticos astrológicos anuales en la primera mitad del siglo XVIII en España tiene un papel clave Diego de Torres Villarroel. Entre las novedades que introduce en este género de impresos, a fin de convertirlos en creaciones literarias más allá de sus contenidos astrológicos, se incluye el uso sistemático de la poesía para las secciones judiciarias del almanaque. Este artículo analiza la evolución y características de esas partes poéticas de los pronósticos.

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Los almanaques españoles del XVIII, que viven su época dorada entre la década de 1720 y su prohibición de 1767, poseen una peculiar naturaleza híbrida entre lo viejo y lo nuevo. La astrología, en tanto que conocimiento y creencia, se asocia generalmente al mundo supersticioso y precientífico para cuya extinción -nunca cumplida del todo- nacieron en Europa la Ilustración y la ciencia moderna. Ese punto ha dado lugar a un amplio debate en relación a la historia de las ideas científicas y a la penetración del pensamiento ilustrado en España, que es casi el único aspecto por el que los almanaques han interesado. Esa polémica, que de manera intencionada aquí no se aborda, ha tapado cualquier otro objeto de atención y ha impedido apreciar que estos impresos no son en ese periodo piezas unívocas, sino poliédricas, y que en ocasiones ni siquiera es el astrológico su contenido principal. Se postula, por tanto, una lectura literaria, sin que ello prejuzgue una postura dada respecto al carácter, la sinceridad o la recepción de la astrología practicada, que es algo que corresponde dirimir a otras disciplinas académicas.

Por otro lado, desde el punto de vista de la literatura, a menudo se coloca esta producción, sin matices ni distingos, en el impreciso lote del barroquismo tardío, obviando la evidencia de que, en términos de historia literaria, el almanaque practicado a partir de Diego Torres Villarroel es una novedad, un invento del XVIII sin formas previas equivalentes. Como artefacto textual, estamos ante un producto original, innovador y puramente dieciochesco; durante el medio siglo en que estuvo en intensa boga, su conexión con los elementos caracterizadores de los almanaques y pronósticos publicados en los siglos XVI y XVII es meramente instrumental. Uno de los elementos rupturistas del modelo de almanaque torresiano será el empleo en ellos de la poesía, punto al que enfocaré mi atención.

En efecto, en los pronósticos anuales españoles precedentes, no se recurre a la poesía, como veremos. En impresos semejantes de otros países occidentales tampoco parece constatarse, aunque sería osado hacer cualquier afirmación en materia sobre la que no existen estudios comparatistas, ni se conocen las redes de circulación paneuropeas. Hasta donde podemos determinar su contexto, el modo de emplear la poesía en los almanaques de Torres Villarroel es un hallazgo personal, uno de los varios resortes aplicados para literaturizarlos. Casi siempre se ha leído esa poesía astrológica en el Extracto de 1739 y en sus ampliaciones; pero allí los poemas aparecen todos seguidos y desconectados de su contexto, con apariencia de poemario, cuando no lo es. A menudo esas piezas quedan desamparadas de sentido, o al contrario, su disposición corrida les da un falso sentido de continuidad. En la medida de lo posible, mi intento aquí no será analizar sus características literarias, sino desentrañar su uso estructural dentro del marco del almanaque. Para ello será oportuno comenzar con una somera descripción de dicho marco y sus vías de evolución.

El Itinerario de Torres Villarrroel

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Los pronósticos astrológicos anuales existen desde el comienzo de la imprenta, pero su tipología produce ya en el XVI un formato constante y estereotipado, con contadas excepciones: un muy humilde folleto de pobre tipografía y alrededor de ocho páginas que contiene abreviados los datos astrológicos, números y letras que definen el año en los distintos calendarios y ciclos astronómicos y litúrgicos; las fiestas movibles; un juicio con los sucesos previstos, a partir del astro dominante (el señor del año), de las conjunciones y de los eclipses; y una concreción de esos datos desglosados por unidades de tiempo, que en su forma más acabada, la habitual a fines del XVII, articula una secuencia descendente con breves noticias para cada estación, mes, cuarto de luna (momento en que se alcanza la luna llena, nueva, creciente o menguante) y día del año. Los vaticinios versan sobre el orden natural (esto es, las enfermedades y curas, el clima y las cosechas) y sobre el orden político (guerras, conmociones, elevaciones o caídas de potentados…), siempre con gran inconcreción. Dentro de ese sistema predictivo, se combinan las variables del año solar con las del año lunar, y adquieren un lugar relevante los cuartos de luna, donde siempre se reserva un vaticinio algo más largo y circunstanciado que el resto. Desde mediados del XVII, a partir del modelo italiano del Gran Piscator Sarrabal de Milán, se desarrolla un tipo de almanaque donde todos esos contenidos se expanden en tamaño, en particular las predicciones iniciales del «Juicio del año» y las de los cuartos de luna, donde se usa de un lenguaje más elaborado y pretencioso, y acostumbra a añadirse una sección adicional miscelánea con listas de natalicios regios, consejos para la salud o las labores agrícolas, curiosidades diversas…

Esos dos, el básico y el expandido, son los modelos de almanaques existentes en España cuando Torres Villarroel empieza a escribirlos a fines de los años 10 del XVIII. En ellos solo aparecen poemas en contadísimas ocasiones y con usos limitados y paratextuales. Es posible, aunque raro, encontrar tal cual soneto en alabanza del autor, pero el género de los almanaques casi nunca alcanzaba la categoría cultural o el prestigio literario que justificase esas ceremonias de adulación mutua que proliferaban en géneros y círculos más elevados. También puede ocurrir que haya alguna pieza de ingenio con rimas forzadas, como en el Nuevo Atlante español, uno de los imitadores españoles de los Sarrabales al principio del XVIII. Pero son siempre recursos periféricos, ajenos a la estructura del almanaque y al designio que lo configura. Desde luego, existía desde antiguo una riquísima tradición de pronósticos judiciarios en verso y de poesía astrológica burlesca parodiando y ridiculizando la astrología con el procedimiento de las perogrulladas, pero esas producciones no tienen mucho que ver con el almanaque anual como género específico, aunque sin duda habrá que tenerlos en cuenta para trazar la genealogía literaria de los versos que Torres Villarroel introduce en los suyos desde 1722.

