Astrologia na Ciência e Filosofia

La Cátedra de Astrología y Matemáticas

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La Cátedra de Astrología y Matemáticas em la Real y Pontifica Universiad de México

Martha Eugenia Rodríguez

Asclepio-Vol. XLVI-2-1994
Consejo Superior de Investigaciones Científicas

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En el siglo XVII se hizo necesario el estudio de la astrología y de las matemáticas entre los médicos que habitaban la Nueva España, por lo que se abrió una cátedra en la carrera de medicina que se impartía en la Real y Pontificia Universidad de México. Su apertura se debió a la solicitud de fray Diego Rodríguez, quien fue bachiller en Artes y en Teología, títulos que obtuvo en la Universidad mencionada. Asimismo fue comendador en el convento de la orden de ‘Nuestra Señora de la Merced’.

Cabe recordar que la Facultad de Medicina se inauguró en 1578 con la: cátedra de ‘Prima de Medicina’. En el mismo siglo XVI se creó otra asignatura más, la de Vísperas de Medicina y en el siguiente siglo se conformó también con las de Metodo Medendi, Anatomía y Cirugía y por último con la de Astrología y Matemáticas.

Antes de comentar cómo se creó la cátedra de Astrología y Matemáticas y su contenido, es conveniente mencionar que el estudiante que aspiraba a estudiar medicina ya tenía una base científica en virtud de que era requisito cursar las materias del trivium y del cuadrivium; es decir, la gramática, la retórica y la dialéctica dentro del trivium y la aritmética, geometría, astrología y física por otra parte, enmarcadas dentro del cuadrivium.

El 22 de febrero de 1637, en claustro pleno de la Universidad, se reunieron los conciliarios con el objeto de estudiar lo referente a una nueva cátedra, la de Astrología y Matemáticas. A través del documento que resultó de aquella sesión se puede apreciar que dicha materia se creó por iniciativa de su primer profesor, fray Diego Rodríguez, pero también por petición de los alumnos. El acta de la sesión dice:

«… habiendo visto lo pedido por el Padre presentado Fray Diego Rodríguez … y el ofrecimiento que hace a esta dicha Universidad de leer en ella la cátedra de Matemática, y así mismo lo pedido por los cursantes de la Facultad de Medicina, en esta razón y ser como es la dicha Cátedra de tanta utilidad y provecho para los dichos cursantes y Universidad, dijeron que aceptaban y aceptaron el dicho ofrecimiento en nombre de la dicha Universidad …».

En la orden de creación que daba el virrey de la Nueva España, el marqués de Cadereita afirmaba respecto a fray Diego Rodríguez que

«… ha más de treinta años que está estudiando las ciencias matemáticas con notable solicitud y cuidado, de que en todas las ocasiones que se han ofrecido ha dado suficiente muestra de sus estudios, y hecho diver. sos escritos y tratados de las dichas ciencias, por lo cual la Real Universidad de la Ciudad, en su Claustro le nombraron y dieron licencia para que en ella lea públicamente la Cátedra de Matemática …».

Y efectivamente fray Diego Rodríguez era un serio estudioso de las matemáticas. Fue autor de diversos escritos, entre ellos Geometría especulativa, De la naturaleza, generación y propiedades de los números cubos y sus compuestos, hasta hoy nunca tratados por autor alguno, De aritmética, Tratado de ecuaciones, con tratado algebraica discursiva, su uso y su formación y por último Discurso etheorológico sobre el cometa aparecido en México en 1652. Asimismo fray Diego Rodríguez fue un académico interesado en ampliar sus conocimientos y en establecer correspondencia con sus colegas europeos.

Fray Diego Rodríguez pudo empezar a leer la cátedra de Astrología y Matemáticas bajo ciertas condiciones: tenía precisa obligación de asistir a todas las lecturas de la materia y no ausentarse sin licencia; la lección se impartiría de 10 a 11 de la mañana; su nombramiento como profesor no tendría limitación de tiempo, y testimonio de esto es que Rodríguez permaneció en el cargo hasta el momento de su muerte, en 1668. Se le señalaban 100 pesos de salario por cada año. Asimismo, la aprobación concedida por el claustro respecto a la nueva cátedra debía ser ratificada por el virrey marqués de Cadereita, en su calidad de patrón de la Universidad y como representante de su majestad. La autorización del virrey fue fechada el 23 de marzo de 1637 y 3 días más tarde el catedrático tomó posesión de su cargo.

A lo largo del periodo virreinal esta cátedra contó con muchos maestros sobresalientes. Además del propio fray Diego Rodríguez, figuraron también don Carlos de Sigüenza y Góngora, Joaquín Velázquez de León y José Ignacio Bartolache.

La creación de esta cátedra en la Nueva España fue resultado de las teorías dominantes en el viejo mundo donde se creía que la posición de los astros influía sobre los fenómenos fisiológicos.

