Astrologia Medieval

Autoridades Griegas en la Astrología Medieval

Aurelio Pérez Jiménez

Universidad de Málaga

γ

BAETICA RENASCENS
VOLUMEN II

Federación Andaluza de Estudios Clásicos
Instituto de Estudios Humanísticos

§

1. El principio de autoridad, tan arraigado en todo el Mundo Antiguo, fue para una ciencia que se sentía espuria en Grecia baza fundamental de su supervivencia entre los filósofos socráticos y de su integración en las ciencias matemáticas, naturales y biológicas, conectada con la astronomía y con la medicina.

Su aceptación en Grecia vino de la identificación de sus principios con corrientes filosóficas genuinas (especialmente el pitagorismo y el estoicismo, pero también la Academia y el Perípato) de las que tomó elementos teóricos esenciales; sin embargo, ya desde el comienzo encontró una actitud hostil (Eudoxo, por ejemplo) y el rechazo luego de las filosofías providencialistas y antideterministas. De ahí su necesaria proyección apologética y la reivindicación de su antigüedad griega, buscando arcagetas en los héroes de la mitología (Prometeo, Atlante, Heracles, Orfeo, etc.) y remontando sus postulados teóricos al prestigio de los sabios orientales (Zoroastro, Salomón, Hermes) y de las grandes figuras del pensamiento griego: Pitágoras, Demócrito, Platón, Aristóteles, que constituyeron su legado histórico y engrosaron las filas de sus practicantes como autores de pseudepígrafos.

Esto, que ya ocurrió en la Antigüedad, sería una constante en los tránsitos del saber astrológico de Grecia a los árabes y de éstos a Occidente. En efecto, cuando el Epínomis de Filipo de Opunte (y después Cicerón) trata el tema, su autor recuerda la antigüedad de las observaciones astronómicas de egipcios y babilonios. Y cuando Valente escribe sus Anthologiae, se siente continuador de (e innovador frente a) Nequepso y Petosiris, Hermes Trismegisto, Tésalo o Critodemo.2 De igual modo, en el tránsito de la Antigüedad al Medievo, los astrólogos árabes se remiten a las fuentes griegas o, como hicieron los alejandrinos, ponen bajo el nombre de prestigiosos filósofos, Aristóteles, Pitágoras, Demócrito y otros, obras propias halladas prodigiosamente y pretendidamente traducidas del griego, como ocurre, por ejemplo, con el Secretum secretorum pseudoaristotélico.3

2 Sobre este autor y su aportación no sólo para la técnica astrológica, sino también para el pensamiento del siglo II, véase la reciente monografía de J. KOMOROWSKA, Vettius Valens of Antiochi, la obra más completa sobre él.
3 El panorama literario de estos pseudepígrafos desde el punto de vista de su tradición hispana, muchos de ellos con obligadas referencias a las autoridades astrológicas de la antigüedad se describe con amena profundidad en el libro de RODRÍGUEZ ADRADOS, Modelos griegos de la sabiduría castellana y europea, Dueñas, 2006.

Pues bien, la astrología, en ocasiones no diferenciable de la astronomía, la geomancia, los tratados de hierbas o de animales, la alquimia y la magia, que a menudo comparten temas y principios astrológicos, se adscribieron ya desde la antigüedad y sobre todo en la Edad Media, a las ciencias matemáticas, naturales y biológicas; de manera que la medicina acabó siendo inconcebible sin el auxilio de los conocimientos astronómico-astrológicos. Estos condicionaban además, a través de la melotesia,4 aspectos esenciales de su práctica, como el diagnóstico, la cirugía y la terapéutica así como la farmacopea asociada con ella. Seguramente por ello, la autoridad más importante para los astrólogos de la Edad Media fue Plinio, cuya obra, como todos sabemos, es una auténtica enciclopedia de saberes naturales. Pero su importancia no eclipsó a los griegos, que, por otra parte, eran a su vez autoridad para el naturalista romano. Así, por ejemplo, en los últimos años del siglo XV, el italiano Nicolás Leoniceno critica la Historia Natural de Plinio, confusa en la terminología de las hierbas, y reivindica la autoridad de Dioscórides y Teofrasto en este campo, defendiendo la superioridad de los griegos respecto de autores latinos y árabes.

4 Gobierno de las distintas partes del cuerpo por los signos del Zodíaco, los planetas o los decanos, entendidos como proyección celeste del cuerpo humano.

Por lo que se refiere a nuestra ciencia, cuando el astrónomo bizantino Teodoro Meliteniotes se plantea el origen de la astrología, primero recuerda -apoyándose en la autoridad de Estrabón– el protagonismo de los astrónomos caldeos (Cidenas, Naburiano y Sudino), de Seleuco de Seleucia y de los egipcios, o sea, Hermes Trismegisto; y luego vincula su presencia en Grecia a prestigiosos filósofos, brindándonos el catálogo de los que, según él, la aprendieron en Egipto:

Desde los caldeos estas cuestiones llegaron a Egipto, de donde vinieron también a los griegos. En efecto, Pitágoras el hijo de Mnesarco y samio, Ferécides el sirio, Anaxágoras el clazómeno, hijo de Hegesibulo, Tales el milesio y Solón, el inventor de las leyes de Atenas, además de Platón el hijo de Aristón viajaron hasta el país de los egipcios ansiosos de saber; e instruidos por ellos, transmitieron la ciencia astrológica (μαθηματικήν έπιστήμην) a los demás.