La revolución que aplica el genial escritor salmantino a un género que hasta entonces había tenido un carácter estrictamente técnico y lucrativo, es de tipo literario. Es importante subrayar que mantiene intacta la funcionalidad material y conceptual de los pronósticos en tanto que astrología, propiciando así una doble función y una doble recepción del producto impreso. Él crea un modelo de almanaque en el que las secciones tradicionales quedan encuadradas en una estructura narrativa y metafórica, donde se intercalan nuevos contenidos creativos. Los cambios son varios: la expansión en tamaño y funciones de los prólogos y dedicatorias, la aparición de un título y una introducción narrativa al juicio del año de muy elaborado estilo, que se convierte en el eje del opúsculo y cuyos personajes e idea central servirán de macroestructura para las otras secciones, la supresión de las misceláneas didácticas y, por fin, la sistemática intercalación de poesía. Torres, además de algún otro poema que pueda ubicar ocasionalmente aquí o allá, vincula los versos a la parte judiciaria del pronóstico, añadiendo cuatro poemas largos al final de cada estación en el juicio del año con alguna predicción política; y una copla también judiciaria en todos o la mayor parte de los cuartos de luna, introducida con una breve secuencia en prosa que suele remitir a la ficción propia de cada almanaque.

Pero ese elemento, como el resto de los constituyentes del modelo torresiano, es el fruto de una década de tanteos, avances y retrocesos de un autor que buscaba su personalidad sin saber a ciencia cierta dónde la encontraría. Veamos ese proceso en lo que respecta al elemento poético.

Un pícaro de lo fino,
que oculta su patria y gente, y en las conchas solamente
se sabe que es peregrino, roto fatiga el camino,
hecho un mísero gualdrapa. En los pueblos hurta y rapa,
racional astuta zorra: él es garnacha y es gorra,
y continuamente escapa.

Con mucha certeza, esta décima de Torres Villarroel, ubicada en su predicción para la luna llena de enero de 1722, inaugura el uso del verso en los pronósticos astrológicos españoles. Aunque había ya publicado un almanaque para 1719 y tenemos indicios de la existencia de otros no conservados para 1718, 1720 y 1721, es este año, en El embajador de Apolo y volante de Mercurio, cuando se decide a sumar la condición de poeta al oficio de estrellero. En su prólogo a los lectores subraya esta novedad: «En la parte judiciaria explico los aforismos en verso, que aunque tuve aborrecidas las musas, o! ignoscite sacri turba chori, por los créditos que me gané, me obliga un especial mandado por cuyo cumplimiento aventuraré la mayor esperanza». Parece obvio que, si hubiera empleado poemas en años anteriores, tal explicación sobraba.

Juicio y Chirinola de los Astros

El uso que hace de la poesía ese año es aún limitado: solo aparece en las secuencias judiciarias largas de los cuartos de luna. En total hay 23 composiciones, colocadas en casi todas las lunas nuevas o llenas, y nunca en los cuartos crecientes ni menguantes. Los poemas quedan atados a un párrafo en prosa cuyo contenido expanden o ilustran en forma aforística y misteriosa. Esas pequeñas secuencias predictivas en prosa eran parte de la estructura estándar de los almanaques anteriores, muy breves en los modelos básicos y algo más extensos y engolados en los expandidos. Torres Villarroel construye su fórmula a partir de estos últimos y, en lo que respecta a los cuartos lunares, su táctica para animar esa sección consiste en desdoblarla añadiendo un poema corto al vaticinio en prosa. Ya que con eso aumenta el tamaño del cuarto y dilata su superficie tipográfica, eso explica que, para compensar, reduzca su uso solo a la mitad de los lugares posibles.4 En cuanto a la métrica, Torres entiende la poesía como un factor de variedad y recurre a formas muy distintas: seis de las piezas son cuartetas octosílabas; tres veces emplea décimas, octavas reales y sextetos lira; hay dos seguidillas simples y dos romances de ocho versos, además de una quintilla, una cuarteta endecasílaba, un sone- to y una redondilla. Llama la atención que no aparezca la seguidilla compuesta, que acabará constituyendo la estrofa de sus almanaques por antonomasia. En el futuro tal variedad tenderá a estrecharse.

4 En 1722 ese procedimiento crea una novedosa división entre las fases plenas y las fases intermedias de la luna, inexistente en la tradición previa, donde las cuatro recibían tratamiento parejo. Quizá era un sistema demasiado rígido, porque en el futuro lo habitual será colocar las coplas en aproximadamente la mitad de los cuaros, pero sin distinguir unos de otros y a veces con apariencia de haberse repartido al azar o por razones tipográficas.

Al año siguiente, en el pronóstico para 1723, donde crea un marco narrativo pastoril para insertar las diferentes secciones del almanaque, vuelve a prescindir del verso. Es instructivo que lo haga, porque la materia pastoril convidaba de forma natural al uso de recursos líricos. De hecho, esse detalle fue reprochado con guasa por uno de los censores que aprobaron aquel almanaque, fray Juan de Estrada, maestro de capilla del convento de San Felipe el Real de Madrid, quien se explica de esta suerte:

[…] solo encuentro esta nueva Arcadia pastoril, en la cual tampo[co] veo ni oigo aquellas zampoñas y chu- rumbelas con que se entretenían los pastores antiguos cantando por las florestas. Yo he leído la Arcadia de Lope y sé de memoria los versos celosos de Leriano, los desesperados de Anfriso, los villancicos de Isbela, Silvia y Anarda, sin que en aquellos alegres campos se pensase en otra cosa […] que en recrear el ánimo con el estudio de las Musas […]. Ya veo que todo se muda y que en las Arcadias de antaño no hay flautas hogaño.

(Torres Villarroel, Juicio de los políticos acontecimientos)

A mi modo de ver, Torres, que aún andaba tanteando caminos y no acababa de asentar el paso, no usa versos en materia tan proclive a ellos precisamente porque no quiere incurrir en ese tipo de poetización, atada a una tradición lírica tan específica, sino desarrollar una más cercana a su estilo personal y directamente asociada a las funciones del almanaque. Dicho de otro modo, no quería emplear el almanaque como excusa para hacer literatura convencional, sino que pretendía articular un tipo de almanaque que, sin dejar de serlo, consintiese también una forma propia de literatura.

Lo ocurrido en los dos años siguientes parece contradecir esto que digo. En la pieza de 1724, la Melodrama astrológica, el uso de la poesía queda enmascarado por la aplicación por primera vez de un artificio general que sirve de marco a todas las secciones: en este caso una pieza teatral en verso, con una densa alegoría astrológica en que participan los signos, los planetas y los continentes, y que queda distribuida a lo largo del almanaque. El estilo y la métrica (silva de consonantes y silva arromanzada en su mayor parte) son los de la poesía culta. Veamos solo una muestra de uma de sus primeras tiradas:

Ya que del claro Febo los fulgores
destierran a la helada noche fría,
que antípoda del día
trocó la luz en pálidos horrores,
aquí entre los verdores,
vegetable impresión del firmamento,
explíquese el contento, pues a influencia tanta
es Fénix cada planta, que en las cenizas de la tierra yace
y a nueva vida su verdor renace.