A diferencia de las otras asignaturas que integraban la carrera de medicina, la de Astrología y Matemáticas fue impartida en lengua romance. Se dictaba en castellano con el objeto de que fuera de provecho no sólo para los médicos sino también para los que quisieran ser arquitectos, agrimensores o calendaristas y cuyas carreras no exigieran saber la lengua latina. Estos cuatro profesionales debían cursar la materia para saber la mecánica, la hidráulica, óptica, aerometría, aritmética y geometría. Sin embargo, para los estudiantes de medicina la materia cobró el carácter de obligatoria.

Un hecho que causó mucha controversia en el virreinato fue el decidir a quien correspondía impartir la cátedra. En la Recopilación de leyes de los Reynos de las Indias publicadas por el rey don Carlos II en 1681, se mencionaba que la cátedra de Matemáticas la debía enseñar un cosmógrafo. Para el siguiente siglo, el 3 de julio de 1757 se dio una real cédula en Aranjuez mandando que a partir de esa fecha el profesor de la cátedra de Astrología y Matemáticas tendría que tener el título de doctor en medicina, es decir, el grado más alto que otorgaba la Universidad, pues cabe recordar que los estudiantes de medicina podían obtener los títulos de bachiller, licenciado o doctor. El título de maestría sí lo otorgaba la Universidad pero en otras carreras. Sin embargo, en marzo de 1773, a petición del doctor José Ignacio Bartolache, el claustro universitario declaró que las matemáticas debían ser impartidas por una persona especializa­ da y no simplemente por cualquier médico, en virtud de que era materia fundamental de muchas disciplinas.

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La cátedra de Astrología y Matemáticas no figuró en los estatutos uni­versitarios elaborados por don Juan de Palafox y Mendoza en 1688, pero sobre la base de las constituciones de la Universidad de Salamanca se puede conocer su plan de estudios. Dicha asignatura comprendía temas como la condensación y rarificación de los cuerpos, los cuerpos tenso­ compresos y extensos y su fuerza elástica, los elementos botánicos, la físi­ca mecánica, la geometría, astronomía, cosmografía, matemáticas, far­macología, química y geografía.

Sobre las lecturas se ordenaba en la Recopilación de leyes de los Rey­ nos de las Indias lo siguiente:

Para el primer año se leería la Esfera de Juan Sacrobosco, las cuatro reglas de aritmética, regla de tres, raíz cuadrada y cúbica, algunas reglas de quebrados; las teorías acerca del sol de Purbaquio y las tablas astronó­micas del señor rey Alfonso el Sabio.

Para el segundo año se leerían los seis primeros libros de los Elemen­tos de geometría de Euclides; los arcos y cuerdas, senos rectos, tangentes y secantes; el libro cuarto de los Triángulos esferales de Juan de Monteregio y el Almagesto de Ptolomeo.

En el tercer año se debía leer sobre cosmografía y navegación, sobre el uso del astrolabio y del planisferio, sobre cómo hacer observaciones de los movimientos del sol, la luna y los planetas; el uso del radioglobo y al gunos otros instrumentos matemáticos.

Por las constituciones salmantinas se sabe que también eran leídas la Sphaerica de Theodosio y los libros de Copérnico titulados Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes.

Por el programa de lecturas se puede ver que el estudiante de la asig­natura que comentamos adquiría una amplia visión del tema, haciendo un estudio diacrónico de los científicos, partiendo de la antigüedad, donde destaca Euclides, cuyos principios sirvieron de base a la geometría moderna, pasando posteriormente por Ptolomeo, con quien culminó la astronomía, la matemática y la geografía de la antigüedad, hasta llegar a los autores que realmente tenían un espíritu científico, como Copérnico, iniciador de la cosmografía científica en sentido riguroso.

Por si las lecturas anteriores no eran suficientes, las Leyes de los Rey­ nos de las Indias decían:

«En los meses de vacaciones podrá leer materias de reloxes, y mecáni­cas, con algunas máquinas, y dar á entender en que consiste la fuerza dellas …».

Otros libros que podían servir de complemento para los cursantes de medicina eran la Verdadera medicina, cirugía y astrología del doctor Juan de BarriosEl sitio y naturaleza de la ciudad de México del doctor Diego Cisneros y el Repertorio de los tiempos de Enrico Martínez, todos escritos en la Nueva España en el siglo XVII. En el siguiente siglo Bartolache escri­bió sus Lécciones de matemáticas.

Con el correr del tiempo, en ocasiones la cátedra de Astrología y Ma­temáticas fue considerada como materia exclusiva para los estudiantes de medicina y otras veces se vio como cultura general, contando entonces con una mayor asistencia.