Los nombres siguientes, Hiparco y Claudio Tolomeo, que abren y cierran la edad de oro no sólo de la astronomía antigua, sino también de la astrología en Grecia, tienen la doble condición de astrónomos y astrólogos. Por supuesto, en esa introducción de Meliteniotes ni son todos los que están ni están todos los que son autoridades griegas de primer orden en la astrología medieval.6 En efecto, la ambigüedad del término griego άστρολοϒία, que en la antigüedad significaba “astronomía” y que, aunque en la edad media y la antigüedad tardía se polarizo para significar “astrología” frente al término más reciente άστρολοϒία,7 mantuvo huellas de su antigua acepción científica hasta más allá del Renacimiento, evita la pretensión de creer que Meliteniotes estuviera pensando sólo en la astrología. Lo que los filósofos mencionados en el texto reciben de los egipcios es principalmente el saber astronómico (también el nombre de μαθηματικήν έπιστήμην es ambiguo y puede referirse tanto a la astrología, como a la astronomía o a la matemática); pero en ese mundo medieval donde los límites de la ciencia y la pseudociencia no siempre están bien delimitados, no choca en absoluto que Escoto, por ejemplo, a Tales de Mileto -también citado en el texto anterior- lo tome -sin nombrarlo, pues se refiere a él como quodam astrologo– de ejemplo para la defensa de la astrología. Así, en las páginas introductorias de su obra, a propósito de la distinctio prima, entre otros paradigmas antiguos (Moisés) y modernos, Escoto considera fruto de su competência astrológica la famosa anécdota sobre el enriquecimiento de Tales por su predicción de una buena cosecha y el alquiler y luego explotación de todos los molinos de aceite, anécdota recogida en Aristóteles, Pol. 1.11 (citado como 1.10 por Escoto). Y en este mismo texto se esgrime otro pasaje de Josefo (de antiquit. 7) en el que presenta a Abraham como astrólogo: icdit quod abraham uirtute supercaelestium et prouidentia uirtutis eorum tunc certa dispositione docebat. Con estos ejemplos el astrólogo logra lo que pretende: dar una apariencia noble a su arte: Ex his omnibus potest liquere quod scientiae astrologiae ardua est et nobilis et summae utilis et necessaria. Los detractores, por tanto, para estos astrólogos medievales (como para Tolomeo en el siglo II) lo son por su incapacidad para dominar este arte. De ahí que, para Escoto y para otros astrólogos sobre todo árabes, quienes denigran la astrología deberán fundamentar sus críticas frente a una larga lista de autoridades; y entre ellas, además de prestigiosos escritores árabes y judíos o de antiguos patriarcas y sabios bíblicos, como Abraham, Daniel o Salomón, se funden nombres como Pitágoras, Platón o Aristóteles, a los que la atribución de obras astrológicas permite aprovechar la fuerza de su prestigio, con los de quienes de verdad escribieron los manuales de este saber y que gozaron de no menos prestigio casi desde el momento mismo en que se publicaron esos tratados.

6 Por lo que se refiere en concreto a la astrología bizantina, sus peculiaridades, que aquí tocaremos tangencialmente, se han analizado bien (dentro de su contexto social y político) por MAGDALINO en L’Orthodoxie, cuya lectura recomendamos.
7 Sobre esta cuestión remitimos al estudio de W. HÜBNER, Die Begriffe “Astrologie” und “Astronomie” in der Antike, Stuttgart, 1989.

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2. Que todos esos astrólogos, auténticos o tenidos por tales entre los especialistas de época grecorromana (Hermes Trismegisto, Necepso y Petosiris, Critodemo, Doroteo Sidonio, Protágoras de Nicea, Teucro de Babilonia, el latino Manilio, Antígono de Nicea, Antíoco, Valente o el gran Tolomeo), así como sus compiladores y continuadores de los siglos III al VII (Pablo de Alejandría, Hefestión, el romano Fírmico Materno, luego convertido al cristianismo, Heliodoro, Juliano de Laodicea y Retorio) sean ampliamente resumidos, citados y traducidos en Bizancio y en los ámbitos de la astrología árabe o judía, no es extraño. Mencionados por su nombre o no, con pocos añadidos nuevos y con algunas correcciones de posiciones estelares, la astrología post-tolemaica no es más que una repetición de los principios que encontramos en las obras de estos autores. Y así será casi hasta nuestros días. Por ello los nombres de esos astrólogos se esgrimen con frecuencia como autoridad o como autores incluso de amplios pasajes de los tratados astrológicos más importantes, entre los que destacan por su incidencia en Occidente los de Albumasar,8 a quien vemos en una reproducción de un manuscrito latino del XV (fig. 1) y que, como Isidoro, confundía a Tolomeo con los reyes alejandrinos; de ahí la iconografía regia de este astrólogo y científico en un manuscrito harleyano (fig. 2). Junto con Tolomeo en toda clase de tratados teóricos o apologéticos, la autoridad más citada, sobre todo en escritos de mayor tendencia mística, será sin duda Hermes Trismegisto, a quien vemos representado a modo de un sabio árabe en un manuscrito laurenciano sobre alquimia, una ciencia estrechamente ligada a la astrología (fig. 3); pero, si queremos poner algún ejemplo de su presencia en ámbitos occidentales, qué mejor para nosotros que aquel folio del Vaticanus Regius alfonsí que abre el tratado de Hermes sobre las mansiones de la Luna (fig. 4) o ese otro sobre magia astrológica (fig. 5) que, en la línea del Picatrix, da instrucciones para hacer un talismán planetario. Además, entre los astrólogos árabes y judíos, fue muy utilizado y citado Doroteo de Sidón,9 a quien -junto con Tolomeo y Hermes– se refieren tanto Albubater (IX), que cita entre sus autoridades también a Valente,10 Alcabicio (X) y Abenragel (+ post 1034),11 como el judío Ibn-Ezra (XII) y, menos prolijo en citas, Zahel. Sobre otros astrólogos menos populares, podemos ver en un detalle del mismo manuscrito alfonsí antes citado (fig. 6) el nombre de Teucro de Babilonia, traducido del árabe como Tyrcana y cuyos problemas de tradición textual medieval ha analizado Wolfgang Hübner o, en otro (fig. 7), junto con los ya mencionados de Tolomeo y de Hermes (Tos), el de Apolonio en su forma árabe (Balenuz).