(Extracto)

Al año siguiente, para 1725, Torres publica la Academia poética astrológica, que forma pareja en su designio con el pronóstico del año anterior, aunque ahora sustituye la musa teatral por la musa lírica. Los sujetos alegóricos que desgranan las predicciones ya no fingen ser los personajes de una obra teatral, sino los poetas que se reúnen para hacer una academia, es decir, esas concurrencias formales de literatos que, con sus reglas y ritos determinados, compiten con poemas sobre un programa prefijado. Nuevamente se trata de imitar usos cultos y muy convencionales de la poesía coetánea, siguiendo la tradición del siglo precedente. Nuevamente se recurre a poemas largos en estrofas cultas: silvas de consonantes, octavas, pero también coplas y romances más ligeros, sonetos, décimas, seguidillas, etc. En este caso, solo emplea quince poemas en los cuartos de luna, que recaen en cualquiera de ellos sin una lógica aparente, aunque algunos cuartos tienen largos vaticinios en prosa carentes de versos. En esa sección concreta el registro poético es menos culto y más variado, similar al de 1722.

Lo que me parece oportuno es considerar que esos dos años son pasos en falso, en la dirección de convertir la astrología en un simple pretexto para hacer un ingenioso alarde literario a partir de las rígidas convenciones de otros géneros; nunca volvió a repetir una alteración tan extrema de la estructura funcional del pronóstico, aunque sí lo hicieron en décadas subsiguientes algunos de sus imitadores. Tras el descanso forzoso de 1726 por los pleitos que le puso el Hospital General de Madrid en busca de un privilegio exclusivo para sus Sarrabales, Torres parece más certero en encontrar un modelo que no renuncie a los reclamos tradicionales del producto, ni los difumine, sino que les añada nuevos motivos de interés para los mismos o para otros lectores.

El almanaque de 1727, las Serenidades de un juicio, en las burlas de una mojiganga, es el único de existencia segura del que no ha quedado ningún ejemplar y por lo tanto solo se lee por el Extracto. Ese año se produce un definitivo giro estilístico. Torres empieza a usar en sus almanaques de forma sistemática el estilo que le caracterizará en toda su obra, ese particular desbordamiento léxico, esa inmersión en las profundidades de los lenguajes populares, rurales y regionales, esa imitación parcial del arte de Quevedo y otros ingenios del Barroco, que sin embargo es absolutamente personal y característica. A partir de ahí prescindirá de hibridar géneros cultos con la estructura del almanaque, y se concentrará en elaborar unos prólogos y unas ficciones introductorias con un intenso ambiente costumbrista o carnavalesco, y un lenguaje bizarro al que, por abreviar, denomino estilo perdulario. En los almanaques anteriores hay trazos ocasionales de este registro, sobre todo en prólogos y secuencias de tono más jocoso, pero es obvio que resulta más difícil de encajar con la estructura marco de un melodrama alegórico o una academia poética. En el juicio político de ese año hay numerosas coplillas breves y epigramáticas; y del mismo modo, con breves y arrojadizos tercetos octosílabos se resuelven las predicciones políticas de los cuartos, que a partir del Extracto no podemos saber cómo iban distribuídas.

En 1728, en un almanaque ambientado en un manicomio, los locos proporcionan las predicciones en largos poemas en las estaciones y en muy escasas coplas en los cuartos. En 1729 es una gitana la protagonista que dicta los juicios. Ahí el procedimiento ya empieza a estar estandariza- do: muchos fragmentos poéticos, a veces largos, en las estaciones; y 24 poemas cortos en determinados cuartos, distribuidos sin regularidad y con variedad estrófica, pero ya con una tendencia definida a las estrofas cortas octosilábicas y a las seguidillas compuestas: hay nueve de estas, siete quintillas, cinco seguidillas simples (o «rabonas», como él las denomina con humor), un soneto, una redondilla y una décima. Sería demasiado prolijo para este acercamiento general detallar todas las variantes específicas en las poesías astrológicas de Torres hasta 1767. Hay muchos cambios menores sobre una línea bastante común. En 1735 algunos poemas van en portugués, y tanto ese año como en 1740 faltan en estaciones y lunaciones, donde solo quedan pequeños párrafos en prosa como en los Sarrabales. Al final de 1740 se adjuntan dos largos poemas burlescos. En el almanaque para 1741 los poemas tienen en común ser glosas de Quevedo. En 1743, en vez de incluir poesías en las cuatro estaciones, pone una muy larga en la primavera. El grado de relación de esos poemas con la ficción introductoria de cada almanaque es variable; hay años en que no existe y años en que está muy marcada. En cuanto a la métrica, hay una progresiva preponderancia de las seguidillas compuestas.

Un cambio relevante se produce entre 1753 y 1758: Torres parece haberse cansado de los versos -o quizá intenta diferenciarse de su ya ubérrima cosecha de imitadores- y los sustituye por baterías de refranes castellanos, tanto en estaciones como en cuartos. El salmantino mostraba síntomas de agotamiento, como explica en el prólogo de 1753:

Ahora solo quiero advertirte que los juicios políticos de este van envueltos en refranes castellanos; y es porque mi musa ya no puede con las bragas, ni se puede tener en pie, que se ha desainado la pobre con tantas siguidillas como ha hecho, y las demás coplas tampoco la pueden entrar ya de los dientes adentro, porque todos los días berzas amarga el caldo y porque es una cansera estar años y años erre que erre, machacando en una misma cosa. Al cabo de los años mil he querido mudar de bisiesto.

(Torres Villarroel, Los enfermos de la Fuente del Toro).

En 1759 reduce el diario de cuartos de luna al mínimo y, aunque mantiene los refranes en las estaciones, solo los emplea en dos cuartos. Entre 1760 y 1762 vuelve a un diario más desarrollado, pero en cada cuarto coloca un presagio político en una frase, con un refrán y una copla en verso, combinando, pues, ambos procedimientos. En 1763 inaugura su última variante: varias coplas sueltas en las estaciones y en los cuartos de luna prosa y verso como antes de 1753, mas sin atadura con la ficción introductoria; ahora, en vez de proverbios, usa «enigmas, que vulgarmente se llaman acertijos o quisicosas, las que me podrán servir para engalanar el pronóstico […], pues ya estoy aburrido de los refranes». Así sigue hasta su último almanaque, La tía y la sobrina, de 1767.

Estudio de un Caso: Coplas en el Juicio de las Estaciones

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Dejando a un lado esta casuística de variantes, y a fin de dar cuenta del encaje estructural de la fórmula estándar, desarrollaré un año concreto que ilustre la particular poética de estas composiciones, que pierden mucho de su sentido y fuerza si las extraemos del almanaque para el que fueron concebidas. Veamos el año 1732, Los ciegos de Madrid.