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La creación de la cátedra de Astrología y Matemáticas en la Universi­dad de México obedeció a que desde la antigüedad lásica se desarrolló la idea de relacionar el universo o macrocosmos con el cuerpo humano o microcosmos. Parece ser que el término microcosmos procede de Demó­crito, quien habla de que el hombre es un mundo en pequeño. Esto lo ra­tificaban al ver que cuando había pérdida de la cosecha por el mal tiem­ po, como consecuencia también había hambre y pestes, es decir, existíauna relación de causa-efecto. El hombre, entendido como el microcosmos, era gobernado por el macrocosmos, es decir, por los movimientos de los planetas y la disposición de las estrellas en el universo. De acuerdo con esta relación de macrocosmos y microcosmos, los médicos hablaban de una naturaleza del universo y una naturaleza humana, donde había una proporcionalidad de elementos. La composición del cuerpo humano constaba, de acuerdo con la mentalidad de la época, de cuatro cualidades correspondientes a los cuatro elementos, es decir, aire, fuego, agua y tie­rra. Dichas cualidades e denominaban humores y su equilibrio daba lu­gar a la salud del individuo. Los cuatro humores que integraban el cuer­po humano eran la sangre, la bilis amarilla o cólera, la flema o pituita y la melancolía o bilis negra.

En la Nueva España del siglo XVII se creía que había en algunos hom­bres ciertas propiedades e inclinaciones que no podían provenir sólo del temperamento del cuerpo; algunas propiedades no dependían sólo del frío, calor, humedad o sequedad, que eran cualidades particulares de los humores, sino de una oculta influencia celeste, es decir, había una estrecha relación entre la astrología y la medicina, debido a la vigencia que se­guían teniendo las obras de la antigüedad. La concepción microcósmica del hombre adquirió en la Grecia dásica una significación cósmico-fisio­lógica, más que cósmico-religiosa.

Un escrito del Corpus hippocraticum en el que se pone de manifiesto el pensamiento microcósmico es el que se titula Sobre la dietaAquí el cuerpo del hombre es «copia del todo», imitación del universo. Se decía que el firmamento correspondía a la piel, el mar al vientre y la tierra al estómago y al pulmón, es decir, la doctrina del microcosmos se fisiologi­zó. «Lo esencial del paralelismo entre el mundo y el hombre estaría en los circuitos de sus respectivos movimi ntos diarios, semanales, men­suales y anuales; en sus respectivos «ritmos», como ahora es costumbre decir. Ritmos a cuya estructura pertenecería, tanto en el mundo como en el hombre, una armonía susceptible de reducción a proporción numérica».

Lo que sucede en el cosmos sirve para entender lo que acontece en el hombre y viceversa. Hay una correlación entre los períodos del año, las estaciones, la dinámica de los humores y la producción de las enfermedades. Por tanto, cabe concluir que el pensamiento médico de la antigüedad clásica estaba traspasado por la concepción microcósmica de la naturale­za humana y estos mismos concept s son los que se enseñaban en la uni­versidad novohispana, agregando, claro está, dentro de la cátedra de As­trología y Matemáticas las teorías modernas de la cosmografía.

La medicina, desde sus más remotos tiempos, ha basado sus conoci­mientos y experiencias en el alimento y disminución del dolor, en el ciclo mayor y menor de las horas y en el ritmo del tiempo a fin de percatarse de los momentos clave en las crisis.

Dado que la enseñanza que se impartía en la Universidad novohispa­ na estaba basada en los autores de la antigüedad clásica: y medievales, es válido recurrir a ellos para saber en qué consistía o contenido de las ma­terias. Para la de Astrología y Matemáticas, Casiodoro, en sus Institucio­nesdecía:

«la aritmética es una enseñanza tan grandiosa como provechosa para nuestra vida, pues mediante su ayuda nos percatamos de la existencia de nuestro propio yo, permitiéndonos además calcular la medida de lo pasado al ser capaces de calcular de un modo equilibrado».

Lo anterior se aplicaba tanto a los días sanos como a los de enfer­medad.

La aritmética era algo más que el simple arte de calcular. Tenía mu­cho que ver con el ritmo de nuestra existencia. San Isidoro sostenía que el médico tenía que aprender aritmética para contar las horas en que se desarrolla una enfermedad y para conocer el ritmo de los días decreto­rios.

Los días decretorios o días judicatorios o de crisis se llamaban así porque era cuando se juzgaba si la enfermedad declinaría a bien o a mal. En esos días de crisis había una lucha entre la virtud natural del enfermo y el humor causador de la enfermedad. Enrico Martínez, famoso cosmógrafo de la Nueva España, definía a la enfermedad siguiendo la tradición hipocrática, como la descomposición o desequilibrio de alguno de los humores.

Por su parte, la geometría fue entendida como ciencia de la medida. Mide y describe la tierra, observa las correlaciones del clima y la influen­cia que tiene cada grado de altura. El médico debía valerse de la geome­tría con el objeto de llegar a conocer las peculiaridades cualitativas de las diferentes partes de la tierra y la situación de cada región. De igual mane­ra la medicina era una disciplina del ambiente, ya que éste influía en el organismo sano y en el enfermo.