8 En concreto, en el De revolutionum nativitatibus (ed. D. PINGREE, Leipzig, 1968), obra de astrología general bastante parca en citas concretas de fuentes, no faltan los nombres de Hermes (Trismegisto), (IV 2) y de Tolomeo (I 3, aunque en este caso se trata de la Tablas canónicas y del Almagesto); en otros lugares, para la doctrina de los paranatéllonta cita, como dice BOLL (Sphaera, Leipzig, 1903, p. 413 y 491), a Hermes, Tolomeo, Doroteo, Tinkalo (= Teucro) y Antiphos (= Autólico o, más probable, Antíoco). De hecho, sus obras, tal vez las más conocidas en el Medievo y alguna de ellas, como el De revolutionum nativitatibus traducida del árabe al griego (el nombre de Palcho, que aparece con frecuencia en los códices griegos es su patronímico, ya que nació en Balch, en Chorasan), han sido una vía de acceso de muchas autoridades astrológicas griegas a los textos astrológicos de Occidente.
9 Sobre la influencia y citas de Doroteo entre los autores árabes y bizantinos, junto con Tolomeo y Valente una de las principales autoridades del medievo, véase V. STEGEMANN, Astrologie und Universalgeschichte, Leipzig-Berlin, 1930, pp. 11-17, donde resume los datos de la introducción de Engelbrecht a su edición de Hefestión.
10 En el tratado De nativitatibus, traducido por Salio de Padua en 1218, se menciona a Tolomeo 4 veces, a Doroteo (Dorothius) 3, a Hermes 1 y a Valente (Vbelius) 1. La fama de Valente estuvo ligada sobre todo a la leyenda de que él fue el que fijó el horóscopo para la fundación de Constantinopla. Pero también tuvo una gran importancia entre los astrólogos árabes.
11 La influencia de Doroteo en el libro De judiciis astrorum de Aben Ragel fue objeto de un estudio monográfico por V. STEGEMAN, Beiträge zur Geschichte der Astrologie. I. Der griechische Astrologe Dorotheos von Sidon und der arabische Astrologe Abu’L-Hasan Ali ibn abi’r-Rigal genannt Albohazen, Heidelberg, 1935. En esta obra, de la que conservamos la traducción alfonsí (existe edición moderna) se menciona (salvo omisión) el nombre de Doroteo (Dorocius, Dorothius) 24 veces, junto con los de Tolomeo (32), Hermes (13), Valente (Vuelius, 9) y Antíoco (Antyocus, Antycos, Anticon, en estos dos últimos casos sería posible también que el autor citado fuera Antígono, en 3 ocasiones).

Respecto de los filósofos que no practicaron ni teorizaron sobre la astrología, la importancia mística de algunos de ellos, o su aportación al conocimiento de la física y de los procesos naturales, determinó que la astrología aprovechara su prestigio para convertirlos en autores de obras relacionadas con esta ciencia o con otras prácticas, muchas de ellas adivinatorias, como la nigromancia, la alquimia, la numerología, etc. y así entraron sus nombres en los manuales de esas artes (fig. 8), como ese Aristóteles y ese Porfirio del tratado de alquimia laurenciano. Con ello se pretendía dar un barniz de autoridad a tales saberes esotéricos, pero ya había precedentes en el mundo antiguo. Es el caso de Pitágoras (siglo VI a.C.) y de Apolonio de Tíana (I d.C.) cuya asociación está en los primeros esbozos biográficos, que los presentan como hombres santos; pero inmediatamente esto se convirtió en modus operandi para escritores latinos interessados por el tema, como Plinio (que lo mismo que luego Meliteniotes ve el origen de la astrología en los viajes de Pitágoras, Platón, Demócrito y otros a Caldea, Persia y Egipto y en sus relaciones con magos como Ostanes y Zoroastro); o como Apuleyo, que se consuela en la Apología con las acusaciones de magia sufridas también por Epiménides, Orfeo, Pitágoras, Ostanes, Empédocles, Sócrates y Platón; o como, en fin, Amiano Marcelino, que en el s. IV, cita en calidad de grandes autoridades astrológicas a Pitágoras, Sócrates y Apolonio de Tiana, además de Hermes Trismegisto. De este último, por otra parte, recuerdan sus numerosos libros Clemente de Alejandría (c. 150-220) y Yámblico20 (+330). Que todos esos filósofos antiguos entraran en la historia medieval de las ciencias de la naturaleza con marchamo de astrólogos (o de alquimistas) no está poco justificado. Incluso el providencialista Platón había rozado los principios de la astrología con el Timeo y con algunos mitos, y sus exegetas neoplatónicos y neopitagóricos (autores como Proclo, Yámblico, Porfirio o Calcidio) estudiaron y comentaron muchos pasajes de sus obras en clave astrológica. Por la naturaleza especial de su contenido, la influencia en el Medievo astrológico del Timeo se debe sobre todo al comentario de Calcidio, que desarrolló el tema, sólo apontado en el diálogo platónico, de la astronomía.21