La «Introducción y juicio general del año de 1732» nos muestra a un Torres afectadamente quejoso, dispuesto a abandonar la escritura de almanaques para convertirse en «guisandero de comedias», que es trabajo más fácil, o cualquier otro oficio más lucrativo y menos expuesto, pues «los kalendarios rinden tan poco que no los quieren ni aun a trueque de maldiciones». Para más queja, ahora hay una plaga de piscatores intrusos e ignorantes que desacreditan a los buenos. En medio de esos pensamientos, como es costumbre en tales narraciones, el autor recibe la visita de dos estrambóticos personajes, de quienes proporciona una descripción bizarra y kilométrica: una vejancona y uno de los ciegos madrileños que pregonaban y vendían sus pronósticos, «el salvaje más descomunal de cuantos aúllan gacetas y kalendarios por las plazas, ladran jácaras por las calles y gruñen oraciones por las esquinas». Ambos visitantes, en un lenguaje callejero lleno de prevaricaciones idiomáticas, acuden a implorarle en nombre de los ciegos de Madrid, la «gente del garrote», que no deje de «dar a la emprenta su almenaque por yo no sé qué cancamurria que tiene con los prenostiqueros». Tanto le insisten y adulan, que Torres les concede un almanaque más:

—Ahora bien, seó Cosme Mocorroño, por este año haré lo que me piden mis amigos los ciegos, pero tengo intención de poner aparte las coplas que han de corresponder a las lunaciones, para que ustedes puedan cantarlas y venderlas a su placer.

—Bien está -replicó Mocorroño-, pero si sumercé nos da el prenóstico a secas, sin coplones y cascabeles, se nos queda el rabo por desollar.

—Pues para que tenga algún sainete -le respondí- le pondremos por introdución esta misma diligencia de ustedes, y en las lunaciones dos o tres coplas de las jácaras o seguidillas que se han de cantar y que yo mismo iré repartiendo entre los hermanos; y Cristo con todos.

—Ello por ello -dijo la viejarrona- ya no hay más que pidir si no es cutufas; premita su Majestá dárselo de cielo y el Señor se lo multiplique. Zafemos de aquí, señor Mocorroño, que ya semos al cabo de la enfecultá. Despidiéronse con esto los dos estantiguas, cerré mi aposento y formé los cálculos y juicios que se descubrirán en lo que se sigue.

La introducción siempre relata, en forma pintoresca y jocosa, el origen del pronóstico del año, y a la vez proyecta su ficción hacia las otras secciones, anunciando quiénes son los personajes en cuya boca se colocarán las coplas judiciarias de las lunaciones. En este caso, esos personajes son una batería de grotescos ciegos de Madrid que no escriben las coplas, sino que cantan las que les proporciona el cator de Salamanca. Pero antes de las lunaciones figuran los juicios de las cuatro estaciones, donde se detallan en unas pocas páginas los datos astrológicos de cada una, así como las predicciones sobre su clima, cosechas, enfermedades y política. Esta última secuencia de contenido sirve de pie a un poema largo, como vemos en la primavera:

En cuanto a las contingencias humanas y políticas no preveo cosa especial, porque en nuestras poblaciones se gozará generalmente de prosperidad, aunque no faltará alguna murmuración por recelo de la soldadesca que se quiere acercar a nuestros países. Una villa está muy contenta porque se vuelve a residir en ella su monarca, que remediará muchas necesidades y pondrá en cuidado a los ministros. Un matrimo- nio causa grandes alegrías en un pueblo sujeto al signo Acuario. Sonará una gran contienda en un con- sejo de políticos, con diversidad de pareceres y entretanto se les introduce en casa el enemigo. El principal acontecimiento le podrá presumir el lector de la siguiente jacarilla, que cantarán a su tiempo los ciegos.

Cada estación, en efecto, concluye con lo que denomina una «Jácara», esto es, un romance con contenido judiciario que, por supuesto, es tan imposible de descifrar como fácil de asignar a cualquier suceso que se quiera. En 1732 esos poemas de las estaciones son muy regulares: los cuatro consisten en romances de idéntica extensión (doce cuartetas). Se supone que cada uno explica un misterioso suceso que ocurrirá en esos meses. La jácara de la primavera incluye una alegoría sobre un verde laurel que levanta con soberbia su copa, escaso de raíces y colmado de hojas. Torres construye una convencional imagen de la vanidad del poder enfrentado al inexorable paso del tiempo, que todo lo derriba. El tiempo, como se deja entender fácilmente, es un eje mayor de la poesía astrológica.

Sobre su verdor lozano
sus esperanzas apoya,
sin ver que la noche quita
los colores a las cosas.
[…]
Contra el tiempo se rebela
y a sus leyes imperiosas juzga hurtarse, cuando el [¿al?] tiempo
hasta los cedros se postran.

El laurel representa el poder soberbio, la vanidad de quien se cree encumbrado y se complace con la «adulación forzosa» de un arroyo que le besa los pies. Un «nocturno pájaro» le avisa de su inminente fin, pero esta advertencia queda ahogada por los trinos de los «ruiseñores lisonjeros». Finalmente llega la hora de la caída, con cuya lección moral concluye el romance:

Un huracán formidable
desvanecerá sus glorias,
que glorias que escribe el viento
es el viento quien las borra.

Esta alegoría maneja conceptos morales muy sencillos y tópicos: soberbia y castigo, la inclemencia del paso del tiempo y la caducidad del poder y las glorias del mundo. Es obvio que se puede aplicar a cualquier revés que sufra un poderoso a lo largo de esos meses, valdría para todo y para nada. Es lo habitual en los almanaques. La jácara del estío es más enigmática, intentando provocar una lectura en clave, como también es frecuente:

Para componer un tres
seis sacristanes están,
seis, que de música tienen
no más que lo sacristán.

Está lleno de alusiones crípticas que hacen pensar en claves semiocultas, como indicar que esta comunidad se alumbra con muchas velas de cera, a pesar de no tener «Colmenar», lo que podría interpretarse como un sustantivo común o como indicación de cualquier localidad que se llame así; se habla de que uno de los sacristanes «ha sido / zapatero en su lugar» y se apunta a altas instancias:

Al son de un órgano, que
es de una capilla real,
cantarán: mas esta tecla
no la quiero yo tocar.