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El pensador latino Boecio, en su tratado titulado Sobre la geometría, sostiene que esta disciplina tiene diversas utilidades, como por ejemplo, en la arquitectura. Al médico le era necesaria para la observación del cuer­po en los días sanos y en los de enfermedad. A través de la geometría el médico podía llegar a compenetrarse cada vez más con el orden cósmico.

En el siglo xri el médico Pedro Alfonso sostenía en su escrito denomi­nado Carta sobre el estudio que la aritmética permitía a la medicina escoger los principios, con sus nexos, clases y estadios, los pesos de los medicamentos y determinar las enfermedades, los días y semanas, los grados de fiebre y otras cosas de importancia.

Además de la aritmética y de la geometría, la medicina sólo podría ser dominada con ayuda de la astronomía. Si el médico tenia conocimientos astronómicos podía determinar más fácilmente una terapia que evitara las enfermedades o que las curara de manera más rápida. Asimismo podría regular la toma de medicamentos y establecer el día y hora en el ci­clo de la fiebre.

Enrico Martínez diferenciaba bien la Astronomía de la Astrología, ambas de mucha utilidad para el médico. Recurrimos a Martínez porque, aunque no fue oriundo de la Nueva España, sí se desenvolvió como cien­tífico en estas tierras, y precisamente en el siglo XVII, cuando se creó la cátedra de Astrología y Matemáticas en la Universidad.

Dicho autor sostenía que la astronomía «trata de los movimientos de los cielos y planetas, de sus varias conjunciones, oposiciones y concursos»; en cambio la astrología «enseña a saber los efectos que los movimientos, conjunciones y aspectos de los cuerpos celestes causan en estas cosas infe­riores», pues era generalizada la idea de que el organismo humano cambiaba de acuerdo con la posición de las estrellas. Nuestra salud depen­día en parte de las leyes del universo. El médico estaba muy relacionado con el firmamento o sistema natural por lo que se le llamó physicus o filó­sofo de la naturaleza. Esto se explica porque el ser humano, como ya se co­mentó, es en todo igual al mundo espacial, a las cosas del universo, como por ejemplo, los vasos sanguíneos se asemejaban a los ríos.

La astrología era necesaria al médico dado que la influencia celeste causaba efectos en el cuerpo humano. Los humores que integraban el organismo se descomponían por dos causas: por los excesos que cometía el hombre y por la poca precaución que tenía, como por ejemplo, un abuso en los alimentos, y por influencias celestes, pues la posición de los astros tenía una acción sobre la fisiología humana. Por ejemplo, los enfermos de bubas y los que padecían dolores en las junturas del cuerpo recibían alivio con la luz del día y con la presencia del sol, mientras que con su au­sencia se agravaba el mal. El sol recreaba a la naturaleza humana.

Martínez sostenía que era deber del astrólogo dar consejos al médico para ayudarlo en su profesión. Tenía que saber que no todos los días eran apropiados para aplicar remedios como las purgas y sangrías, algunos eran peligrosos.

En el tratado de Galeno que lleva el título de Días críticos se habla de la influencia de la luna sobre los seres humanos. Estas mismas ideas se­guían vigentes en la Nueva España. Ejemplo de ello es que Enrico Martí­nez sostenía que el origen y cuenta de los días decretorios procede del curso y movimiento de la luna, la qual, según Galeno, en el tercero de los días decretorios causa efectos muy evidentes en estas cosas inferiores, en especial en los cuerpos humanos; y no sólo sienten sus operaciones los enfermos, mas también ios sanos, ya que el hombre es «un undo abre­viado que participa de todo y conviene que la parte siga al todo como el efecto a su causa». Si una cierta calidad e influencia celeste no hacía igual efecto en todos los hombres, era por la diversidad de las complexio­nes de ellos.

Enrico Martínez sostenía que no era supersticioso aprovecharse de la astrología en la medicina, sino útil y necesario. Esto se comprobaba por la constitución que el papa Sixto V había dado en Roma el 5 de enero de 1586, en la cual prohibía todas las sectas judiciarias, excepto la astrología que trata, según afirma, acerca de la agricultura, la navegación y sobre cosas de medicina. Es decir, esto prueba que era aceptado que la medid­ na recurriera a la astrología.

Dadas las causas de las enfermedades, el paciente contaba con dos vías para remediar su mal: una por medio de la influencia celeste y la segunda por medio del arte de la medicina. Cuando se unían estas opciones, ambas con la ayuda de las matemáticas, solían hacer aventajado efecto.

La cátedra de Astrología y Matemáticas fue de gran trascendencia en la evolución de la educación universitaria de la Nueva España debido a que dio a conocer los últimos avances del pensamiento científico euro­peo, como por ejemplo la obra de Copérnico.