20 De Mysteriis 8.1 (260-261). Cifra el número en veinte mil libros, según Seleuco, o treinta y seis mil doscientos veinticinco, según Manetón.
21 El tema ha sido objeto de un reciente estudio de ANNA SOFFAI, “The eleventh-century shift in the Reception of Plato’s Timaeus and Calcidius’s Commentary”, Journ of the Warb. and Court. Institutes 65 (2002), 1-21 (pp. 13 ss.). Calcidio dedica a la astrología los caps. 56-117 y contamos con numerosos excerpta y compilaciones de esta parte astronómica en los siglos IX-XI donde se presenta a Platón condenando la astrología. Por lo que a los lectores españoles se refiere, está a punto de publicarse en Gredos la primera traducción castellana del Comentario al Timeo de Calcidio que ha preparado CRISTÓBAL MACÍAS y él mismo ha analizado (MHNH, 8 (2008) 185-220) los pasajes estrictamente astrológicos de este autor.

Sin duda que este hecho, asociado a los comentarios neoplatónicos en clave astrológica, a las referencias a cuestiones básicas de la astrología caldea (como la vinculación a dioses de los planetas en el Epínomis atribuido a él) y al carácter astral de algunos de sus mitos, fue responsable en parte de la asociación de su nombre con no pocos tratados pseudoepigráficos de astrología en la Edad Media. En cuanto a Pitágoras, tenía bien ganado el cielo de los astros con su música de las esferas; y Aristóteles, no sólo había disertado en profundidad sobre la estructura del Universo, sino que además puso al servicio de la astrología (y de la alquimia) su doctrina de los elementos y las cualidades y disertaciones cosmológicas (De caelo y el De cosmo) y meteorológicas. Por eso, repito, no es extraño que en la Edad Media circularan bajo el nombre de estos y otros filósofos griegos obras espurias de la última época grecorromana, de los primeiros bizantinos, de los astrólogos y traductores árabes o, más tarde (a partir del siglo XII/XIII), de teólogos y eruditos occidentales, que buscaban su propia seguridad en el prestigio de autoridades antiguas aceptadas por la Iglesia.

En concreto, Messala, en una relación de autores y obras astrológicas que podemos leer en el Catalogus Codicum Astrologorum Graecorum, cita catorce libros de esta classe atribuidos a Demócrito y relacionados con aspectos técnicos de la astrología (genethlialogía, interrogaciones y conjunciones). Bajo el nombre del abderita circuló también una dodecaéteris, de la que tenemos alusiones en Geoponica 1.12, y una Esfera de Demócrito para pronosticar la vida y la muerte, que probablemente remonta a época griega.24 A Platón, el mismo Messala le atribuye cinco libros sobre horóscopos y dos sobre interrogationes. Pero, de las obras auténticas, su Timeo será siempre un referente para los autores de este campo, mientras que el Medievo echará sobre sus espaldas un tratado astrológico, De vacca, cuya autenticidad no se puso en cuestión hasta el siglo XII, por Pierre d’Ailly.

24 THORNDIKE, History of Magic, I, p. 682. Es la obra más conocida; no se menciona en los códices, pero, según se desprende de los papiros mágicos, fue muy prestigiosa en la Antigüedad. En estas esferas se determina el destino de un paciente a partir del día lunar en que éste se puso enfermo; el número del día de la luna se combina con otro segundo número obtenido por el valor numérico de las letras que componen el nombre del paciente.

De Aristóteles (fig. 9), a quien vemos con un tocado más occidental que el Hermes de antes en el mismo manuscrito de alquimia, cita Messala también diez obras astrológicas, sobre genethlialogía, interrogationes, e influencia del Zodíaco y de los planetas. Pero la que causó furor en los siglos XIII y XIV (cuando ya su filosofía contaba con la aquiescencia de santo Tomas y san Alberto Magno) fue el Secretum secretorum o Poridad de poridades a que hacíamos referencia al comienzo de este trabajo y que, puesto bajo su nombre, reforzó la aceptación de determinados principios y máximas astrológicas, alquímicas y mágicas vertidas en él.