Todo el romance está lleno de juegos de palabras sobre el campo semántico de la música y de la liturgia religiosa. Al final, nada se concreta y solo se deja caer en el último verso la ominosa presencia de «un muerto». La jácara del otoño gira sobre la locura del mundo, otro tema recurrente en Torres. Tiene estructura enumerativa y así empieza:

Todo el mundo es desconcierto,
desorden todo y baraja:
la mayor desdicha es que
la fortuna se emborracha.

Cada cuarteta muestra un ejemplo de locura, siempre inconcreta, que ocurrirá en esa temporada otoñal: un químico y un poeta merecerán ser enjaulados en una casa de orates; un facineroso se apoderará de un trono; un capitán aparecerá emplumado en una plaza… con plumas de gallina… Cada cuarteta es independiente y bien podría haberse colocado suelta en cualquier cuarto de luna. Como en muchos otros casos, las coplas de los pronósticos parecen intercambiables en sus ubicaciones. Algunas estrofas son burlescas (un cocinero famoso que viene desde lejos «para hacer una ensalada»), otras anuncian desastres políticos (un rey consulta para la salud de su reino a «un mal galenista, que / sangre de pobres derrama»), otras son crípticas… El juego consiste siempre en aparentar más de lo que se dice, y en remitir a una moralidad tópica y justiciera. Por último, la jácara del invierno congrega de nuevo la imaginería del escarmiento del tiempo con la de la locura del existir:

Carátulas quita el tiempo,
que es quien todo lo revela,
a todos los que componen
una mojiganga seria.

Sigue el desfile de figuras de esa mojiganga, en juego enumerativo idéntico al de la jácara precedente. Ninguna de las cuatro composiciones está vinculada de forma específica al juicio estacional que le precede, sino simplemente atado a él mediante una fórmula introductoria. Ya vimos la primera, las otras se introducen diciendo esto: «los demás sucesos que promete la situación de los planetas en sus orbes se verán en la jácara que se sigue, cuya música queda por cuenta de los entonadores de ensaladillas y fandangos» (estío); «se dirigen algunas embajadas con lentitud provechosa y otros casos que cantarán mis amigos los ciegos, de los cuales refiere algunos esta / JÁCARA» (otoño); «estos sucesos, algunos que callo, muchos que ignoro y otros que cantarán los cofrades del palo, harán la olla gorda de esta cuarta. Dios nos saque con bien de todos, y entretanto repasen los lectores esta cantaleta que darán los ciegos en las lunaciones correspondientes» (invierno). Como se ve, mientras que las dos primeras aparecen como representación alegórica de sucesos concretos, las dos últimas son enumeraciones de os sueltos que podrían ir en las lunaciones, con lo cual aparecen como un almacén de predicciones que borra la distinción estructural entre los poemas de las estaciones y los de los cuartos de luna. En otros almanaques esa distinción queda mucho más establecida.

Coplas en los Cuartos de Luna

Veamos ahora los poemas diseminados en el diario de cuartos de luna. Hay veinticinco, distribuidos sin orden aparente en cualquiera de las cuatro fases, mientras que las que no llevan poema incluyen sin excepción un breve pasaje en prosa. El primer cuarto de enero, la luna creciente, podrá servir de ejemplo de cómo se presentan estas secuencias, introducidos por un pasaje que enlaza con la ficción introductoria:

¶ Cuarto creciente a las 6 de la tarde en Aries.
Vientos fríos y húmedos, fiebres sinocales pútridas.

Amarrado a un rollo de kalendarios, gacetas y villancicos de Madrid encontré a un ciego rucio y carilargo, y conociéndome por la voz, me pidió que le diese alguna jacarilla para cantar, y yo le di unas coplas de romance castellano, que contenía la tragedia de un ministro depuesto de sus honores y arrojado de la corte, donde había sido venerado y temido, con otras cosas que verá el curioso lector; empezaba así:

Escúcheme todo gomia,
y todo tragón de aplausos,
camaleones que viven
de sorber aires dañados.

Así pues, si los poemas largos de las estaciones se construyen bien como alegorías articuladas, bien como sucesión de secuencias breves, en las coplas de las lunaciones se puede usar el recurso inverso y darlas solo como partes o anuncios de composiciones más extensas que no se incluyen. El almanaque, pues, es solo como un vehículo para una masa textual indeterminada, que se supone que Torres proporciona directamente a los ciegos para su comercialización. Esa es la ficción de 1732, que se refuerza por el hecho de que varios de los cuartos hablen de poemas que no figuran allí, como este de febrero:

¶ Cuarto menguante a las 11 y 50 min. de la noche en Escorpio. Nublo y agua. Prosiguen los afectos del lleno pasado.

Novedad bien curiosa ocurre en este cuarto para hacer un romance; pero no está la musa para fiestas. Yo les daré el asumpto a los ciegos para que Justicia les haga las coplas, si no le impide la relación de un facineroso que pagará públicamente sus delitos.

Las entradillas en prosa asignan las coplas a diferentes ciegos, tal como se prometió en la introducción. Son estos: el «ciego rucio y carilargo» ya mencionado, «los dos ciegos Moranta y el Tiñoso» en una esquina de las cuatro calles (luna llena de enero), el «Pancho, que es un ciego muy soplado, pero muy puerco» (cuarto menguante de enero), «Manota y Epidemia» (luna llena de febrero), «los tres ciegos Magana, Piteira y Zoquero» (luna nueva de febrero), «Pedro Caro» (luna llena de marzo), «Arrastracardos y Mocorroño, famosos entre los demás ciegos» (luna nueva de marzo), «Orche y Coscullo» (cuarto creciente de abril), el «ciego Paparrabias» (luna llena de abril); «un ciego estantigua» encontrado en la calle Mayor (cuarto menguante de abril); «Camorra y Mosquilón» en la calle de los Relatores (luna nueva de abril); «Rebollo y Trullo» (luna llena de mayo); «el Tiñoso y Farraguas» en la calle del Lobo (luna llena de junio); «Macharo y Calvete» en la fuente de Embajadores (luna nueva de junio); «Cobeña y Pateta» en la calle de la Sartén (luna llena de julio); «Pedro de la Paz y Zumaque» en el Caballero de Gracia (cuarto menguante de julio); «el Papudo y Alforjillas» (luna nueva de julio); «el Cuervo y Garrancha» (luna llena de agosto); «Pinches y Candongo» en la calle de Alcalá (luna nueva de agosto); «el Raspado y Come-Responsos» (luna llena de septiembre); «Aldabón y Cascajo» (luna llena de octubre); «Gorgolla» en la calle del Pozo (luna nueva de octubre); «Porcuna y Panzota» (luna llena de noviembre); «Chiribainas» (luna nueva de noviembre); «Francisco Linares y Lorrio» en la plaza Mayor (cuarto creciente de diciembre); y finalmente «el insigne Tragabolos y su compañero Mamacallos, que son los ciegos de más poco miramiento que hay en la cofradía», en la Puerta del Sol (luna llena de diciembre).