En principio, el título de la cátedra que venimos comentando podría hacer pensar que se trataba de una materia de carácter supersticioso, pero si nos trasladamos a la mentalidad de la época, se ve que no fue así.

La Facultad de Medicina fue el recinto donde se manifestó el interés por adoptar las ideas modernas del viejo mundo, y la cátedra de Astrolo­gía y Matemáticas marcó una diferencia con las otras asignaturas del programa académico de medicina. Estableció la transición a la renova­ción de los estudios universitarios, en virtud de que contaba con lecturas de autores renacentistas, además de los de la Antigüedad y de la Edad Media, claro está. En las otras materias del plan de estudios no se leían a autores modernos, eran totalmente tradicionalistas.

La relación astrología-medicina parece más común que la relación matemáticas-medicina, pues suele vincularse, aún hoy en día, con la práctica de la medicina popular. Sin embargo, en la historia de la medici­na universal, la astrología ha tenido mucho que ver con la denominada medicina científica, cuyo origen data de la Grecia antigua, y precisamen­te por el vínculo que existía entre la medicina y la astrología, era necesa­rio recurrir al estudio de las matemáticas. Recuérdese que inicialmente la cátedra la tenía que impartir un cosmógrafo, quien cubría los dos aspec­tos de la materia.

Las matemáticas fueron indispensables para conocer la estructura del universo y para hacer cálculos astrológicos, Aunque hoy en día parezca curioso y absurdo, profesar la astrología era cosa común y respetada, al grado que se enseñaba en la universidad. En la poca que nos ocupa hubo una matematización del saber. Conocer el cosmos era medirlo y mate­matizarlo, ya que el universo estaba constituido por cuerpos materiales variables en su forma y contenido y, para entender esa apariencia, era preciso concebirla reduciéndola metódicamente a una combinación de fi­guras geométricas, figuras de las que la mente humana podía dar razón. Por tanto, las matemáticas le sirvieron al médico para conocerel cosmos y, desde luego, para apreciar mejor el estado clínico del paciente, los días decretorios y el ritmo de las fiebres.

La creación de la cátedra de Astrología y Matemáticas en la universi­dad novohispana obedeció a la regla que aquí existía de adoptar las ideas y costumbres de la Metrópoli, en este caso los planes de estudio, que por años se venían enseñando eh las universidades españolas, donde estaba arraigada la relación de la medicina con las matemáticas y la astrología.

La cátedra que hemos comentado se enseñó prácticamente durante doscientos años; llegó a su fin en 1833, fecha en que el poder ejecutivo hizo modificaciones de la enseñanza pública en todos sus ramos. Cerró la Facultad de Medicina y en su lugar creó el Establecimiento de Ciencias Médicas, el cual contó con un nuevo plan de estudios, actualizado a las necesidades de la época.

Bibliografía
(1) Francisco FERNÁNDEZ DEL CASTILLO (1953). La Facultad de Medicina según el ar­chivo de la Real y Pontificia Universidad de México, México, Consejo de Humanidades UNAM.
(2) Recopilación de leyes de los Reynos de las Indias mandadas imprimir y publicar por la magestad católica del Rey Don Carlos JI Nuestro Señor (1861), Madrid, 1791, folio 186.
(3) Estatutos hechos por la Universidad de Salamanca, recopilados nuevamente por su comisión. Impresos en Salamanca por Diego Cufio el año de 1625. Archivo General de la Nación, Ramo: Universidad, tomo 4, volumen 249, folio 183.
(4) Pedro LAÍN ENTRALGO (1982). La medicina hipocrática, Madrid, Alianza Editorial.
(5) Heinrich SCHIPPERGER (1982). «La medicina en la Edad Media latina» en Historia Universal de la Medicina, dirigida por Pedro Laín Entralgo, tomo III, Barcelona, Salvat Editores.
(6) Henrico MARTÍNEZ (1948). Reportorio de los tiempos e historia natural de Nueva España (1606), Introducción Francisco de la Maza, México, Secretaría de Educación Pú­blica, 318 p., (Testimonios Mexicanos, Historiadores 1).

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La Cátedra de Astrología y Matemáticas

La Cátedra de Astrología y Matemáticas y sus Fundamentos Ideológicos

Javier Dávila

Universidad Nacional Autónoma de México

En nuestros días, la idea de una cátedra de astrología y matemáticas resuena con tonos extraños. Y sin embargo, en el contexto de los saberes del antiguo régimen revela una seriedad y una firmeza de miras admirables.

El estudio universitario del cielo tenía aplicaciones terrenales de crucial importancia. Por un lado, era una herramienta básica de la navegación. También, en virtud de los ciclos anuales, era imprescindible para la agricultura. Por último, poseía igualmente un lugar en la medicina, como veremos adelante. El estudio de la astrología mostraba, además, un cariz adivinatorio, no siempre popular, pues tenemos amplias noticias del género de los almanaques, lunarios o pronósticos de temporarles, en los que no nos detendremos por esta ocasión.