La obra (fig. 10), además de su contenido, aportaba una contextualización didáctica (consejos de Aristóteles a su discípulo Alejandro) que auguraba gran éxito en una época cuando empezaban a ser populares los preceptos para príncipes. Todas las versiones conocidas de esta obra remontan a un original árabe, el Kitâb Sirr al- ‘asrâr del siglo X (941) que se presenta como traducción del griego al siriaco y de éste al árabe por el traductor del siglo IX Yahyâ ibn al-Bitrîq. Adopta la forma de carta de Aristóteles a Alejandro durante la conquista de Persia y es una enciclopedia en la que se han introducido capítulos de astrología, fisiognomía, alquima y medicina mágica. La traducción más antigua a lengua romance es la

Poridat de las Poridades, hecha por un anónimo a partir del árabe en el s. XIII, en ocho libros luego traducido al catalán. La primera traducción latina fue hecha por Juan de Sevilla entre el 1135 y 1153 y se conocía como De regimine sanitatis o Epistola Alexandro de dieta servanda. La segunda traducción se debe a Felipe de Trípoli en la primera mitad del XIII. En su redacción más amplia fue leída por Alberto Magno que lo cita ya como obra de Aristóteles y glosado por Roger Bacon. Fue traducido a numerosas lenguas europeas y aceptado, en principio, como obra de Aristóteles gracias a la popularidad de los relatos del Pseudo-Calístenes y a las cartas apócrifas de Alejandro a Aristóteles y de éste a aquél. Gran parte de su contenido es astrológico o tiene que ver con astrobotánica o con la lítica astrológica, como en estas dos imágenes (fig. 11a y b) del anterior manuscrito latino del XIV.31

31 Para detalles sobre la historia de esta obra en relación con el Corpus Aristotelicum medieval, véase WILLIAMS, “Defining the Corpus Aristotelicum”, pp. 45 s. Además, en el Prólogo del Lapidario de Alfonso X El Sabio (Escorial, ms. h. I.15) se menciona a Aristóteles como autor de un libro de setecientas piedras (sobre el tema, cf. F. DE MÉLY, “Le Lapidaire d’Aristote”, REG (1984), 181-191, y L. THORNDIKE, “The latin Pseudo-Aristotle and Medieval Occult Science”, Journal of English and Germanic Philology 21 (1922), 229-258) y se incluye una miniatura de filósofo que ANA DOMÍNGUEZ RODRÍGUEZ ha identificado con Aristóteles (cf. Astrología y Arte en el Lapidario de Alfonso X El Sabio, Madrid, 1984, pp. 11 s.).

Pero además de esta obra, que fue de las más influyentes en el mundo medieval, circularon bajo el nombre de Aristóteles otras muchas puramente astrológicas de algunas de las cuales, vinculadas a tratados de carácter hermético, sólo tenemos los títulos. Entre esas obras podemos citar un Liber Aristotilis de ducentis quinquaginta quinque Indorum uoluminibus universalium questionum tam genetialium quam circularium summam continens de un manuscrito bodleiano del XIII, traducido del árabe al latín por Hugo de Santalla entre 1140 y 115133 o este (fig. 12) Libro de las imágenes también del escritorio alfonsí donde el nombre de Aristóteles se repite insistentemente junto al de Tolomeo, un descarado anacronismo, incluso asumiendo su condición regia.

33 D. PINGREE, Classical and Byzantine Astrology, p. 228. En realidad se trata del tratado hermético Liber de stellis beibenis (como han demostrado C. BURNETT y D. PINGREE) traducido por Salio. El texto alude precisamente a Hermes como autoridad en l. 63: Asserit quidem Hermes astrologorum peritissimus harum qualibet in domo itineris aut coniugii reperta eiusdem prouenire effectum, quod quoniam expertus non satis firmum repperi nec huius rei descripsi iudicium.

En estos ambientes ingresa también como autoridad astrológica el propio Alejandro, arropado por su famosa entrevista con los astrólogos caldeos, a las puertas de Babilonia (fig. 13), o por su condición de hijo de Nectanebo difundida por la exitosa popularidade de la Vita Alexandri del Ps.-Calístenes de la que vemos en la fig. 14 el detalle de la muerte del rey astrólogo; pero, principalmente, por sus apócrifos intercambios epistolares con su maestro o con otros personajes orientales. Fruto de esa fama es la atribución al discípulo de Aristóteles de un tratado sobre botánica astrológica (Virtutes septem herbarum et septem planetarum secundum Alexandrum imperatorem), del que hay tradición bizantina y que cita sin ninguna vacilación el propio Alberto Magno en su Liber aggregationis o Liber secretorum de virtutibus herbarum. Tal vez haya que poner en relación con este perfil astrológico de la personalidad del rey los Mathematica que encontramos en manuscritos del X y XI bajo el nombre de Alcandro (Alhandreus), donde Alejandro de Macedonia es citado varias veces como autoridad y se recogen unos Excerpta de los libros de Alejandro, astrólogo, rey y una Carta de Argafalan a Alejandro.