Si sumamos esos ciegos con los mencionados en los cuartos en que no hay copla por alguno de los muchos y variopintos motivos que Torres emplea para llenar los huecos sin versos, sacamos en claro que un evidente resorte del salmantino era provocar un reconocimiento costumbrista en sus lectores. Es un homenaje a los ciegos de Madrid y un recorrido por las calles y plazas de la corte donde los impresos eran voceados por ese singular ejército de vendedores. En el corazón mismo de la bullanga cortesana, la Puerta del Sol, concluye este itinerario. Es de suponer que esos nombres y apodos correspondan a ciegos reales, que sentirían una justificada vanidad al convertirse en protagonistas jocosos del producto que vendían. La automitificación que Torres practica por sistema se extiende a cuanto le rodea, impregna todo el proceso de invención, escritura, impresión, venta y lectura de los almanaques.

La práctica totalidad de los cuartos de luna están ocupados en ese juego de bromas y medias verdades sobre los ciegos, los sucesos y sus coplas, en el que el almanaque funge como un testimonio fragmentario y reticente de una serie de predicciones orales que viven en las calles y juegan a destaparse y encubrirse. Es solo la parte imprimible del oficio de estrellero; las profecías más comprometedoras son la que se dice que se callan, en el eterno quiebro astrológico de amagar y retirarse. Son muy pocos los cuartos en que vemos predicciones estrictas al estilo de los almanaques tra- dicionales, como los Sarrabales. De hecho solo hay tres casos en este almanaque, en la luna nueva de septiembre:

Desde este día hasta el diez y ocho de octubre deben estar cuidadosos los médicos con los enfermos, porque la naturaleza de las calenturas es de aquellas por las que dijo Hipócrates febres quandoque mutes valde malignae.

 Muchas novedades de correos, postas, viajes, mudanzas de gobierno, paga de soldados y ministros, y otras de esta clase ocurren en esta luna, pero cuide cada uno su salud, que el tiempo es muy malo.

Y en las lunas llena y nueva de diciembre, que coinciden con sendos eclipses visibles, lunar y solar respectivamente. Veamos solo el primero:

Los influjos de este eclipse empezarán a padecer los sublunares a principios del año venidero, así en lo vegetable como en lo animal se experimentarán muchos achaques, y el mundo político se resolverá todo, porque en los ánimos no habrá otra cosa que disensiones, pendencias, traiciones y hostilidades.

Y es también muy de resaltar la luna nueva de mayo, que supone un homenaje al gran astrólogo español de principios del XVIII, el alcañizano Pedro Enguera, de quien Torres Villarroel disemina en sus obras tempranas contadas señales de que fue para él una especie de maestro nunca directamente proclamado. Estas frases habría que añadirlas a esa lista de reconocimientos indirectos:

Cuarenta años ha que observa con toda atención el aspecto de Júpiter y el sol don Pedro Enguera; y dice en su pronóstico del año de 1728, en la luna nueva de junio, que jamás le mintió y que siempre vio mejorar los enfermos, notable alegría y famosa disposición en los santos, atentos a fiestas y bailes y diversiones. Ahora tenemos el mismo aspecto que observó Enguera, quiera Dios que gocemos de los influjos que nos asegura.

 Son los cuatro únicos casos en que no se habla de ciegos y coplas, y el testigo patente de que el modelo de almanaque literario de Torres nunca se literaturiza por completo, nunca deja de atender a las funciones astrológicas básicas. De hecho, es esa la naturaleza peculiar del arte torresiano, la de colocarse en una puerta giratoria por la que entra o sale de las creencias populares, se hace el experto o el bufón, se ríe de la astrología o la practica con rigor, sin inmutarse por la evidente y repetida contradicción.

En cuanto a la métrica, ese año Torres sigue en su línea de concentrarse en formas características de la poesía más tradicional, limitando su variedad a un abanico relativamente corto que excluye por entero ya los versos endecasílabos y las estrofas más cultas. El eje lo constituyen las seguidillas, de las que encontramos en los cuartos nueve casos de seguidilla compuesta (dos de ellos formados por series de dos), un caso de seguidilla simple, otro de seguidilla chamberga y otro que combina una seguidilla simple con un romancillo irregular. Los romances, siempre cortos, son el otro eje métrico: en cinco ocasiones figuran cuartetas sueltas (una de estas veces contiene dos cuartetas independientes entre sí) y en cuatro hay romances en distintas variedades (uno octosílabo esdrújulo, uno octosílabo de dos cuartetas, uno hexasílabo de seis y uno heptasílabo esdrújulo de dos). A título episódico completan el abanico métrico un terceto octo- sílabo de rima asonante (– a a) y un par de estrofas con esdrújulos al comienzo (una con siete versos, combinando decasílabos y pentasílabos, y la otra con ocho versos decasílabos de rimas asonantes arromanzadas).

Coherente con estas preferencias métricas está la coloración estilística de estos poemas, que giran sobre recursos propios de la poesía burlesca, muy habituales en los almanaques de Torres. El uso de esdrújulos es quizá el más característico en 1732, que comparece en cuatro ocasiones, como en este romance de la luna llena de enero:

Allá van de pluma rústica
las aventuras de un jácaro,
que es tiña de los políticos
y carcoma de los áulicos.
Aqueste con otro físico,
que es un pestífero oráculo,
estudiando están intrépidos
el dejar un cuerpo lánguido.
Este, de chupar hidrópico;
aquel, de sorber hepático,
a visitar corren tépidos
las lobregueces del Báratro.

Hay casos más sofisticados, como en dos piezas que Torres dice escribir «en el estilo antiguo de los esdrújulos», donde las palabras clave aparecen a comienzos de verso y no en posición de rima, con recolección final (luna nueva de abril, que es la que copio) o sin ella (como en la luna llena de junio):

Pícaros, los honrudos de Cortes;
jácaros, los bonetes más serios;
pérfidos, tratarán de los cultos;
mágicos, en el más santo pueblo;
y tal desdicha
pícaros, jácaros, pérfidos, mágicos
la solemnizan.

Otro recurso típico son los juegos de palabras que el propio Torres llama «paronomasias», como esta de la luna llena de octubre:

Flor con una esquela sola,
papel de Roma derrama,
y cuando en la Popa
pipa a toda la Tropa atrapa.