España había promovido los estudios astronómicos con fines náuticos, geográficos, para la exploración y aprovechamiento del Nuevo Mundo. La Casa de Contratación de Sevilla debía servir para satisfacer las necesidades científicas impuestas por las exploraciones geográficas.

En el Colegio Real (Imperial) de Madrid se estudiaba “De matemática, donde un maestro por la mañana leerá la esfera, astrología, astronomía, astrolabio, perspectiva y pronósticos”.1 Y en la Academia de Matemáticas, se estudiaban tres años que coincidían con los tres años de astrología de Salamanca. El cosmógrafo de Indias, Andrés García de Céspedes, ocupó desde 1607 esa cátedra.

1 Lansa, citado en Ávalos, As above, so below: Astrology and the Inquisition in Seventeenth century New Spain.

En las universidades españolas se enseñaba astronomía como parte de la facultad de artes. En la Universidad de Salamanca se cultivaba la astronomía. A mediados del siglo XVI, Copérnico era parte del currrículo.

La enseñanza de la astronomía hasta el siglo XVII comprendía el estudio de La esfera, Theoretica planetarum, las tablas alfonsinas y de Ptolomeo, Quadripartitum y el apócrifo Centiloquium.

La Esfera comprende la teoría aristotélica de los elementos y las dos regiones, celeste y terrestre, los movimientos de las esferas, la forma de la tierra y la teoría de las zonas y climas. La esfera más usual era la versión comentada por Sacrobosco.

El texto de Peurbach se usaba para enseñar ‘theoretica planetarium’, los modelos ptolemaicos para los movimientos básicos de los cuerpos celestes. Las tablas alfonsinas daban parámetros.

Para el uso del astrolabio, se recurría al manual de Messahala, Tratado del astrolabio.

Así, se enseñaba, según los estatutos de la cátedra de astrología:

  1. Primer año: la Esfera y teoría de los planetas. Algo de tablas y el astrolabio. La Esfera comprende la teoría aristotélica de los elementos y las dos regiones, celeste y terrestre, los movimientos de las esferas, la forma de la tierra y la teoría de las zonas y climas. La esfera más usual era la versión comentada por Sacrobosco.
  1. Segundo año: seis libros de Euclides y aritmética hasta las raíces cuadrada y cúbica. El Almagesto de Ptolomeo o su Epítome escrito por Regiomontano, o bien Gerber o Copérnico. Como sustituto, la Esfera.
  1. Tercer año: cosmografía o geografía; introducción a la astrología judiciaria y perspectiva o un instrumento.

Así, en el núcleo, la enseñanza de la astronomía hasta el s XVII comprendía el estudio de La esfera, Theoretica planetarum, las tablas alfonsinas y de Ptolomeo, Quadripartitum y el apócrifo Centiloquium.

Como es bien sabido, la Real y Pontificia Universidad de México siguió el modelo de la de Salamanca, de modo que la astrología era parte del programa. La cátedra se abrió en 1637 y su primer ocupante fue el mercedario Diego Rodríguez. Lo sucedió Ignacio Muñoz, que volvió pronto a España, al parecer sin renunciar oficialmente a la cátedra. Lo siguió Becerra y Tanco, en 1672, pero murió antes de tres meses. A continuación, ganó en concurso la plaza vaca Carlos de Sigüenza y Góngora,3 que detentó la cátedra hasta 1693. Lo siguió el doctor Luis Gómez Solano hasta 1696. En el siglo XVIII ocuparon la cátedra, de nuevo Gómez Solano (1700), Br. Francisco de Alcivia (1704), Dr. José Juan de Escobar y Morales (1711), Dr. Pedro Alarcón (1737), Dr. Antonio Gamboa y Riaño (1752), Dr. Juan Gregorio Campos (1759), Lic. Joaquín Velázquez de León (1765), Dr. José Ambrosio Giral Maienzo (1773), Dr. Vicente Ignacio de la Peña Brizuela (1788), José Francisco Rada (1785) y Pedro Narciso Gómez Cortina (1795). El número de suplentes es mucho mayor, pues, al parecer, la conocida costumbre de Sigüenza de dejar el puesto era compartida por muchos de sus colegas.

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3 El 21 de julio de 1672 (Almanaque y lunario para 1674), con una exposición sobre ortu et occasu signorum.

En la Universidad de México, el bachiller estudiaba latín y retórica, dialéctica, lógica, ontología, física (aristotélica), matemáticas, organografía, teodicea y ética.

En lo que concierne a la medicina, el principio de la iatromatemática era que la influencia de los astros llegaba incluso a los animales, plantas y piedras.