Después de Aristóteles la otra gran autoridad filosófica de la astrología medieval es Pitágoras; bajo su nombre circularon numerosos títulos apócrifos al final de la Antigüedad y en el período bizantino que, transmitidos por los árabes, dejaron amplia huella en el medievo occidental. Por ejemplo, en CCAG VII, p. 66, se le atribuye un lunario de nacimientos que en otros lugares aparece como de Orfeo. Pero la obra más popular fue el Psephos de Pitágoras, que relaciona astrología, onomatomancia y numerología. También la esfera de Petosiris (fig. 15) aparece ocasionalmente como Πνθαγορικόν πλινθίδιον o como Sphaera de Pitágoras.

Como tal (o como Esfera de Apuleyo) es citada con frecuencia en manuscritos latinos del IX-XI37 y en la fig. 16 podemos verla en una reproducción de un códice latino del siglo XV. A ella se refiere sin duda Juan de Salisbury (1120-1180) cuando habla de adivinación “mirando la llamada Tabla de Pitágoras”. Del resto, y sin querer ser exhaustivo, puedo mencionar los Placita de los pitagóricos sobre los cometas, el Método de Pitágoras, ya mencionado en la época helenística por Eudemo (IV a.C.), clasificaciones tipológicas a partir de los planetas que leemos en los códices griegos, las Divinationes Pythagoricae y un Libro de los paranatellonta que aparece sin nombre de autor en el manuscrito vaticano alfonsí (ff. 1r-8v) y que D’Agostino le ha atribuido por su vinculación con el Libro de las formas e de las imágenes (1279) (Ms. Scorial. h-I-16) del que sólo queda una Tabla con el epígrafe: “De la tercera parte de este libro, que fabla, segund el dicho de Pitágoras, de las figuras que suben en los grados de los doze signos e de las obras d’ellas en las nascencias”. Por lo demás, su nombre es citado mucho en la Edad Media, solo (como en el Compendium medicinae de Gilberto de Inglaterra -XIII-) o acompañado de los de Sócrates, Anaxágoras, Demócrito y Parménides en la Turba philosophorum, un tratado de alquimia muy popular a partir de comienzos del siglo XIV, o de Sócrates, Platón y Anaxágoras en el Experimentarius, tratado de geomancia ligado al nombre de Bernaldo Silvestre (XII). Para terminar, nuestro Arnaldo de Vilanova en el Rosario de filósofos (también llamado El tesoro de los tesoros y El más grande de los secretos) lo cita igualmente como autoridad con Hermes, Platón y Aristóteles o en su Obra perfecta con Platón, Galeno, Demócrito e Hipócrates.

La mención de Hipócrates en esta relación de autoridades de Arnaldo de Vilanova, nos lleva a considerar el otro gran grupo de científicos utilizados por los astrólogos, el de los médicos griegos. En este caso, las autoridades se reducen a las dos grandes autoridades de la Antigüedad, Hipócrates y Galeno, bajo cuyo nombre circularon tratados de iatromatemática y de magia. No debemos olvidar que uno de los campos de actuación de la práctica astrológica fue el de la medicina. Aparte de estos tratados, diretamente puestos bajo la autoría de los dos médicos son muchos los astrólogos que, como Vilanova, remiten su saber o apoyan éste en la ciencia de aquéllos. Así, por ejemplo, Pedro el Diácono, a mediados del XII; en su defensa de la iatromatemática, se remite a los Aforismos de Hipócrates (4.502) para ilustrar la influencia física de Sirio.

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3. La autoridad de los astrólogos griegos, especialmente de Tolomeo,45 pero también de Doroteo de Sidón, Vetio Valente y otros explica las abundantes citas, excerpta y copias que se recogen en los veinte volúmenes del Catalogus Codicum Astrologorum Graecorum. Pero una prueba de que esa autoridad no sólo se refería al medievo de lengua griega (Bizancio), sino sobre todo a la cultura astrológica árabe y -gracias luego a las traducciones latinas- a la Europa medieval, es que la filosofía y la literatura científica del primer Renacimiento recoge todo el saber astrológico antiguo (marcando el acento sobre los textos de Tolomeo y de Hermes Trismegisto) a través de esas vías de conservación (los manuscritos griegos, los textos árabes y las traducciones latinas) y a través de ellas, en gran medida, rescata los nombres de los antiguos.

45 Su Tetrabiblos fue objeto de comentario o referencia para casi todos los astrólogos (y filósofos como Proclo y Porfirio) desde el momento mismo de su publicación.

A lo largo de las páginas anteriores hemos visto en qué medida -y siempre a título de encuesta- la astrología medieval se remite a aquellos autores griegos y a veces pone bajo su autoría nuevos tratados que quieren lograr con el prestigio de los supuestos autores una pátina de saber científico serio. En esta linea se mueve un texto medieval próximo a nosotros, como es el Picatrix, compilación de textos árabes sobre magia y astrología realizada en la España medieval y hecha traducir por Alfonso X el Sabio. La traducción castellana se terminó en 1256, pero sólo conservamos la traducción latina hecha a partir de ésta. El nombre Picatrix se refiere en los traductores castellanos tanto a la obra como al autor del original árabe. En esta obra, de la que disponemos ahora de una excelente edición moderna de David Pingree46 y de traducciones al castellano, al inglés y, últimamente al francés,47 los astrólogos griegos (auténticos o fingidos) se codean con las autoridades bíblicas (Adán, Salomón, Enoch) y árabes. Pues bien, entre los griegos no nos faltan los principales.