A menudo las coplas carecen de relación directa con la predicción en prosa, que simplemente actúa de entradilla, pero en otros casos hay un desarrollo combinado en ambas partes de la secuencia. Como ejemplo veamos la luna nueva de febrero, donde anuncia que lo más importante que ocurrirá «se trata de una boda entre poderosos de unas ridículas circunstancias», lo que se ilustra con la primera parte de los versos correspondientes:

Desdichada María,
cómo te injurian,
pues te casan de golpe
sin tener culpa.

O en la luna llena de mayo, donde los ciegos se dice que cantan a varios asuntos, pero solo se reproduce la seguidilla que atañe «a la codicia de un soberbio que vive afrentado y pobre, poseyendo las mayores riquezas», y dice así:

Ganapán de monedas
eres, mezquino;
de ellas andas cargado,
no socorrido.
Sabe que el oro
aún más tiene de peso
que de socorro.

En general todas las coplas desarrollan, en un registro más popular y chabacano, o en uno más refinado y enigmático, la misma batería de moralidades que ya se han comentado, sobre el castigo de la vanidad, la caducidad del poder, la inestabilidad de la fortuna y demás ideas recurrentes. Pero también contienen una perspectiva catártica para las clases humildes, siempre atenazadas por la injusticia del mundo, los abusos del poder y el miedo a las miserias cotidianas del existir. En estos versos entrevén, como en la literatura satírica de todos los tiempos, o como en las danzas de la muerte y los géneros morales desde la Edad Media, una suerte de inaplazable justicia cósmica que anuncia el castigo de los poderosos y la humillación de los ricos, una venganza verbal tan inocua como acariciadora. Eso sí, ese escarmiento tiene siempre lugar en algún país de Aries o en una ciudad de Marte, a algún monarca sin nombre…

Un Repaso a los Imitadores

El uso de versos quedó vinculado al éxito de Torres y fue vivido por el público como una innovación, que hacía decir a un aprobante en 1738:

Como poeta (que ya no hay prognósticos que no se consulte[n] con el Parnaso) tiene sus coplillas de gusto, y otras de algarabía, con traza de escobas. Hasta que he visto prognósticos en verso, nunca creí que los versos pudiesen valer dos caminos [sic, ¿cominos?], y más de poetas al trote que no saben llevar el Pegaso a paso sentado. Ahora veo, que aunque no valgan mucho, valen sus reales de plata, que en fin es algo.

(Carlos de la Reguera, en Ruiz Gallirgos, El Sarrabal burgalés)

En efecto, se convirtió en moda. La existencia de poemas judiciarios en los mismos lugares y con análogas funciones que en Torres Villarroel es nota constante de los muchos almanaqueros que siguieron su estela y trataron de reproducir su éxito en ventas y fama a partir sobre todo de los primeros años de la década de 1730. Dado que la fórmula torresiana consta de varios componentes y que, además, hay otras fórmulas de almanaques en uso durante aquellos años, a veces la imitación puede reproducir o amplificar unos elementos, disminuir u omitir otros, o bien barajar unas piezas de los almanaques literarios con otras de los didácticos.11 Hay que constatar que el componente poético es uno de los más repetidos y desarrollados de la fórmula torresiana. La lista de almanaqueros versificadores ofrece estos nombres:

11 Los almanaques didácticos son los que, en forma menos abundante, se desarrollan desde la década de 1730 para añadir a los componentes astrológicos toda una serie de informaciones útiles de tipo histórico, geográfico, moral, etc. Prescinden, salvo en casos excepcionales, de las innovaciones introducidas por Torres Villarroel y de sus recursos literarios; por ello no los he considerado en este trabajo.

Francisco León y Ortega, autor de la serie El prognóstico entretenido entre 1733-1740 y 1745-1746: coloca versos en estaciones y cuartos de todos sus almanaques, y tiende a hacerlos particularmente largos y complejos.

Gómez Arias, de trayectoria compleja y errática, que se extiende con algunas lagunas entre las fechas extremas de 1735 y 1754, usa versos en estaciones (en algunos casos muy largos) y en cuartos de luna de forma regular entre 1736- 1739 y 1746-1749. En 1744 elimina los versos de las secciones habituales, pero en cambio añade un largo romance jocoso al final, «El pronóstico en verso y prosa del astrólogo Don Gómez Arias, resucitado al tercer año, para el de 1744». En 1745 coloca versos únicamente en los cuartos de luna, que al prescindir del diario y otras informaciones técnicas se convierten casi en una concatenación de coplas. Sus últimos pronósticos, de 1750, 1751 y 1754, son todos burlescos y enteramente en verso.

Tomás Martín, El Piscator Abulense. En sus trece pronósticos entre 1751-1763 (solo se conservan siete) se limita a lo siguiente: una seguidilla en cada cuarto de luna en 1752; no hay versos en 1753; algunos sonetos y seguidillas en estaciones y cuartos en 1754; un par de seguidillas por mes en 1755; desde 1756 aplica el modelo estricto con versos en estaciones y cuartos, en 1761 y 1763 con una progresiva presencia de décimas. El vaivén de los versos, con su estabilización final, es otra muestra del gran polo de atracción que supone la fórmula torresiana, de la que Martín intenta separarse en varios puntos hasta que el gusto del público le obliga a incurrir en una imitación completa.

Isidoro Ortiz Gallardo Villarroel, el Pequeño Piscator de Salamanca, sobrino y protegido de Torres Villarroel, experimenta el mismo problema que Tomás Martín. En 1751 y 1752 publica almanaques sin introducción ni coplas, pero desde 1753 tiene que mudar el paso y allegarse al modelo estricto de su tío, pues como declara en la introducción de 1759, «papeles de semejante calaña solo se leen hoy día por la pasmarota de las coplas, los refranes y los acertijos, que son la moneda corriente en este comercio». Desde 1753 reincorpora los versos al juicio de las estaciones y a los cuartos de luna, y los mantiene regularmente hasta 1767; ese año, que también fue el de la prohibición de los pronósticos políticos, muere de repente y su hermano Judas Tadeo toma el relevo publicando póstumo el almanaque para 1768, ya sin sombra de versos.

Francisco Martínez Molés extiende la parte versificada del modelo en sus dos almanaques en 1755 y 1756, con poemas judiciarios muy largos en estaciones y cuartos, y que padecieron graves contratiempos de censura.

Antonio Romero Martínez Álvaro escribió cinco pronósticos de tono burlesco y largos desarrollos poéticos entre 1759-1763, colocando en los cuartos seguidillas y redondillas sin introducción en prosa ni conexión con la ficción, pero también en otros lugares, como prólogos y dedicatorias, e intercalados en las introducciones.

Alejos de Torres, que fue un seguidor parcial de Torres Villarroel, coloca poemas en estaciones y cuartos los años 1735-1737, y solo en los cuartos en 1747.