La astrología médica se fundaba en la teoría hipocrática de los humores y en la correspondencia del micro y macrocosmos. El hombre reflejaba al universo y sus partes físicas se correlacionaban con el cosmos. Por ejemplo:

corazón: sol
cabeza (sede del alma y el razonamiento): cielo empíreo
abdomen inferior (ano y genitales): tierra (lugar de la corrupción)

Cada planeta ejercía una influencia sobre una parte del cuerpo y las partes del cuerpo y las enfermedades se extendían por las casas celestes.

Pero la medicina no sólo consideraba estas influencias en el hombre, sino también en animales, plantas y minerales que usaba como medicinas.

En cuanto a la teoría de los humores, eran cuatro (bilis amarilla, bilis negra, sangre y flema), con temperamentos frío y caliente, húmedo y seco. Estaban gobernados por diferentes planetas. Las enfermedades se trataban por sus opuestos; por ejemplo, una enfermedad saturnina (con frío y agarrotamiento) se trataba con su contrario, el sol (cálido y relajante).4

4 Patrick Curry, Prophesy and power.

Júpiter: como la atmósfera caliente, húmeda y brumosa de antes de una tormenta; regía sobre el humor sanguíneo caliente y húmedo. Un paciente con fiebre y sudores era sangrado.

Para un diagnóstico correcto, se empezaba por determinar el inicio de la enfermedad. Luego, se seleccionaba no sólo la medicina, sino el momento apropiado de tomarla (o de operar o sangrar).

Las enfermedades agudas se juzgaban según la Luna; las crónicas, por el sol. Los días críticos dependían del paso de la luna por las casas.

Este esquema se repetía en escalas sucesivas: a las regiones, los reinos y aun el planeta entero. Tal es el fundamento de las correspondencias mundiales, a saber, que lo de arriba es como lo de abajo, y lo de abajo como lo de arriba, según la célebre consigna que se atribuye a Hermes Trismegisto. Hay una unidad fundamental en el cosmos, sustentada por Dios y accesible por la vía de la razón.

La solidez del XVII es producto del imperativo de sostener la exigencia de unidad, que sus pensadores extienden a todos los campos del espíritu. Conocer la multiplicidad es poner sus elementos en una relación fija siguiendo una regla universal y constante. Esto explica el aspecto “reductivo” de este discurso. La descripción del universo incluía la consideración de su relación con Dios. La parte más importante en la oposición a los sistemas modernos era de carácter religioso.

Ahora bien, un cambio importante con el pensamiento de épocas pasadas es que el nuevo pensador no busca a Dios en su palabra, sino en su obra. La Iglesia aceptó con muchos problemas y después de mucho tiempo este cambio de enfoque que es uno de los sustentos, aunque laico, de nuestro pensamiento científico moderno.

En el siglo XVII, la actividad filosófica era la formación de grandes sistemas basados en el método de demostración y consecuencia. Ningún elemento se explica por sí mismo, sino en el contexto del sistema en el que ocupa un lugar. Así, camino del conocimiento de la naturaleza, con ser inabarcable, de todos modos es concebible, porque no parte ni termina en la naturaleza de los objetos concretos, sino por las modalidades de la razón, que imponen una forma clara de ver el mundo, como la determinación de fuerzas legales y analizables (separables) que obran en los cuerpos. La propia idea de razón cambia, de ser el ámbito de las verdades trascendentes, a ser una forma de adquirir el conocimiento.

El estudio de la naturaleza en sí desemboca, como es natural, en el mundo fenoménico. No es tan obvio que este mundo es, por consiguiente, el espacio en el que se constituye el nuevo conocimiento. Así, aunque aquellos primeros pensadores modernos se sentían pasmados ante la inmensidad de la naturaleza que se extendía ante ellos, lo que realmente cambia es la constatación de que la razón puede presentarse ante el mundo y conferirle una unidad, aun si es infinito. La razón se percata de la legalidad del mundo en el acto de abrazarlo.

Como se sabe, la legalidad del mundo no es un postulado moderno, sino medieval. La vieja polémica sobre si en la Creación primaba la razón o la voluntad de Dios se había decantado por la razón. Todavía Duns Scoto dio un nuevo aire a la postura volitiva, pero la fuerza de santo Tomás de Aquino y, enseguida, de los protocientíficos del siglo XIV bastó para imponer esa idea en la concepción ideológica occidental del mundo.

La idea de la legalidad del mundo es tal, que aun nos convence y la ciencia moderna se funda en ella. En efecto, postulamos todavía un cosmos regido universalmente por leyes inquebrantables. Las modernas teorías probabilísticas tardarán un tiempo más en cambiar nuestros paradigmas y nuestra mentalidad.