46 Picatrix. The Latin Version of the Ghayat al-Hakim, London, 1986.
47 En este caso de una muy competente especialista en astronomía y astrología latina, como es BÉATRICE BAKHOUCHE, que la ha preparado en colaboración con FRÉDÉRIC FAUQUIER y BRIGITTE PÉREZ-JEAN, Picatrix. Un traité de magie médiéval, Turnhout, 2003.

Se menciona a Alejandro y Aristóteles, cuyas cartas hemos visto a lo largo de este trabajo incardinadas en la historia de la astrología. Se sigue la autoridad de Apolonio de Tiana, cuyo nombre adopta la forma de Beylus (en otros textos aparece también como Belenuz, Balinus, Belinus y Abulus).49 En cuanto a los astrólogos griegos más importantes, el Picatrix esgrime, por supuesto, como fuente de autoridad a Tolomeo, aunque esta se refiere sólo al Centiloquium50 y tal vez alguna otra obra apócrifa51 y Hermes Trismegisto, también citado como Hermes, Mercurio y probablemente Thoos y tanto para cuestiones relacionadas con la fabricación de los talismanes, en cuyo caso la fuente de autoridad es sobre todo el Lapidario como para otros temas específicos de magia y filosofía o de astrología (aunque relacionados también con los talismanes), como los decanos y las particularidades de los signos del Zodíaco (con cita del libro Sobre las imágenes) o los condicionamientos astrológicos de las prácticas religiosas;59 pero también le son conocidas las obras de Doroteo de Sidón, a quien se cita con el nombre habitual de Dorothius o en la forma transmitida por los árabes de Rozuz. De todos modos, no faltan citas de otros filósofos, indirectamente ligados a la historia de la astrología y que dan cierto peso científico a la obra. Es el caso de Empedocles, también citado con los nombres Abenteclis y Bandaclis;64 de Sócrates y Platón, del que se citan obras apócrifas sobre magia astrológica y a quien le atribuye doctrinas sobre la influencia de los planetas sobre el cuerpo; de sus obras auténticas sólo es citado el Timeo. En cambio, de Aristóteles, además de obras apócrifas sobre magia y astrología, encontramos relacionados los principales tratados filosóficos. Y no podía faltar Pitágoras, tan prestigioso en estos ámbitos esotéricos, a quien también se le atribuyen opiniones sobre las figuras del cielo y 7 consejos de conducta moral necesarios para la fabricación de los talismanes. Completan este amplio panorama de autoridades griegas los médicos Galeno (Galienus), bien por su filosofía natural o como autoridad en la elaboración de remedios curativos o de talismanes e Hipócrates (Ypocras), no sólo por doctrinas extraídas de tratados auténticos como el Sobre los aires, aguas y lugares, sino también por dogmas más propios de la iatromatemática.

49 En nuestro caso, se toma como autoridad a propósito de las figuras de los planetas, junto con Mercurio y el propio Picatrix (II 10.10: He sunt figure planetarum quemadmodum translatas invenimus in Lapidario Mercurii et in libro Beylus et in Libro spirituum et ymaginum quem transtulit sapiens Picatrix).
50 Un tratado que el autor declara haber estudiado en su juventud (II 1.1: Sed motus mee voluntatis processit ad inquisiciones magice et pravitatum tempore quo iuventute florebam. Et studebam in Centiloquio Ptolomei, in quo dicitur quod omnia huius mundi celestibus obediunt formis. En efecto, em I5.5, a propósito de los signos y decanos en que hay que fabricar un talismán para el amor, cita con precisión el número del aforismo que toma como referencia (Et istas appellant figuras alteracionis, et de eis loquitur Ptolomeus in libro Centiloquii verbo 33) y IV 4.47-56 son la cita exacta de 10 aforismos de esta obra, como él mismo confiesa en IV 4.46: Ex libro vero Ptolomei Centiloquio nominato hos decem elegimus amphorismos.
51 Así la representación de Venus como una mujer desnuda con un talismán de Marte al cuello (II 10.29) parece implicar un libro De imaginibus.
59 III 7.35, sobre los sacrificios en general y 38, sobre los sacrificios al planeta Saturno en Tauro.
64 Citado en IV1.3 a propósito del carácter sensitivo de la materia corporal (Et dixit Bandaclis sapiens quod omnis materia que per quinque sensus corporeos percipitur est materia corporalis puri compositi;…).