Germán Ruiz Gallirgos, autor de cuatro almanaques entre 1735-1739 que combinan elementos literarios con didácticos, solo incluye coplas en los cuartos de 1738 y 1739.

Francisco de Horta Aguilera escribió nueve piezas entre 1739-1748 (no se conserva ejemplar de 1742) y en todas explaya poemas en estaciones y cuartos al estilo de Torres, aunque sus almanaques tienen también elementos didácticos.

Entre los autores menos prolíficos, incluyen coplas en estaciones y cuartos Laureano Hermendre en 1730; Pascual Aznar en 1735 (pero no en su segundo almanaque de 1736); Jerónimo Fumaz en 1739; El astrólogo fantasma en 1740; Manuela Tomasa Sánchez de Oreja, la Gran Piscatora Aureliense, en 1742 (con largos y enrevesados versos en los juicios, coplas menos frecuentes en los cuartos y un soneto artificioso como remate); Pedro Sanz Mazuera en 1746 y 1749; Crisanto Antonio Sousa da Riba en 1747 y 1748; Atanasio Pérez en 1755 (un almanaque abreviado, pero con seguidillas judiciarias en los cuartos y un entremés añadido al final); Jacinto Pedrosa Hefredo en 1758; Juan Valenzuela Flores en 1758; Francisco de Torres en 1760 (con motivo de la entronización de Carlos III, pieza de subida adulación y estilo barroquizante, que incluye un juicio del año en series de seguidillas compuestas, una seguidilla por cuarto y una sarta de coplas al final con juegos de palabras); Andrés de Toledo en 1761 (que hace escasear las coplas de los cuartos, pero añade al final un largo romance esdrújulo polemizando con Torres); Juan González en 1761 (autor de un almanaque-miscelánea con juegos de magia y curiosidades para echar el rato, que incluye poemas mnemotécnicos en las secciones fijas y algunas seguidillas dispersas por el diario).

La presencia de partes versificadas es todavía más intensa en los autores que denomino del modelo literario extremo, es decir, los que desarrollan al máximo los elementos de la fórmula torresiana y minimizan la parte astrológica del opúsculo, reduciéndola a veces a una mera excusa. En general, todos se caracterizan por aumentar el número de poemas, intercalándolos en lugares donde habitualmente Torres no lo hacía. Me limito a indicar los nombres de Francisco de la Justicia Cárdenas, desde 1735 y al menos durante una docena de años; Juan de Madrid en 1748 y José Roco en 1751 (ambos parece ser que seudónimos de fray Juan de la Concepción); Jorge de Cárdenas en 1750 y 1751; las Follas astrológicas de 1760 y 1761, escritas respectivamente por Cristóbal Pérez Reinante y Sebastián Pedro Pérez; las varias series publicadas por José Julián López de Castro desde 1753 y durante diez años, llenas de elementos literarios que sería muy prolijo explicar aquí, pero que suelen incluir las habituales seguidillas en los cuartos de luna y poemas en otros muchos lugares. Por su parte, Diego Antonio Cernadas y Castro, que firmaba «el cura de Fruime», se animó en 1762 a importar la estructura de almanaque para un artefacto poético-prosístico, de contenido astrológico muy disminuido y que era solo un vehículo para ensartar largos poemas de temática principalmente religiosa. En 1767, en las postrimerías de la época dorada del género, Juan Rubio de Villegas escribía su pronóstico íntegramente en verso.

§
Obras Citadas
AGUILAR PIÑAL, Francisco, La prensa española en el siglo XVIII. Diarios, revistas y pronósticos, Madrid, CSIC, 1978.
DURÁN LÓPEZ, Fernando, «Primer teatro de almanaques españoles. (La Gran Piscatora Aureliense para 1742, pepitoria de 1745 y palinodia burlesca en verso de Gómez Arias para 1754)», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, 19, 2013a, págs. 403-457.
—, «De los almanaques a la autobiografía a mediados del siglo XVIII: piscatores, filomatemáticos y alrededores de Torres Villarroel», Dieciocho, 36.2, 2013b, págs. 179-202.
—, «Segundo teatro de almanaques españoles. (Extracto de los pronósticos de 1719, 1722, 1723 y 1724 de Torres Villarroel, con sus dedicatorias, prólogos e invencio- nes en verso y prosa)», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, 20, 2014, págs. 251-286.
—, Juicio y chirinola de los astros. Panorama literario de los almanaques y pronósticos astrológicos españoles, 1700-1767, Gijón, Trea, 2015.
ORTIZ GALLARDO VILLARROEL, Isidoro, Las gradas de San Fe- lipe el Real. Pronóstico diario de cuartos de luna con los sucesos elementales y políticos de la Europa para este año de 1759, Madrid, Joaquín Ibarra, 1758.
RUIZ GALLIRGOS, Germán, El sarrabal burgalés, histórico, ge- nealógico, geométrico y militar. Diario de cuartos de luna, cosecha de frutos y acontecimiento político para este año de 1739. Compendio del universo, y especialmente de la Europa, y más por extenso de la Es- paña, con expresión del número de navíos, fragatas, paquebotes y bombardas, sus nombres y artillería que montan, y otras varias noticias, historias eclesiásticas y seculares, Madrid, Imp. de Joaquín Sánchez [1738?].
TORRES VILLARROEL, Diego de, El embajador de Apolo y vo- lante de Mercurio, almanak universal para el año común de la conjunción magna 1722, [s. l.], [s. i.] [1721?].
—, Juicio de los políticos acontecimientos de todo el universo; general y particular diario de cuartos de luna para el año de 1723, ajustadas las lunaciones al horizonte de Madrid, [s. l.], [s. i.] [1722?] (16 hs. + 32 págs.).
—, Los ciegos de Madrid. Almanack, pronóstico y diario de cuartos de luna para el año bisiesto de 1732. Juicio de los sucesos elementares y políticos de la Europa, Bar- celona, por Joseph Teixidó, impresor del Rey Nuestro Señor, [1732?] (55 págs).
—, Extracto de los pronósticos del Gran Piscator de Salamanca, desde el año 1725 hasta el de 1739. Compo- ne este libro todas las dedicatorias, prólogos, invenciones en verso y prosa de dichos pronósticos…, Sa- lamanca, Antonio Villarroel y Torres, 1739.
—, Los enfermos de la Fuente del Toro. Pronóstico y diario de cuartos de luna, con los sucesos elementales y políticos de la Europa en refranes castellanos, para este año de 1753, Salamanca, Pedro Ortiz Gómez, [1752?].
—, El Soto de Luzón. Pronóstico y diario de cuartos de luna, y juicio de los acontecimientos naturales y políticos de la Europa para este año de 1763, Madrid, Andrés Ortega, 1762.

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