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Otra herencia del mundo medieval que se hace patente en el estudio de la astrología, la medicina y las matemáticas de las universidades hispanas es la máquina del mundo. El mundo natural es una “obra”, el resultado de una hechura por un ser supremamente racional. El ejemplo novohispano más conspicuo es el del Sueño de Sor Juana. En efecto, el mundo es una “espantosa máquina inmensa” y también el organismo vivo, microcosmos que refleja al macrocosmos, es maquinal. En la parte siguiente del sueño fisiológico, donde se encuentra la descripción que se hace del organismo humano y que muchos llaman “médica” sin prestar gran atención, remite en realidad a la fisiología contemporánea en su aspecto mecanicista, tal como la entendían Descartes y, sobre todo, el paradigmático Lamettrie. Como bien observa Gaos, “todas las imágenes con que se figuran los órganos corporales y su funcionamiento [son] imágenes tomadas de las artes y los artefactos mecánicos o físicos”:

el corazón es el volente de un reloj,
el pulmón es un fuelle, que es a su vez imán del viento,
la tráquea es un arcaduz,
el estómago es una oficina de calor que utiliza un cuadrante, es la fragua de Vulcano…

Puesto todo así, es fácil entender la convicción que tenían nuestros antepasados sobre la posibilidad de conocer el futuro. De la mentalidad y la postura ideológica de la época que consideramos se desprende una idea de futuro que se hace patente lo mismo en los pronósticos astrológicos que en los lunarios y, desde luego, en las formas más populares y peligrosas de escudriñar el mundo.

Los términos “adivinación”, “pronóstico” y “predicción” están solapados y comparten un campo semántico. En cuanto a sus diferencias, saltan a la vista. La “adivinación” nos parece cosa de suertes de magia, superchería. Los pronósticos nos remontan a horóscopos y almanaques, es decir, su ámbito es el de los conocimientos prácticos (ya veremos a qué nos referimos). Por último, “predicción” es el término contemporáneo que usamos para referirnos a las anticipaciones que es posible hacer a partir de los postulados y los resultados de las modernas teorías científicas. Me interesa señalar estas diferencias más que nada para situar el campo semántico que comparten estas tres actividades (adivinar, pronosticar, predecir) y, en especial, su sustento ideológico. El objeto al que se dirigen las tres actividades citadas es, lisa y llanamente, el mundo futuro. “Mundo” y “futuro”.

Es relativamente fácil entender qué quiere decir “mundo” en la época que nos ocupa: es la creación, todo lo que es aparte de Dios. El mundo, pues, es obra de Dios y opera en virtud de la razón superior del Creador.

Más problemático es lo que significa “futuro”. No es éste el lugar para detenernos en el problema ontológico del futuro ni, en general, del tiempo. Valga recordar la famosa expresión de San Agustín, que sabía lo que era el tiempo mientras no se lo preguntaran, pero cuando se lo preguntaban, ya no lo sabía.

El futuro es lo que sucede inevitablemente después del presente. En mi opinión, no es lo opuesto del pasado, como suele postularse, salvo por la mera cuestión simétrica de que el pasado da a un lado del presente y el futuro, al otro. El futuro es algo diferente: lo intangible, lo inabarcable, lo inseguro.

Ahora bien, un dato empírico de la confluencia entre “mundo” y “futuro” es la presencia de ciclos en la naturaleza, cuya certeza es tan antigua como las primeras civilizaciones agrícolas. La regularidad del mundo abre una ventana al futuro y es ahí donde comienza el deseo de anticipar lo que ocurrirá.

La anticipación del porvenir parte, así, de la premisa de que el futuro existe, aunque no lo conozcamos. En el caso de los almanaques, por ejemplo, el criterio de validación de un pronóstico es el grado de acierto de sus postulados; es decir, su validez presente queda sancionada en el futuro, cuando el futuro es pasado y pierde su carácter inabarcable.

Como se sabe, el estudio legítimo de la astrología comprendía tres materias: medicina, navegación y agricultura. “Averiguar” el futuro de una persona, es decir, emitir un juicio sobre su porvenir, hacer “astrología judiciaria” estaba prohibido por la Iglesia. El argumento era que tal intento no concernía a la mecánica del mundo, sino al libre albedrío. Ahora bien, esto no quiere decir que el futuro individual no existiera. No sólo existía, sino que Dios, por lo menos, lo conocía. La diferencia estriba en que la adivinación del futuro personal estorba al ejercicio libre del albedrío.

Un hecho palmario que se aparece al estudiar las ideas y las polémicas de los eruditos de aquella época es su absoluta convicción en la posibilidad de deducir el futuro. Debe ser evidente que no me refiero a la omnisapiencia divina, sino al convencimiento de que del punto presente de la máquina del mundo era posible conocer su situación en un momento posterior.

La astrología ha caído en total descrédito. Hemos abandonado la noción de las influencias astrales en el ámbito de lo terrestre. También somos una sociedad laica. Sin embargo, vivimos aún dentro de la máquina del mundo, seguimos pensando que el mundo es legal y estamos convencidos de que por medio de la ciencia, podemos predecir su estado futuro. Hacernos agudamente conscientes de esto nos acerca espiritualmente a aquellos antepasados nuestros; ellos, no tan antiguos, y nosotros, no tan modernos.

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