Pero un ejemplo más concreto y detallado de cómo operan las autoridades griegas en los astrólogos que abren las puertas al Renacimiento puede ser la Summa Anglicana Astrologiae que bajo el nombre de John of Eschenden se publica en Venecia en 1489. Entre un amplio elenco de autoridades árabes y judías (entre las que destacan los nombres de Albumasar, Messala, Alkindi, Alcabicio y Abenragel), de pensadores medievales europeos (como Isidoro de Sevilla, Bartolomé Anglais, Guillermo de Conches, santo Tomas o san Alberto Magno) y de autores latinos, como Plinio, Virgilio, Servio, Séneca y, sobre todo, Fírmico Materno, exhibe con frecuencia la autoridad de los griegos. Y con ello los textos clásicos se adaptan a los intereses de la profesión astrológica, reinterpretados o convertidos en clave del nuevo saber cuya seriedad se defiende y pretende. Así, a propósito de la distinctio prima, entre otros ejemplos antiguos (Moisés) y modernos, se atribuye a la actividad astrológica la famosa anécdota sobre el enriquecimento de Tales (aquí no nombrado sino referido como quodam astrologo) por su predicción de una buena cosecha gracias a sus conocimientos astrológicos y el alquiler y luego explotación de todos los molinos de aceite, que recoge Aristóteles en Pol. 1.11.79 En el mismo texto se esgrime otro pasaje de Josefo (de antiquit. 7) en el que se presenta a Abraham como astrólogo: dicit quod abraham uirtute supercaelestium et prouidentia uirtutis eorum tunc certa dispositione docebat. En estos ejemplos el astrólogo consigue lo que pretende: dar una apariencia noble, incluso de ortodoxia teológica a sus prácticas: Ex his omnibus potest liquere quod scientia astrologiae ardua est et nobilis et summae utilis et necessaria. Los detractores, por tanto, lo son (como en el prólogo del Tetrabiblos) por su incapacidad para dominar este arte. En consecuencia, quienes quieran poner en tela de juicio la astrología tendrán que vérselas en primer lugar con una larga lista de autoridades entre las que, además de prestigiosos escritores árabes y judíos se incluyen los nombres de Tolomeo, siempre un referente, de Doroteo Sidonio y de Hermes Trismegisto. Incluso, en muchos casos, la explicación astrológica de los fenómenos naturales y de las circunstancias que envuelven la vida humana se apoya en las explicaciones filosóficas y científicas de esos mismos fenómenos, lo que da entrada a otros autores más aceptados por su importancia filosófica y científica que se integran así en la estructura del tratado astrológico. Para no extenderme en el tema, baste decir aquí que en el tratado segundo, distinctio nona que trata de pestilentia & epidimia & corruptione aeris (fols. 159r-179r), el primer capítulo se basa casi exclusivamente en los textos de los Meteorologica y los Problemata de Aristóteles, de los escritos de Galeno y de Hipócrates (especialmente los Aforismos y el De aere et aqua) y de otros prestigiosos autores árabes nada sospechosos de pseudociencia como Avicena; pero estas reflexiones científicas no hacen más que justificar la larga explicación astrológica que se da al tema siguiendo la doctrina de Tolomeo y de los autores orientales (fuertemente enraizados en la tradición griega) como Haly Abenragel y Albumasar. Tan importante es para Juan de Eschenden el prestigio de los griegos que, sin ánimo de ser exhaustivo, a lo largo de los 306 folios de que consta esta obra el nombre de Tolomeo se cita más de quinientas veces (con referencias no sólo a los tratados astrológicos, el Quadripartitum y el Centiloquium, sino también al Almagesto y casi siempre bajo las expresiones “Et dicit Pto., Et hoc dictum Ptolemaei, Item Ptholemeus o Haec Pto.”), dos de las cuales incurren en el error medieval (presente también en Albumasar) de confundirlo con el rey alejandrino. Pero no sólo es Tolomeo el afortunado, que lo es sin duda por ser el más científico de los astrólogos griegos, sino que también encuentran su lugar en la obra Hermes Trismegisto (casi cincuenta citas por el nombre), Doroteo de Sidón (unas treinta veces) y Valente en un par de ocasiones (como Vellius).

Juan de Eschenden, que se mueve en la onda de los aristotélicos a quienes cita con frecuencia (Alberto Magno, santo Tomás, el propio Aristóteles y los filósofos árabes) es, podríamos decir, el canto de cisne de la astrología medieval. Con el primer Renacimiento, de la mano de los nuevos platónicos pitagorizantes, como Marsilio Ficino, la astrología desfila y entra, siempre al paso que le marcan las autoridades antiguas -griegas y latinasen el gran debate entre la ciencia y la pseudociencia que cuenta en las filas de los detractores de la astrología con Pico della Mirandola. Pero este es un tema distinto sobre el que ya ha tratado de manera profusa y amena el gran estudioso del renacimiento italiano Eugenio Garín. A él remito al lector curioso.

Por mi parte, y para terminar, en toda esta historia de invenciones y referencias que, con la citada polémica astrológica de finales del XV liderada por Pico della Mirandola, en contra, y Marsilio Ficino, a favor, abre las puertas del siglo XVI, quiero dejar passar la perspectiva de los astrólogos cristianos, que justifican su práctica remontándola a Abraham, pero no olvidan su deuda con las autoridades griegas a la hora de fijar los eslabones históricos de este arte. Sirva como ejemplo -y colofón de estas reflexionesla apostilla que pone a las palabras de D. Enrique de Villena, supuesto autor de un Tratado de Astrología, su redactor Andrés Rodríguez, sin duda arropado por una cierta cultura enciclopédica de la que formaban parte destacada nuestras autoridades griegas en el ámbito de las ciencias esotéricas. D. Enrique dice:

Habrám sabidor era e maestro en el saber de las estrellas, en el qual saber dizen algunos dignos de fe que fizo sabidor a Horoastrem.

Y su redactor aclara:

-el qual falló el arte mágica, del qual fabra muchas vezes Apolonio en su tratado notorio-.

Ω